Valores

No hay Cruz sin Resurrección

Escrito por Macarena Seguí
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A diez años del pontificado de Francisco, quiero compartirles esto que escribí en aquel momento. De vez en cuando, cuando siento que las heridas de nuestra Iglesia son demasiadas, vuelvo a leerlo para recordar lo que Argentina vivió aquel 13 de marzo de 2013.

Esto fue lo que pasó:

La noticia de que el Santo Padre Benedicto XVI renunció, sin duda, fue inesperada. Hubo quienes aprovecharon para intentar desalentarnos; quisieron distraernos, desanimaros, confundirnos. Pero una vez más la Santísima Trinidad manifestó su Gloria y nos regaló un nuevo vicario de San Pedro, un fiel testigo suyo.

«Después de cada muerte, viene la Resurrección», nos dijo un sacerdote la noche antes de salir a misionar por la Quebrada del Toro, Salta. Mensaje que se grabó en mi corazón y que hoy, una vez más, supo reflejar lo que viví esta tarde: la gran alegría de ser católica.

Sin dudas este es un día histórico para la humanidad, pero cuánto más para nosotros argentinos, que tuvimos 76 años un Santo en nuestra querida tierra, caminando en el mismo suelo, dando la Buena Noticia con cada acto de su vida, siendo Evangelio vivo entre los hombres.

No hay palabras para describir los sentimientos, cada corazón debe transitar este momento de una manera muy personal, sin embargo, el Cuerpo de Cristo como Uno y Único, su Santa Iglesia, expresa un solo sentir: felicidad. Y no es esa felicidad humana, sino algo que nos viene dado desde lo alto.

Hace un rato fui a misa, como usualmente lo hago y me impresionó ver que hoy miércoles, un día de semana, había la misma cantidad o más gente que en misa dominical. Muchas caras conocidas, otras nuevas, pero todas fusionadas en un solo Espíritu, el Espíritu del Pueblo de Dios; un solo cuerpo vivo.

Soy de la ciudad de Corrientes, vivo en Buenos Aires hace más de siete años y justo aquí tuve la gracia de conocer el Amor de Dios y de la Santísima Virgen. Repasando los pasos que Jesús me ayudó a dar en este camino, me es inevitable remontarme a aquellos momentos en los que estuve con “Francisco”. Misas por los jóvenes, celebraciones en las peregrinaciones a Luján, entre otras. ¿Quién iba a decir que esa persona, ese sacerdote, discípulo de Cristo sería hoy el Papa?

Nada es casual, solo hay que dejarse guiar por el corazón para entender el mensaje que Dios quiere darnos hoy. Porque es ahí a donde Él nos habla, es ahí justamente donde nos enseña y nos educa y no en el caos del mundo donde abunda el materialismo, donde quieren convencernos de que para satisfacer los deseos provenientes de nuestra propia naturaleza tenemos que llenarnos de cosas o incluso de “nosotros mismos”. No ahí, sino en el corazón.

Juan Pablo II escribió “Necesitamos santos sin velo, ni sotana. Necesitamos santos con jeans y zapatillas”, llamándonos a amar la vocación de laicos de la misma manera que los consagrados aman ese camino que Dios les marcó. Sin embargo, este desafío al que somos llamados, no sería posible si no existiesen, complementariamente, santos con velo y sotana, como la Madre Teresa, como el gran Papa Juan Pablo II y como el nuevo Santo Padre Francisco, elegido desde la eternidad para serlo.

Quienes lo rodearon sus años de servicio en nuestro país saben decir que es una persona sin igual, yo sólo lo vi en distintas misas, pero basta con ver su expresión desde ese balcón para reconocer que es un ser lleno de humildad, tan simple como el mismo Cristo. Enseñándonos que no hay que hacer cosas grandes, sino que es precisamente esa sencillez lo que nos hace agradables a los ojos del Padre. Dice el Magnificat, “derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes”. Y así fue, un simple ser humano que puso su vida en manos de Dios. Siendo que tenía descartada la posibilidad de ser electo Papa por su edad, “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Hoy es el nuevo Santo Padre.

Gracias Señor por mostrarnos tu grandeza, por hacerme ver una vez más que “No hay muerte sin resurrección”, porque estos días en los que nuestra iglesia estuvo acéfala, trajeron de la mano a “Francisco” un hijo tuyo que sabrá guiarnos sin dobleces en nuestro paso por este mundo.

De la mano de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de los hombres, sin dudas todo está yendo por el curso indicado. Hoy mi alma está llena de Paz porque puedo comprobar cuan grande es su fidelidad. La Santísima Trinidad y María cumplen sus promesas. Sólo debemos aprender a esperar. Los tiempos de Dios no son los nuestros. Si por un rato pudiéramos mirar con los ojos del corazón y dejarnos guiar por El, todo sería distinto. Los argentinos somos hoy bendecidos por el Cielo porque somos también elegidos. Ahora empieza un gran desafío: acompañar a “Francisco” en esta gran misión que le fue encomendada.

Confiemos siempre en el poder del Altísimo, nada jamás nos va a vencer, porque nada es más fuerte que Dios. Queridos hermanos, que las caras que vi hoy, las sonrisas y abrazos fraternos que se intercambiaron en las puertas de las iglesias al terminar las misas no dejen de ser reflejo de la fiesta que estamos viviendo en común unión con los santos y ángeles del Cielo. Junto con ellos somos “un solo cuerpo y un solo espíritu” lleno de fuerza para afrontar lo que nos espera.

Papa “Francisco” usted pidió que recemos por Ud., y yo a cambio, le pido que rece por nosotros. Para que podamos seguir el ejemplo de María y ser igual de fieles que ella; para que de esta manera podamos acompañarlo en su Pontificado; para que haya “amor y hermandad” como usted lo manifestó; para que nunca nos olvidemos de lo poderosa que es la oración; para que entendamos que aunque los católicos estemos dispersos por el mundo, uno solo, en su nombre; para que todos, especialmente los jóvenes volvamos nuestros ojos a Dios; para que, al Igual que María y usted, seamos siervos y esclavos de Jesucristo; por la Paz en los corazones, por las familias, por los matrimonios, por los que no conocen a Dios, por los que están alejados, por los enfermos y por los que sufren; por la humanidad entera, para que en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo podamos ser uno con usted y abrazarlo a cada paso con nuestra oración.

La cruz es fuente de gracia y hoy, después de tormenta, la Iglesia grita fuerte ¡Viva el Papa! 

Sobre el autor

Macarena Seguí

Licenciada en Relaciones Internacionales con formación y trayectoria en Educación y Comunicación. Emprendedora

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1 comentario

  • Muy bueno Macarena. Aunque tengo que reconocerte que no comparto con nuestro querido Papa algunas ideas políticas o sobre economía, claramente encarna la voluntad de Dios, el amor al prójimo y la humildad como los grandes santos. Tuve la suerte y el honor de cruzarme con él, ya habiendo sido elegido Papa, y le hice el mismo pedido que le hiciste vos, que rezara por Argentina. Me respondió que lo hace todos los días. Fuerte abrazo

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