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Homo techne: El clamor del hombre técnico se ahoga en las imprecisiones de las “éticas de mínima”

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El clamor del hombre técnico se ahoga en imprecisiones éticas

En el primer artículo de esta serie, publicado el 25 de noviembre de 2022, presentamos un breve diagnóstico del “desafío filosófico” que enfrenta el hombre técnico de nuestro tiempo. Planteamos el clamor que nos llega a viva voz de quienes presionados por mandatos de inversores inquietos y por su propio instinto de supervivencia —que en el competitivo ecosistema evolutivo de la tecnología selecciona naturalmente (e impiadosamente) a quien llega primero—, concentrados en el whiteboard, en el microscopio, en la línea de código, en el devenir mismo de la técnica en la que trabajan sin descanso, ven con entusiasmo las posibilidades pero también con sincero espanto los mortales riesgos de errar en el cálculo de ese próximo paso.

Dijimos que la necesidad de una ética verdadera, correcta, se presenta hoy no como un nice to have, sino como un requerimiento de diseño. Se ha vuelto un módulo clave que, paradójicamente, aún no ha sido entendido lo suficientemente bien como para desagregarse en las especificaciones técnicas que el revolucionario producto debe cumplir antes de su rollout a un público que espera adoptarlo masivamente, sin que le explote en la mano. Las empresas parecen moverse por la negativa: el temor a un posible daño de imagen o, peor aún, a alguna contingencia legal que erosione su sacrosanto market cap.

Ahora bien, desde el llano, cualquiera que confíe ciegamente en la ciencia que le permite a la tecnología avanzar con tanto éxito se pregunta: con todos los desarrollos técnicos y científicos que la humanidad ha cosechado en los últimos siglos, ¿acaso ese criterio ético no existe ya? ¿¡Cómo es posible que aún no hayamos resuelto este tema!?

La realidad muestra, a quienes con humildad descienden de sus torres amarfiladas y a pie recorren el mundo donde se toman decisiones, que tal cuestión ética no era considerada siquiera un tema hasta hoy. La razón de semejante desliz nos llevaría a desentramar una maraña de sesgos ideológicos, confusión metafísica, preconceptos

metodológicos y demás trastornos filosóficos —padecidos, vale decir, por gran parte de nuestra población mundial económicamente activa—, apretadas hojas de un enorme repollo, que a falta de un mejor nombre podríamos llamar modernismo y del que todos nosotros, legos y doctos, indistintamente, debemos aceptarlo, ¡nacimos!

Antes de semejante cataclismo ideológico, el ser humano occidental sostenía, a base de confianza y razón, un sistema ético verdadero y comprensivo cimentado en una concepción asertiva de lo que el ser humano realmente es: un compuesto íntegro de cuerpo y alma orientado al bien y a su perfeccionamiento, vida plena, eudaimonia. Sin embargo, nuestra intención no es argumentar en favor de dicha ética de las virtudes, sino uno más modesto: determinar cuáles son las condiciones que un sistema ético debe tener para ayudarnos a transitar los desafíos que nos presenta el avance tecnológico. Más aun, la esperanza de que la filosofía por sí sola —que ya hace tiempo ha planteado con precisión las distintas posiciones sobre esta temática— alcance lo que necesitamos es un tanto ilusoria, puesto que en las trincheras del avance tecnológico apenas se balbucea sobre estos temas. Da la impresión de que tal avance se ha separado tanto de otras disciplinas del conocimiento que quienes lo llevan a cabo, por generaciones, han acumulado, proporcionalmente al progreso de sus descubrimientos, un inquietante desconocimiento sobre el vasto repositorio de doctrina que existe en esta materia. En términos de “desarrollo de teoría ética”, es como si nuestros técnicos aún no hubieran siquiera aceptado la forma de la rueda ni los elementos necesarios para prender fuego.

“Éticas de mínima” en la cúspide del desarrollo filosófico moderno

Por otra parte, si uno se eleva a las cumbres del universo académico, puede ver con claridad que jamás ha habido tantas teorías o sistemas éticos (¡la mayoría “novedosos” y modernos!) disponibles al investigador filosófico. Sin embargo, esta sobreabundancia en la oferta de “tratados éticos” no satisface la creciente demanda por encontrar solo uno que resuelva las necesidades concretas de los desarrolladores tecnológicos. Más aun, resulta evidente que aquellos sistemas que gozan de la estima de la mayoría (como los que predominan en el mundo occidental), resultan insuficientes a la hora de aplicarse a la resolución de los “problemas técnicos” que nos compete: presentan “lagunas legales” que son el terreno propicio para las imprecisiones. La razón es simple (aunque su desarrollo no lo es): desde su génesis, tales sistemas fueron concebidos como “éticas de mínima” y parten de concepciones parciales (y en algunos casos erradas) de lo que el ser humano es y de cuál es su posición en la realidad de la que es parte.

Como ya hemos advertido, quien define una ética presume una noción de lo que es el ser humano. Es decir, quien logra formarse un criterio ético, ya se respondió, lo reconozca o no, la pregunta de qué es el ser humano. En sentido inverso, si queremos llegar a un criterio ético, debemos primero resolver qué es el ser humano.

