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Libertad, igualdad y fraternidad

Camino de ruta visto desde el aire
Escrito por Belén Amadeo

Nunca es tarde cuando la dicha es buena

Las ideologías son construcciones que jerarquizan algunos valores propios de la democracia por encima de otros.

En su momento fueron revolucionarios: libertad, igualdad y fraternidad. Los años han destacado dos de esos valores. La libertad es el valor primario defendido por el liberalismo y el capitalismo mientras que la igualdad es el valor prioritario para el socialismo y todas sus variantes. La famosa grieta se da en esa discusión: si uno jerarquiza la libertad es tachado de “neoliberal” y si uno jerarquiza la igualdad es considerado un defensor de la vagancia.

Sin embargo, por muy inflamados que sean los discursos, libertad e igualdad no son valores contrapuestos, a lo sumo son jerarquizables. Por mucho que “el otro” esté lleno de prejuicios, no hay pensador de izquierda que no quiera ser libre (aunque prefiera un Estado que ayude a igualar) ni un liberal que no considere que todos los individuos son valiosos e iguales en esencia como para poder progresar (y que por ende no necesita de un Estado que ayude en ese sentido).

Pero libertad e igualdad son valores que efectivamente pueden ir de la mano, con algún conflicto, con alguna escaramuza por supuesto, pero tranquilamente de la mano. Si no, miren a Uruguay, donde luego de profundísimos estudios el muy destacado sociólogo Luis Eduardo González describió a sus ciudadanos como “socialdemócratas en lo económico y liberales en lo político”, en mayor o menor medida dependiendo del partido al que pertenecen.

El problema de la grieta surge cuando en lugar de combinar esos valores el debate público los asume como banderas de extremos. Ambas partes pasan a asociar el valor del otro con delitos, con aberraciones, con contravalores. La discusión se enrarece y se abre una pequeña grieta. “¿Sos de los nuestros o sos de ellos?” Y esa diferencia se hace cada vez más grande cuando esa obligación de optar pasa del ámbito público al ámbito privado. Ahora toman parte incluso los desinteresados.

La comunicación de la grieta es eso: un debate público que no debate ideas democráticas, no jerarquiza valores. Juega a negar al otro, y asociar sus valores a ilícitos. Los políticos proponen la grieta, los medios la refuerzan y la sociedad la acepta. Ya es parte de la cultura política.

No se trata de una ideología en la que uno prefiere una sociedad igualitaria que dé lugar a individuos libres y otro prefiere individuos eminentemente libres con un mínimo de interferencia del Estado para lograr una igualdad lo menos artificial posible. Ahora es gobierno contra oposición en posturas que se enfrentan sin importar quién es gobierno y quién oposición. No tiran juntos hacia el mismo futuro, antes bien buscan forzar a “los otros” a caer derrotados en el barro de una cinchada primitiva, de cultura predemocrática.

¿Es posible volver a tender puentes cuando esta dicotomía ya está afirmada en una comunidad? Es difícil porque puede tomar una generación o más, pero es posible si tanto la clase política como los medios de comunicación trabajan para comprender y para transmitir que los valores democráticos no son excluyentes sino jerarquizables.

Creer que la libertad es más importante que la igualdad no convierte en delincuentes a quienes piensan que la igualdad es más importante que la libertad. Y viceversa, por supuesto: creer que la igualdad es más importante que la libertad no convierte en delincuentes a quienes piensan que la libertad es más importante que la igualdad.

Tal vez sea hora de recurrir al tercer valor, ahora casi olvidado, y que tanto sentido tenía en los inicios de la república: la fraternidad. Cuando falta la igualdad y todo se dirime entre fraternidad y libertad podemos caer en un capitalismo salvaje. Cuando falta la libertad y todo está entre igualdad y fraternidad estamos ante un eventual comunismo totalitario. Si nos falta la fraternidad y el debate se dirime exclusivamente entre libertad e igualdad, tenemos lo que tenemos: una grieta, un campo de batalla.

La democracia moderna tiene sentido pleno si los tres valores originales están presentes. Y fomentar eso es responsabilidad de los tres actores

de la comunicación política: de los políticos, de los medios de comunicación y de los ciudadanos. Debemos convertir la grieta en brecha y la brecha en terreno común, tal vez al comienzo sea un terreno algo pantanoso, pero es terreno común al fin.

# Publidada en El Hilo de la Escuela de Posgrados en Comunicación (EPC) de la Universidad Austral

Sobre el autor

Belén Amadeo

Belén Amadeo. Lic. en Ciencia Política (UBA) y Doctora en Comunicación Pública (Univ. Navarra, España). Profesora Asociada regular de Opinión Pública (UBA) y Titular de Comunicación Política (Univ. Montevideo).

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