Valores

¿Dónde descubro la epifanía de Dios?

Escrito por Carlos Barrio
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“… ya es hora de despertarse del sueño …

La noche está muy avanzada y se acerca el día.

Abandonemos las obras propias de la noche y

vistámonos con la armadura de la luz.”

(Rm. 13, 11-12)

 

Ha terminado el tiempo de Navidad después de la fiesta de la Epifanía y el bautismo de Jesús. Jesús se manifestó a toda la humanidad a través de la visita de los Reyes (sabios) Magos de Oriente en el pesebre de Belén.

Finalizadas estas fiestas, comenzamos a transitar el tiempo ordinario y Dios se nos sigue manifestando.

Quisiera detenerme en el sentido de la epifanía de Dios en el mundo, la que trasciende a la fiesta propiamente dicha, ya que su luz atraviesa toda nuestra vida de fe.

La epifanía de Dios me lleva a preguntarme cómo se manifiesta hoy Dios en el mundo y en mi vida cotidiana, ¿en dónde encuentro su presencia?

Con tristeza tomo consciencia que en las fiestas navideñas cada vez está más ausente y más presente Papá Noel. Se ha perdido toda la religiosidad, transformándose en un tiempo de celebración pagana y vacía de contenido.

Quizás una de las claves para recuperar el sentido sea tomar nuevamente consciencia de la grandeza de estos sabios de Oriente, quienes, desde otra creencia y cultura, supieron leer los signos de los tiempos.

La actitud que tuvieron es una interpelación a descubrir a Dios más allá de nuestro mundo pagano instalado. Es un llamado a despertarnos, silenciar el celular, salir de nuestros esquemas conocidos y limitantes, para descubrir a Dios en otros territorios, distintos a los de nuestro mundo rutinario.

Los sabios de Oriente aceptaron el reto de la novedad que les planteaba la estrella.  Supieron leer y escudriñar el mensaje de Dios de su tiempo y descubrir que algo extraordinario se estaba manifestando lejos de sus fronteras y creencias conocidas. Supieron estar ligeros de equipaje, dispuestos a aceptar el desafío y dificultad que les planteaba una estrella nueva que, de una manera determinante, se manifestaba en el firmamento. Y partieron hacia tierras lejanas y desconocidas, guiados por la providencia que se manifestaba en la estrella, la que fue abriéndoles paso a paso nuevas puertas en las que vislumbraban la luz de Dios. Se abrieron a recibir la novedad, con los riesgos que ello conllevaba.

Para ello tuvieron un oído atento y una escucha nueva y desprejuiciada, que les generó seguramente desconcierto, para entender por dónde y cómo se manifestaba Dios.

Supieron escuchar las voces de Dios en el alma, el ser y el tiempo, las que les indicaba que, una gran novedad se estaba manifestando en dónde la estrella los conducía.

Seguramente no tenían certezas absolutas, pero comprendieron que algo grandioso había ocurrido en la humanidad, algo nuevo. