Enrique Shaw

La Santidad – Enrique Shaw

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Agradeciendo esta posibilidad de compartir con ustedes, sobre una vocación, un llamado que nace del inicio de la creación- ese “a imagen y semejanza de Dios” con el que fuimos creados y cuya plenitud nos la da el Señor Jesús “el Santo de Dios”- como es la llamada y vocación a la santidad.

Sabemos de la estrecha relación entre el bautismo y la vocación a la santidad. Decimos que, el bautizado ya es santo, pues el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose a él cada vez más íntimamente. En el último encuentro de Causa de los Santos, les compartía: “… la vocación primera que nos hermana y nos une es justamente la santidad, que es propia de nuestra realidad bautismal. El Bautismo es llamada, inicio y concreta posibilidad a la santidad”

Una “no respuesta” a este llamado, puede darse- entre otras cosas- porque pensamos que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos, es cosa de algunos y no para todos. En este sentido nos ha recordado el Papa Francisco:

“Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.[1]

El Magisterio de Francisco, nos recuerda, también, aquella hermosa enseñanza del querido San Juan Pablo II: “… si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).[2]

El apóstol san Pablo escribe que Dios desde siempre nos ha bendecido y nos ha elegido en Cristo «para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4), por tanto, todos los seres humanos estamos llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en la «semejanza» a él según la cual hemos sido creados, tal cual compartíamos al inicio de esta presentación.

La santidad supone vivir en la sencillez de lo cotidiano la fe, la esperanza y la caridad. Ahí está todo. En definitiva, los santos serán los que “han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (1Tes. 1, 3).

Durante la audiencia general de los miércoles del año 2011, el Papa Benedicto XVI concluyó el ciclo de catequesis que había dedicado durante dos años a las figuras de tantos santos y santas «que, por su fe, su caridad, y sus vidas fueron y siguen siendo faros para muchas generaciones»:

«A menudo seguimos pensando -dijo el Papa- que la santidad sea una meta reservada a pocos elegidos». Sin embargo, «la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no consiste en llevar a cabo hazañas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, (…) en hacer nuestras sus actitudes, (…) su comportamiento. (…) El Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia, habla con claridad sobre la llamada universal a la santidad, afirmando que ninguno está excluido».

Es muy importante tener esto muy claro, la santidad no es para unos pocos, ni para unos genios, es para todos «¿Cómo puede suceder que nuestra forma de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensamiento y la acción de Cristo?», se preguntó el Santo Padre. «Una vez más -dijo- el Concilio Vaticano II nos da una indicación clara; nos dice que la santidad cristiana no es más que la caridad plenamente vivida». Pero para que la caridad «como una buena semilla, crezca en el alma y dé frutos, los fieles deben escuchar de buen grado la Palabra de Dios y, con la ayuda de su gracia, cumplir con obras su voluntad, participando con frecuencia en los sacramentos, especialmente la Eucaristía (…) aplicarse a la oración, a la entrega de sí en el servicio de los hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. (…) Por lo tanto, el verdadero discípulo de Cristo se caracteriza por la caridad, sea hacia Dios que hacia el prójimo».  Ser santos es vivir en familiaridad con Dios.

Creo que es muy enriquecedor dejarnos iluminar por la enseñanza de nuestros Papas contemporáneos, y, notar la sintonía de su Magisterio: colocar en el centro esta dimensión de nuestra vocación que, probablemente, nos perecía “reservado” a unos pocos o “de otros tiempos”, como es la posibilidad cierta de la santidad, “don de Dios para todos y tarea de todos”.

En sintonía a esto último- y con lo que expresaban los Papas- les compartía a unas religiosas en un retiro que tuve la gracia de acompañar:

La Santidad es un camino de búsqueda, de respuesta y de fidelidad. No es fácil, pero el Señor acompaña siempre y como él es quien lo pide y llama, es un camino posible y cierto.  Creo que a veces en muchos de nosotros se ha instalado quizá por la grandeza de los santos, la idea que es imposible serlo, que es solo para unos muy pocos elegidos. Claro que al conocer la vida de algunos de ellos y las obras que Dios ha hecho en cada uno nos puede parecer mucho y por lo tanto fortalecer esa idea de lo imposible para “mi”.

