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Economía o política: la quiebra de la acción

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A partir de un cierto nivel de desarrollo humano no interesa tanto satisfacer una necesidad primaria, ni construir artefactos. Se descubre que el hombre está hecho para crecer como persona.

Mediante su acto de conocer, su apertura al ser de todas las cosas, el hombre toma distancia de la naturaleza, sin dejar de estar dentro de ella, lo que le permite dominarla, habitarla, gobernarla. De este modo se hace entonces patente su libertad, aunque de forma negativa, pues son muchas las posibilidades que se le ofrecen, y no puede seguirlas todas. Su espíritu es universal, abierto a todo, pero su naturaleza es limitada, situada en el espacio y en el tiempo. Tiene entonces que elegir una determinada manera de llevar adelante su acción.

Una acción que en ningún caso sería posible sin los procesos naturales, acontecimientos en caso, que suceden sin intervención del hombre. Se da así lugar a una cierta paradoja, ya que la libertad del hombre (estar hecho para la acción) se manifiesta como la necesidad o impulso a intervenir en esos procesos.

Los animales carecen de acción, sus vidas están establecidas por su entorno, son parte de su naturaleza. El hombre, por contraste, con su acción, modifica algún tipo de proceso natural, porque pone en marcha procesos que ya no son meramente naturales, sino humanos o sociales, dando lugar a lo que llamamos nuestro mundo, al devenir de la historia, que es resultado de la libre acción de todos los hombres. La novedad radica en la acción humana, ya que en los procesos naturales no cabe la novedad.

Podemos entonces definir la acción como la intervención libre y consciente sobre un determinado entorno-proceso social. El hecho mismo de la libertad requiere instituir. La acción tiene que ser realizada de una determinada manera, insertada en el entramado de procesos que forman algún tipo de comunidad, en la que se hace posible la novedad de la vida humana. Cada hombre, con su acción, modifica los procesos que constituyen su mundo, al tiempo que se modifica, cerrando o abriendo posibilidades para sí mismo, y para los demás.

La acción tiene una dimensión externa, poiética y crematística, modificadora de procesos, y una dimensión interna, práctica, que mejora o empeora con la acción, que afecta a la misma persona humana. Esa dualidad de la acción, hacia dentro y hacia fuera, pone de manifiesto que el hombre es faber-sapiens, un modificador que se modifica a sí mismo. Además, en la acción humana se da una especie de “retroalimentación”, que llamamos “responsabilidad”, un quedar afectado, para bien o para mal, por la misma acción, no solo por sus consecuencias. Una responsabilidad que también existe si no se actúa cuando se debe. Esta doble dimensión de la acción humana la hace inevitablemente ética, en cuanto afecta a los demás y a uno mismo.

Ser ético o social es algo positivo: significa estar inclinado a aportar, a hacer el bien. No tiene mucho sentido una ética negativa, no intervenir, limitarse a evitar el mal. Lo verdaderamente ético es procurar que abunde el bien. La acción humana siempre conlleva el bien y el mal requiere, por tanto, rectificar. La ética tiene, pues, un sentido positivo, perfeccionarse a sí mismo y a los demás, interviniendo en los procesos que a uno le corresponden, los que llevan a aumentar el bien. Las virtudes, la mejora continuada de la acción, son tema central de la ética, porque sólo ellas hacen posible la abundancia del bien. Queda claro que la acción presupone un fin. “Hacer el bien”, tiene así un carácter medial. Por eso, sostenía Aristóteles que las decisiones se toman respecto del medio, no del fin.

La dimensión externa de la acción humana, la operativa, transforma los procesos externos, se apoya en la tecnología, en el recurso a la razón instrumental, y da lugar al saber hacer, que se apoya en ese plexo de medios propio de cada cultura. Pero hay una segunda dimensión, la más importante, que transforma al sujeto mismo y se relaciona con lo intemporal o no procesal, con el conocer y el amar, la que gobierna y orienta el hacer. En esta dimensión se produce una cierta anticipación del fin, una orientación al bien, que da sentido y medida al hacer. El hombre es en este sentido dual, es tanto “faber-hacer”, por estar en el tiempo, como “sapiens-conocer”, por estar más allá del tiempo.

Que la acción es mediación entre conocer y proceder se pone de manifiesto en el lenguaje. El hablar es la acción más intemporal, la más directamente ligada con el conocer: para hablar hay que saber. Al mismo tiempo, a través del lenguaje el hombre dispone de la naturaleza y hace posible la modificación de los procesos. Aunque hay muchas lenguas y son muy variadas, todas hacen referencia a la verdad de las cosas, al acto de conocer. Sin referencia a la verdad, no habría lenguaje, no habría posibilidad de comunicación. La acción humana está orientada hacia la verdad, en el plano del conocer, y hacia el bien, en el plano del hacer.

