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Homo techne: el clamor del hombre técnico por una ortodoxia ética que lo reoriente

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El clamor del hombre técnico

En la famosa secuencia inicial El despertar del hombre, del clásico de ciencia ficción Odisea en el espacio 2001 de Stanley Kubrick, el despertar de la consciencia humana se expresa en tecnología.

Si observamos los diferentes frentes del avance tecnológico, notamos una gran efervescencia en los debates éticos en torno a las diversas disyuntivas que plantean las nuevas técnicas. No son debates académicos entre intelectuales con tiempo para pensar, en la apacible seguridad de sus claustros. Son debates que se dirimen con vehemencia entre ingenieros con poco tiempo y que, en el fragor de cumplir objetivos y metas, precisan resolver problemas prácticos ya, ¡inmediatamente!, no mañana ni hipotéticamente ni en el imaginario futuro-lírico de los románticos groupies de la tecnología.

Nos encontramos ante la imperiosa necesidad de un criterio ético asertivo para discernir con precisión quirúrgica un justo término medio (un ¡aurea mediocritas!) que nos permita usar correctamente la tecnología, evitando caer en los falsos extremos de nuestro fanatismo instintivo que con frecuencia nos mueve a demonizarla y abstenernos de ella o a divinizarla y perdernos en su adopción indiscriminada. Se busca, a los tropezones, establecer “los semáforos, las lomas de burro y los cinturones de seguridad” —como advierte la investigadora española Gemma Galdón-Clavell— que demarquen, sin ambigüedad, el límite entre el uso benéfico y la mala praxis de tecnologías cada vez más sofisticadas.

Los ejemplos abundan: desarrolladores que deben incorporar en los algoritmos de IA para vehículos autónomos un criterio infalible que permita decidir a quién salvar (conductor o peatón, bebe o perrito) en caso de accidentes inminentes y fatales; expertos en reproducción asistida que utilizan hoy técnicas como el DGP para elegir entre “mejores” y “peores” embriones y, empoderados por las posibilidades de la edición genética, deben discernir hasta dónde “está bien” modificar el material genético de los “mejores”, antes de incorporarlos al pool de genes de la especie humana; equipos de trabajo (en poderosos conglomerados multimedia) que deben regular los algoritmos predictivos de plataformas comerciales que utilizan big data, machine learning y data analytics para potenciar ventas, explotando (sin advertirlo) las carencias psicológicas de su público target -por ejemplo, el caso de un hotel casino que rápidamente agotó sus plazas ofreciéndolas a personas con trastorno bipolar (que los algoritmos diagnostican con precisión incluso antes de que haya síntomas), incidentalmente, cuatro veces más propensos al juego-.

Una ortodoxia ética compartida

A pesar de los avances tecnológicos, aún no hemos encontrado un criterio ético eficaz para orientarnos entre las muchas opciones que abre la tecnología. Si bien sobreabundan las teorías éticas, la mayoría resulta insuficiente y ninguna goza de una común aceptación entre quienes deben decidir.

Presionados por los crecientes riesgos de un catastrófico accidente por mala praxis tecnológica, debemos hoy más que nunca cimentar toda discusión ética, de lo contrario será imposible establecer un criterio de decisión eficaz para que el ser humano ejerza (racionalmente) su libertad (esencial) en los nuevos espacios de acción (libre) que le abre la tecnología; incidentalmente, esta es la definición clásica de ética. Buscamos, por tanto, las “reglas básicas de juego”, los “axiomas del ser humano” a partir de los cuales el criterio ético emerja, racionalmente, como algo evidente y que sería ilógico negar. ¿Acaso es posible aplicar la geometría (o derivar algún teorema) sin atender a sus axiomas o componer melodías sin conocer los fundamentos de la armonía o expresarse en algún idioma sin aprender su gramática? Igual de descabellado es pensar que podemos ser mejores humanos perfeccionando nuestra técnica, pero sin tener realmente idea de qué es lo propiamente humano que debemos mejorar.

Es evidente que hay un problema de base: la carencia de una ortodoxia —etimológicamente, una creencia correcta— unánimemente aceptada. Se necesita con urgencia un credo y un amén que abracen proposiciones verdaderas y que se profesen en común unión; un símbolo que exprese una cosmovisión (visión ordenada) verdadera y comprensiva; una declaración mundial que haga doble clic en aquella de 1948 y desglose con claridad lo que el ser humano es y el lugar que ocupa en la realidad. Vale recordar que toda ética implica una antropología filosófica y una ontología; en criollo: para saber lo que debemos hacer (ética), debemos antes saber lo que somos (antropología filosófica) y qué es lo realmente real (ontología). Sin esos fundamentos toda ética queda vacía de sustento y se pierde en indefiniciones.

Si no podemos descubrir esas “coordenadas ontológicas” que delimitan lo propiamente humano, su procedencia y destino, su origen y fin, no hay posibilidad de una ética eficaz porque no hay una orientación que determine avance, perfeccionamiento; no hay una medida de mejor y peor, que es en esencia lo que formaliza la teoría ética. Este es el ABC de la ética, la roca sobre la cual se edifica, y es, por varias razones, de lo que hemos estado, como comunidad humana, evitando hablar. Hoy, esa discusión debe abordase sin sesgos ideológicos ni metodológicos. Eso es, básicamente, lo que claman a viva voz quienes crean tecnología: ruegan por una respuesta simple, axiomática, a la pregunta del ser humano. Parecen haber aprendido, desde la experiencia, que sin esa respuesta el criterio ético que acordemos implementar (no importa lo sofisticado que aparente ser) resultará inconducente, un ejercicio fútil poco menos que charlatanería.

Seguir posponiendo tal empresa es mantener el statu quo, caer una y otra vez en el pecado original; filosóficamente, la autonomía moral: el hombre es la medida de todas las cosas; históricamente, volver a tropezar con la misma fatalidad: el hombre más fuerte (¡o con mejor tecnología!) impone su medida al resto; teológicamente, revivir el episodio de Babel: usar nuestra tecnología de manera indiscriminada y que todo se venga abajo.

Sin esa doxa correcta y compartida, lejos estamos de un criterio ético solido que nos salvaguarde de los riesgos de un desarrollo cada vez más acelerado e indiscriminado de la tecnología. Hoy tenemos la posibilidad de crear escopetas cada vez más poderosas, pero también de usarlas, indiscriminadamente, como monos.

Sobre el autor

Santiago L. García Balcarce

Emprendedor tecnológico y filósofo. Fundador del Sello Editorial ROCAlogos . Autor de la obra de literatura filosófica QUI EST: En busca del sentido perdido.

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