Son vidas heroicas sin duda.  En esta tierra gozamos la gracia de tener un santo como Brochero, notable, su trabajo, su fuerza, su empuje, su fe, su esperanza, su amor, pero, sin embargo, es importante tener en cuenta y tener claro que la canonización es para unos pocos, pero la santidad es para todos.  Hay muchos más santos de los que propone el santoral de la Iglesia.

Seguramente en nuestras familias hemos convivido con algunos de ellos, en nuestras comunidades religiosas, educativas y parroquiales o en nuestros trabajos. Los santos de la “puerta de al lado”, nos compartió Francisco. ¡Aquí entre nosotros hay muchos! Con todo lo dicho una puede comprender la vida de Enrique Shaw desde esta posibilidad. El encarnó en su propia realidad familiar y laboral el deseo de hacer vida el Evangelio, como él lo ha dicho: “La mejor manera de predicar el Evangelio es vivirlo”.

Fernán, y esto hemos conversado, explicitará y desarrollará un poco más la vida de nuestro querido Venerable Siervo de Dios.

Continuaba ese retiro, diciendo: La santidad es la presencia de Dios reinando en nuestro corazón creyente, es obra de Jesús en nosotros que nos da la gracia uniéndose a nuestra respuesta voluntaria y libre. Dios llama y frente a ese plan del Padre, el santo que se sabe mirado con amor y amado, no hace alarde, vive en la sencillez de los grandes, como Jesús, que no hizo alarde de su categoría de Dios. Y como Él, pasa haciendo el bien y respondiendo al Dios Amor amándolo y amando.

Por eso decimos que la santidad es un don, un regalo de Dios. ¿No es modo “común/ordinario” del obrar de Dios, dar y darse gratuitamente? Es por ello que no debe sorprendernos- en el sentido incrédulo de la expresión- que el mismo Dios haya puesto ese llamado en el corazón. Llamada que espera nuestra respuesta, con la certeza de que Dios no nos puede pedir imposibles.

Cuando una escucha alguna frase, que parece linda como, por ejemplo, “Dios no nos llama para ser perfectos sino felices”, es un contrasentido, porque sabemos que seremos más felices en la medida que seamos perfectos, y el Señor nos lo dice claramente: sed perfectos como mi Padre, no nos dice si podes, o si queres, sino que seamos…y en esa búsqueda seremos felices.

Y tenemos que desearlo, por eso podemos decir con Santa Teresa del Niño Jesús, (Santa Teresita): “En lugar de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la Santidad.”

La respuesta, que será nuestra tarea ante este don, nace de la certeza de que es Dios quien ha puesto, no solo la vocación sino también los medios para que respondamos con generosidad. Medios que bien nos enunciaba el Papa Benedicto en la catequesis que hemos compartido, en párrafos anteriores y podemos sintetizarlos en: Oración, Eucaristía y Caridad. Es interesante, aunque pueda ser breve compartirle la mirada de Enrique sobre la Eucaristía, podría decir aterrizada en su vida concreta.

“La Eucaristía permeó toda su vida y se plasmó en algunas líneas formativas para los dirigentes de empresa. Vivía y enseñaba que el empresario tenía un deber propio de perfeccionamiento que se realiza en el darle a los demás. Un deber de servicio abierto a las necesidades de los otros a semejanza de Jesús Eucaristía. La empresa debe ser analógicamente ´sacramentalisable´, refería, de promoción humana, de dignificación humana personal. La Eucaristía nos hace hermanos, manifestaba en un texto escrito por él: “Eucaristía y vida empresarial”. Sabiendo superar las barreras artificiales, individuales y colectivas, que separan al dirigente de empresa del personal por la devoción eucarística, porque Cristo, por la comunión, nos une fusionándonos misteriosamente en nosotros.”

Enrique Shaw vivió y predicó sobre la necesidad de tener una estrecha relación con la Eucaristía, sabemos que él murió antes de la finalización del Concilio, pero les compartía los santos se adelantan a sus tiempos, escuchemos esta expresión Conciliar: “…la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin” (Sacrosanctum Concilium 10)

El descubrió la necesidad de la Comunión y la Comunión lo más frecuente posible:  Asistir a la Santa Misa todos los días que cómodamente sea posible (Procurando “vivirla” con ayuda del Misal[3]). Naturalmente comulgar durante la misma[4].

