Valores

Los derechos. ¿Y los deberes?

Escrito por Vincenzo Putignano
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Es necesario cumplir con el deber hasta el final, cualquiera que sea el sacrificio que soportar, cualquiera que sea el costo, porque en él reside la esencia de la dignidad humana».

GIOVANNI FALCONE

Los jueces antimafia Giovanni Falcone (izquierda) y Paolo Borsellino. 

Ambos murieron en atentados mafiosos en 1992

La idea de que los derechos «valen por sí mismos» se fue asentando a lo largo de los años. La idea de que los individuos son, ante todo y fundamentalmente, titulares de derechos es la base de varias plataformas políticas, en cualquier latitud. Si hay que hablar de deberes, solo se puede hacer de forma secundaria o subordinada.

Es necesario rehabilitar la esencia y la semántica de los deberes – del latín debere, de- (alejamiento, privación) y el verbo habere (tener) – partiendo de la constatación de que cierta «retórica» centrada exclusivamente en los derechos es incapaz de perseguir el bienestar público, la justicia y el orden en una sociedad bien organizada.

Estas carencias consisten principalmente en la ausencia de motivación y de sentido de la responsabilidad, que suele darse en una sociedad que invita a sus miembros a considerarse ante todo (si no exclusivamente) titulares de derechos. El retorno de los deberes representa, por lo tanto, hoy, la tarea de «cuidar lo demás «, tarea a lo que estamos llamados como ciudadanos del mundo. 

Norberto Bobbio señaló que «el derecho y el deber son como las dos caras de la misma moneda”.

Bobbio también subrayó que existe una diferencia entre el progreso científico y el progreso moral, una distancia «entre nuestra sabiduría como investigadores del cosmos y nuestro analfabetismo moral» y que «nuestro sentido moral avanza, si es que avanza, mucho más lentamente que el poder económico, el poder político o el poder tecnológico».

  1. Bobbio, «Progreso científico y progreso moral», Ética y política, Milán, Mondadori, 2009, pp. 658-662.

Sin deberes no hay libertad

Nuestra época ha sido llamada, con razón, la era de los derechos, pensemos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Gracias a los derechos, los seres humanos se han emancipado de la dominación de otros hombres, de la discriminación, de la exclusión, de la pobreza y de otras formas de violación de la dignidad personal. El desprecio de los derechos humanos nunca ha conducido ni a formas superiores de libertad ni a comunidades más justas, sino que ha conducido directamente a Auschwitz. 

Debemos ser conscientes de que los derechos, para ser ejercitados, necesitan del deber, del respeto de las normas y de los principios morales universales. Este respeto no es por interés o por miedo a la ley, sino simplemente por obligación con la propia conciencia. 

Por ejemplo, si tenemos la adversidad de vivir en una ciudad amenazada por la delincuencia mafiosa o por el narcotráfico, sólo podemos esperar vivir seguros, disfrutar de nuestra propiedad, y dedicarnos a nuestras ocupaciones si podemos contar con fuerzas de seguridad, con magistrados, con administradores locales, con políticos con un fuerte sentido del deber. No creo que hagan falta ejemplos, están a la vista de todos. Deseamos profundamente seguridad de nuestros bienes y de nuestras personas.

Sin médicos y personal sanitario con sentido del deber, nuestro derecho a la salud durante la pandemia del coronavirus habría sido una cruel ficción. Sin maestros y profesores con sentido del deber nuestro derecho a la educación y a la cultura se convierte en un privilegio para unos pocos. 

Hablamos de un derecho y un deber al mismo tiempo, cuando el Estado debe conceder a sus ciudadanos la educación y permitir a cada individuo sentar unas bases sólidas sobre las que construir su futuro; esto forma parte, por lo tanto, de un deber específico de cada individuo.

Sin administradores y ciudadanos que sientan el serio deber de conservar y embellecer la ciudad y el entorno natural, nuestro derecho a admirar el patrimonio histórico y artístico nos dejaría viviendo en una ciudad y un entorno degradados. 

Un pueblo, una comunidad, formados por individuos que sólo creen en los derechos, que, pero no saben practicar los deberes, son comunidades donde los débiles, sea cual sea la razón de su debilidad, sólo tienen derecho a resignarse a no tener derechos

Una grave consecuencia de la falta de sentido del deber es la corrupción. No hay leyes que valgan si nosotros ciudadanos no le tenemos respecto.

La corrupción es imparable, es como un cáncer que consume las células de la vida civil. Esto es lo que analiza Transparency International

El camino para seguir es redescubrir el sentido del deber y convertirlo no sólo en la base de nuestra conciencia de los derechos, sino elevarlo a principio rector de nuestras vidas. 

Los deberes son diferentes de las obligaciones. El deber es un mandato de nuestra conciencia, la obligación es el mandato de una autoridad. Si violamos una obligación hay una sanción, si violamos un deber la única sanción en la que incurrimos es la del remordimiento.

Todos tenemos los mismos derechos. Esto significa que el primer deber es no violar los derechos de los demás. De ahí el deber de respetar la ley. No podemos eludir la ley. Dura lex, sed lex.

A maggior forza e a miglior natura, LIBERI SOGGIACETE (a mayor fuerza y a mejor natura, LIBRES ESTÁN SUJETOS), escribía Dante Alighieri en el siglo XIV, confirmándolo en suyas EPISTOLE – VI, 23 – solis existentibus liberis qui voluntarie legi oboediunt (sólo son libres los que obedecen voluntariamente la ley), así como CICERONE  – Elegum Servi Sumus Ut Liberi Esse Possimus (somos esclavos de las leyes para poder ser libres).

La libertad es un bien, es la recompensa del deber. No somos libres a pesar de los deberes, sino gracias a los deberes.

Sin embargo, algunos deberes son particularmente difíciles de sostener. 

En primer lugar, el deber de indignación entendido como ese profundo sentimiento de repugnancia por la injusticia La indignación es la ira de los buenos, la ira de los justos, la indignación es una ira sana. 

Otro deber especialmente difícil de cumplir es la caridad civil, entendida como la capacidad de cuidar a los conciudadanos especialmente frágiles y vulnerables, a los ancianos, a los niños, a las personas en estado de soledad.

Por último, el deber de recordar el pasado. Todos ciudadanos tenemos el deber de recordar el pasado. Olvidar a quienes han cometido crímenes contra la libertad, a quienes han sido responsables de la corrupción política, a quienes devastan paisajes y niegan el cambio climático significa faltar a nuestro deber de hablar de los crimines de la corrupción, de la devastación. El deber de denunciar.

Volver a los deberes de fraternidad

Una última consideración. El retorno a los deberes indica la apertura al otro, a la que estamos llamados como ciudadanos del mundo. Se trata, sencillamente, de tomar seriamente los lazos horizontales que llenan la vida individual, en lugar de seguir actuando como si cada uno fuese un átomo que se mueve de manera desarticulada, considerándose libre de ataduras en relación con todos los demás.

El retorno de los deberes es, en conclusión, una forma de tomar en serio los derechos, a nosotros mismos y a los que nos rodean.

Sobre el autor

Vincenzo Putignano

Licenciado en Ciencias Políticas (Universidad de Torino, Italia) y con Diploma en Dirección de Empresas (IESE, España). Sus intereses están dirigidos en como los clásicos pueden influenciar el gerenciamiento público y privado.

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