Enrique Shaw anotaba en sus notas personales frases que debían orientar su gestión. “Debo ser amable con el otro, facilitarle que me ame, ser una Navidad para él”. Y también: “Caridad implica también hacernos amables”. Enrique toca, desde estas frases, una dimensión decisiva del liderazgo: quien dirige debe trabajar sobre sí mismo para que el otro pueda acercarse, confiar, colaborar y crecer.
La empresa se construye con personas, y las personas no se unen de manera profunda mediante órdenes, incentivos o procedimientos. Eso puede ser necesario pero no alcanza para formar una comunidad. Un equipo empieza a existir cuando aparece algo más fuerte que la coordinación que es un bien compartido, una disposición interior a querer el bien del otro. Por eso Enrique agrega: “Solamente la caridad asegura laeficacia de la acción”.
Esta afirmación resulta extraña en el mundo empresarial donde se suele vincular la eficacia con la estrategia, la planificación, el control o los indicadores. Sin embargo Enrique habla de una eficacia más profunda. Una organización puede alcanzar resultados y, al mismo tiempo, destruir vínculos, cansar almas, generar miedo o sembrar resentimiento. La eficacia verdadera no sólo consigue objetivos sino que, además, construye una comunidad capaz de sostenerlos.
Santo Tomás de Aquino nos permite darle profundidad y sentido a esta intuición. En la Suma, al hablar del amor, lo presenta como vis unitiva, una fuerza que junta. Amar es querer el bien, pero siempre el bien de alguien. Por eso el amor no queda encerrado en quien ama: sale de sí, incorpora al otro, lo mira como un “segundo yo”. En este sentido, utiliza una frase todavía más fuerte: el amor es vis concretiva, una fuerza que une, que vuelve concreta, sólida y firme a esa unidad entre las personas. El amor vuelve inexpugnable la unión entre personas.
Esto tiene una aplicación directa al liderazgo. Un jefe puede lograr obediencia por miedo. Puede lograr cumplimiento por conveniencia. Puede lograr coordinación por estructura. Pero sólo por la caridad puede producir verdadera pertenencia. La caridad hace que el otro deje de ser un recurso funcional y empiece a ser alguien cuyo bien me importa. Cuando esto sucede, el equipo deja de ser una suma de capacidades individuales y se vuelve una obra común.
Esto Enrique lo expresaba con palabras muy concretas: “debemos saber colaborar, tener espíritu de equipo, ser accesible”. La accesibilidad es más que una técnica simpática de conducción. Es una forma de humildad. El dirigente inaccesible se vuelve una muralla; el dirigente amable se vuelve una puerta. Y una empresa necesita puertas: lugares por donde circulen la verdad, la confianza, la corrección, el perdón y la iniciativa.
La imagen de Gaudí y la Sagrada Familia puede ayudarnos. Una catedral no se levanta como una máquina, sino ordenando piedras, oficios, manos, tiempos y generaciones hacia una misma forma. Cada parte tiene sentido dentro de una obra mayor. La piedra aislada puede parecer pequeña, pero en la obra común sostiene, recibe peso y transmite belleza. Construir una empresa desde la caridad se parece más a levantar una catedral que a ensamblar piezas. El líder cristiano ordena personas vivas hacia una obra común.
Por eso Enrique enumera en su cuadernito: “amabilidad, bondad, gentileza, cortesía, afabilidad, benignidad, cordialidad, mansedumbre, generosidad, misericordia”. La imagen de un gran gerente de miles de empleados anotando esas palabras como virtudes en las cuales debe trabajar de manera personal es ya una enseñanza extraordinaria. Pero lo es más si se los entiende como materiales de construcción. Con miedo o con dureza se puede mandar pero con amor se forma un equipo.
Y la paradoja es que cuando se construye desde la dureza la obra se vuelve frágil. La rigidez puede dar apariencia inmediata de solidez pero esconde vínculos débiles y quebradizos. En cambio, cuando se construye desde la flexibilidad y el amor la empresa gana en consistencia. El amor es la fuerza que vuelve concreto al equipo.
San Pablo nos lo recomienda expresamente: “Por encima de todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección”. El amor es vínculo porque une a las partes sin confundirlas. Y el Salmo nos recuerda que ese amor sólo alcanza su plenitud cuando nos viene de Dios: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. También la empresa puede cansarse en vano si la obra que levanta no nace de la caridad.