El problema es que responder esta pregunta no es fácil. Implica mirarnos al espejo sin maquillaje, esforzándonos por vernos sin distorsiones, con auténtica humildad y amor. Requiere que lleguemos a vernos como en verdad somos, reconociendo cuánto valemos y qué nos hace ser lo que somos. Ese camino de descubrimiento es arduo y la alternativa se nos presenta con demasiada frecuencia como más atractiva: ¡teorizar al respecto! Tendemos a crear ideas ficticias de lo que somos que no nos comprometan demasiado y que nos incomoden lo menos posible.

Teniendo esto en cuenta, una ética de mínima se define por el menor denominador común de lo que el ser humano es —o incluso por un rasgo que ni siquiera atañe al ser humano pero que nos resulta satisfactorio; algo con lo que la mayoría de nosotros, sin pensarlo mucho, estaríamos de acuerdo— para formarnos una ética que nos “saque del paso” y así poder seguir adelante con nuestro desarrollo. Este “pragmatismo” es el que observamos, por ejemplo, en John Stuart Mill, para quien el hombre es un “unknowable x”, un ser desconocido sobre el que podemos, sin mayores disensos, acordar que desea maximizar su bienestar y minimizar sufrimiento; y ¡voilà!, de aquí derivamos la ética utilitaria aceptada a rajatabla por el mundo anglosajón. El criterio de bondad o bien a partir del cual debemos decidir nuestras acciones es aquel que nos aporte mayor bienestar, entendido mínimamente —y, deliberadamente, de la manera más vaga posible, puesto que la ambigüedad en este caso es funcional a la robustez de la teoría— como aquel que nos sea placentero y no nos lastime. Para Thomas Hobbes, por su parte, el ser humano es un “lobo racional” que busca poder vivir sin el miedo a que otros lo devoren. El temor lo lleva a garantizar su seguridad a costa de todo, incluso de tener que “depredarse a sí mismo”; de aquí se deriva una ética que solo se ocupa de lo público, reducida a un marco de convivencia social. Para Immanuel Kant, el ser humano en sí mismo es inaccesible. No podemos saber lo que es, pero podemos derivar una razón práctica definiendo desde la razón leyes que aseguren su correcto comportamiento. Para David Hume, el hombre es su constitución biológica; por tanto, la ética refleja (debe reflejar) su florecimiento biológico. El bien es todo aquello que promueve y asegura su vida.

Es cuando volvemos al llano, al día a día de los desarrolladores, que nos enfrentamos con las marcadas limitaciones de estos sistemas éticos. El desarrollo tecnológico nos exige tomar decisiones (libres) cada vez más complejas, desenmascarando las carencias de base de los criterios que usamos para tomarlas: una concepción errada o reduccionista de lo que el ser humano es. Hoy la tecnología nos confronta, como advierte la programadora Zeynep Tufekci, con la necesidad (creciente) de contar con un sistema ético no de mínima, sino comprensivo, holístico, que abarque tanto las fronteras de la cancha como las reglas del juego, que nos permita desarrollar al máximo de nuestras habilidades el “juego de ser humano”. Pero llegar a eso implica, necesariamente, como bien expresa el capitalista de riesgo Volker Hirsch, plantearnos la cuestión de qué es, realmente, el ser humano. Incluso, cuando el criterio está errado o es insuficiente, la consecuencia directa es la aparición de una multiplicidad de dilemas que se nos presentan como insalvables, ¡y en verdad lo son!, pero solo desde el marco teórico en el que tienen su origen. Esos dilemas, como todo falso dilema, se resuelven con la Verdad, cuya respuesta a toda disyuntiva siempre “calza como un guante”, resolviéndola sin esfuerzo, como si caminara, despreocupada, entre los aterradores “cuernos” de los dilemas.

¿Qué somos? Esta pregunta precede cualquier elucubración sobre ¿quiénes somos?, cuestión que nos apuramos a intentar resolver cada vez que caemos en alguna crisis existencial. ¿Qué es lo esencial al ser humano, lo específicamente humano? Esa es la cuestión que la Verdad nos exhorta, una y otra vez, a respondernos para sentar las bases de una ética capaz de desarmar todos los dilemas.

Sobre el autor

Santiago L. García Balcarce

Emprendedor tecnológico y filósofo. Fundador del Sello Editorial ROCAlogos . Autor de la obra de literatura filosófica QUI EST: En busca del sentido perdido.

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2 comentarios

  • Excelente articulo! Claro y al hueso. No tenemos directivas eticas ( o no se conocen) relacionados al desarrollo de tecnologia. Pero tampoco nos hacemos verdaderos cuestionamientos acerca del USO de las tecnologias que se nos presentan. Por ejemplo con el impacto de una simple aplicacion del celular.
    Este tema es interesantisimo

  • ¿Qué somos? Lograr responder esta pregunta nos ayudará a resolver estos dilemas y cuestiones básicas de nuestro andar cotidiano. Excelente artículo.