Este texto que pertenece a los escritos de Enrique nos dice su hija Sara[5], que era un deseo y un proyecto de vida que procuraba, no solo para él sino también para Cecilia, quien ya era su novia y sería, luego, su esposa.

Su devoción y preocupación por participar de la Eucaristía, no era algo que quería guardar celosamente para sí, sino compartirlo con los demás. La lámpara que se enciende, no para cubrirla con un cajón sino para que ilumine a los demás (Lc 11, 33)

Sin duda Enrique es un “faro”, esto es, ilumina, cómo vivir el evangelio como joven, como militar, como novio, como esposo, como padre de familia. Según leemos y escuchamos de él, de aquellos que lo conocieron, procuró siempre vivir según el proyecto de Jesús transmitido en el Evangelio.

Podríamos decir que, el venerable siervo de Dios Enrique Shaw nos muestra que la vida empresarial, también en su vida militar, y, en la vida familiar, es necesaria edificarla sobre el sólido fundamento de Cristo, Cristo en la Eucaristía.

Hombre de Dios para los demás, nos habla de que- esto que venimos compartiendo sobre la santidad- es posible. Podríamos decir es la “encarnación”, una de las muchas que tenemos- gracias a Dios- en nuestro suelo argentino, del mensaje y enseñanza de los Papas. De la propuesta de Jesús para con nosotros, discípulos misioneros suyos, y que el Concilio- como aire fresco del Espíritu- nos ha vuelto a recordar.

Como le decía, será Fernán quién le hable más sobre Enrique, pero no quería dejar de compartirles- un rasgo muy importante que es el de la alegría y como obispo castrense- del paso del Venerable Siervo de Dios por la Armada:

El don de la alegría era, “es” una de las cualidades que más se destacaban en él, procuraba estar siempre alegre- especialmente el tiempo que pasaba con sus hijos y con su esposa, no mostrar con ellos las preocupaciones de su trabajo, no con el afán de ocultarles nada sino simplemente para que- el pasar de ellos con él- les sea agradable.

El distintivo de la santidad es la alegría. Alegría que brota de la fe, del encuentro con Jesús: “La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Aparecida 29)

Nos recuerda el Papa Francisco, aquella bella frase de León Bloy “Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos”. La alegría que, como nos dice Aparecida, es por la persona misma de Jesús, Jesús que nos conquista y atrae. El gran “Tesoro” escondido y encontrado, la Perla preciosa, por quien vale la vida y la entrega cotidiana. Siempre con alegría.

El Papa en la exhortación sobre la santidad, nos trae a la memoria esa “simpática” oración de Santo Tomás Moro: «Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden. Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por esa cosa tan dominante que se llama yo. Dame, Señor, el sentido del humor. Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás. Así sea»

Siguiendo la mirada sobre la familia, nos cuenta su hija Sara: “apasionado por sus hijos, cariñosísimo, pero no cargoso, era de una delicadeza extrema, escuchaba con mucha atención, con mucho cariño. Recuerdo una vez que yo le estaba hablando y él se arrodilló al lado mío, para escucharme mejor. Yo sería muy pequeña, pero él quería entender y se puso a mi altura. Creo que me impresionó porque recuerdo que a pesar de que él estaba arrodillado a mi lado, era más alto que yo”

Ese “pequeño” gesto físico, expresaba también una actitud interior. La escucha atenta de los demás. Esa anécdota que nos relata Sara, bien nos vale como “botón” de muestra del espíritu de Enrique. Escucha a la “altura” de su interlocutor, sus hijos pequeños o su esposa. La capacidad de escucha es una de las dimensiones más valoradas que tenemos, en el orden de las relaciones afectivas:

“¡Te agradezco mucho me hayas escuchado!” “¡No sabes cuánto valoro tu tiempo para escucharme!”

Es, por el contrario, también, uno de los reproches que solemos hacer:

“¡Vos no me escuchás!” “¡A mí, nunca me escuchan o tienen en cuenta para nada!”

La capacidad de escucha, abajarnos en la total disponibilidad para favorecer al oído y al corazón, la recepción del otro que necesita de lo más valioso de mí: tiempo.