En el lenguaje, base de toda cultura, se distingue entre su aspecto contemplativo, el uso de los sustantivos (el más básico), y su aspecto activo, el uso de los verbos, donde se hace presente la acción humana como trabajo, el modo que tiene el hombre de modificar el entorno, de proseguir la institucionalización, para dar lugar a la aparición de su mundo. El trabajo es inseparable del lenguaje, de la relación con los otros, y ambos se apoyan en el acto de conocer. Sin los sustantivos, sin la intuición de lo que nos viene dado, los verbos, lo que el hombre puede hacer, no tendrían sentido. La institución es el modo en que el hombre añade a la naturaleza, como son el lenguaje y el trabajo o técnicas, que son los inicios y fundamento de toda cultura.

Paradójicamente el impulso a la acción, a la libertad, viene de algún modo provocado por la necesidad, por la falta de adaptación del cuerpo humano a los procesos de la naturaleza, lo que obliga a modificarlos, poniendo así de manifiesto su acto de conocer y su libertad, al tiempo que construye su mundo y domina la naturaleza. De este modo el hombre, en frase de Polo, se convierte en el “perfeccionador que se perfecciona”.

El hombre tiene necesidad de alimentarse, no es alimentado por los procesos de naturaleza, como sucede con los animales, sino que lo hace a través de su inteligencia y de su habilidad, desarrollando instrumentos, como el cuchillo y el fuego, surgidos en el neolítico, mediante los cuales, el proceso natural de alimentarse se modifica para dar lugar a una actividad reglada, la gastronomía, actividad creativa que tiende a perpetuarse en el tiempo, y que conlleva división en tareas distintas y complementarias. Algo que, conviene no olvidar, sólo es posible en el seno de una comunidad mediante el lenguaje y el trabajo.

Se hace así patente esa dimensión

productiva de la acción, una supe- ración de lo meramente natural procesal, una humanización de la realidad, que va dejando atrás la urgencia de la motivación primaria, el hambre, la necesidad de alimentarse, y va llevando al descubrimiento de la parte más alta de la acción, el conocer y amar, a través de la cual el hombre va descubriendo el sentido último de esa inclinación suya a la acción, la apertura al don, que es lo más propio de su condición de persona. Llega así un momento, a partir de un cierto nivel de desarrollo de las habilidades técnicas, en el que ya no interesa tanto la producción, el modo de satisfacción de una necesidad primaria, ni la construcción de artefactos, sino las actividades que mejoran y potencian la acción, las virtudes, que conllevan una continua ampliación de horizontes de la acción. Se descubre que el hombre está hecho para crecer como persona, pero con ocasión de su dominio sobre la naturaleza, que es el sentido último de su lenguaje y su trabajo.

Aparece así una manera siempre superable de vivir mejor, de potenciar la propia acción, algo que se aprende de los mejores, aquellos que con mayor empeño persiguen la vida buena, el “hacer el bien” posible, aquí y ahora. Una idea de excelencia en el vivir que no es una teoría, algo que se pueda captar con la simple luz de la razón, sino que tiene su historia, y su tradición. La vida buena no es algo que se pueda definir desde un punto de vista teórico, sino que sólo tiene sentido en el marco de una tradición, en el seno de una comunidad histórica, donde muchas generaciones se han esforzado por vivir de ese modo. Porque para vivir bien hay que rodearse de hombres que luchan por ser mejores, para lo cual se hace imprescindible contar con las instituciones, que son medios para tender a la excelencia, en las múltiples y variadas dimensiones de la acción humana.

En el pensamiento moderno o ilustrado, por motivos que ahora no vamos a exponer, la acción ha quedado quebrada, por lo que sólo se considera su dimensión externa, la que modifica los procesos. De ese modo ya no modifica al hombre mismo, pues se piensa que el hombre ni es mejorable, ni tiende a la perfección. Así, truncada la acción, se queda en mera transformadora del medio, en el solo logro de fines externos, con lo que resulta que el ser humano solo puede comprometer toda su vida en el logro de esos fines menores, quedando así atrapado en la interminable cadena de medios, con lo que pierde el sentido de su vida. Lo que Hegel llamaba alienación o esclavitud. Con el agravan- te de que los procesos externos se hacen cada vez más complejos y caóticos, menos dominables por el hombre, que acaba sometido a ellos.

Surge así la idea moderna de que la política, cuya finalidad es la búsqueda de la vida buena, la práctica de las virtudes ya no es posible. Solo cabe la economía, entendida como mera transformación del entorno, como simple crematística o multiplicación de los artefactos. Pero como el hombre no deja de estar llamado a la libertad, constituido para la acción, esa motivación transformadora del entorno solo puede ser incesante y la economía, así entendida, sólo puede estar movida por el deseo sin límites de la ganancia, que viene a ser el falso y trágico sustituto de “hacer el bien”.

El problema del enfoque moderno de la acción es que, al pre- tender que el hombre sea solo faber-hacer, un ser meramente productivo, y negar la posibilidad de que el hombre sea además “sapiens-conocer, la dimensión productiva se hace inexplicable y por tanto incontrolable. No solo deja de dominar la tierra, sino que pasa a ser dominado por su pretendida transformación de la naturaleza.

Sobre el autor

Miguel Alfonso Martínez-Echevería

Economista, exdecano de Ciencias Económicas de la Universidad de Navarra. Académico y catedrático, se dedicó a la filosofía de la economía, historia del pensamiento económico y empresarial.

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