Nos ayude el venerable siervo de Dios, como faro y referente del evangelio, vivir con alegría y disponibilidad de tiempo para la escucha, nuestra condición de discípulos misioneros.  Y cobra, sin duda mucha actualidad, en estos tiempos que hablamos de la escucha en nuestro, “camino sinodal” que es caminar Juntos.

Por último, quería compartirles un juicio sobre Enrique, realizado cuando estaba en la Armada: “Inspira confianza y tendrá siempre quien lo siga”, leemos en una de sus fojas.

En la Misa del centenario de su nacimiento destaqué esta expresión y la tomé como una especie de profecía, por parte de sus superiores de la Armada.

Podríamos decir, como expresa san Juan en el Evangelio, referido a Caifás: «No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote…” Hablando de Jesús y su entrega.

Creemos- salvando las distancias- que hubo ahí, una mirada profética. No sabemos la intención del superior de la Armada que firmó ese informe. Lo que sí sabemos, es que Dios puede valerse, de todo hombre, para darnos un testimonio que trascienda el tiempo y la historia en lo que refiere a los hombres y mujeres que viven con radicalidad el Evangelio.

Capaz desconocía, ese sello indeleble de profecía que dicha expresión llevaba consigo. Enrique es digno de ser seguido, en sus gestos, en sus escritos, en su vida, en su testimonio de joven aspirante de la Armada, fiel novio y esposo, solícito padre de familia, ejemplar “encarnación” de la Doctrina Social de la Iglesia en su vida empresarial.

Es digno de ser seguido, porque no es sólo él, sino el reflejo que quiso ser de Jesús, en todo- y, creemos, lo logró en su vida.

Es digno de ser seguido, por los juicios que sus superiores nos han trasmitido de él:

como alférez de fragata en 1943 se desempeña como primer ayudante de navegación en el ARA Moreno. Su Segundo Comandante afirma en su foja de conceptos: “Posee un severo concepto sobre lo que significa el cumplimiento del deber. Tiene gran cariño por la profesión y demuestra muchos deseos de aprender y de perfeccionar sus conocimientos”. Su Comandante sostiene más adelante: “Entusiasta colaborador y laborioso”.

El 20 de enero de 1944 es recibido de pase en el rastreador ARA Bouchard, donde se desempeña como Segundo Comandante, jefe de Artillería, Armas Submarinas y Material Naval. El Comandante manifiesta que está contento de tenerlo a sus órdenes. Y nuevamente resalta en él “su juicio y criterio, iniciativa, su particular aptitud para el mando, su tacto, donde con él se pueden tratar situaciones delicadas y confiar plenamente, cooperación, lealtad, etc.”. Su Comandante, al manifestar que es sobresaliente, dice: “Oficial altamente entusiasmado por su profesión, con un claro concepto del deber y sólidos principios éticos y morales. Su profesionalidad es muy completa, dedicada y tesonera, etc.”.

Por último, un juicio sobre él dice “Este oficial posee una gran pureza interior y es de una lealtad y honestidad de procedimientos sobresalientes”

Es digno de ser seguido, en su devoción a María, su “socia”. A quien invocaba con frecuencia para solicitar su maternal cuidado e intercesión. Hay una enseñanza muy linda que nos transmite, “cuando tengas una dificultad con alguien, rezarle a la Virgen, Ella es Madre de ambos. Ella sabrá poner las palabras justas y dispondrá también, el corazón del otro”.

Es digno de ser seguido, testigo fiel y valiente, constructor del Reino y de nuestra Patria.

La vida de Enrique Shaw es un don para nuestra Patria y para la Iglesia, rezamos confiados para que ella, un día pueda presentarlo como faro y referente.

 

Referencias

[1] Gaudete et exultate N° 3

[2] Novo Millennio Ineunte  31

[3] Hay que tener en cuenta que la Misa era en latín en aquel entonces. Hoy podríamos decir, ayudados, habiendo leído los textos de la Palabra del día.

[4] De sus escritos “Peldaños en el amor a Dios”

[5] Viviendo con alegría- testimonios y breve biografía de Enrique Shaw. Pág. 35

Sobre el autor

Monseñor Santiago Olivera

Obispo castrense, obispo emérito de Cruz del Eje (Córdoba). En la Conferencia Episcopal Argentina es delegado para las Causas de los Santos y miembro de la comisión de Liturgia.

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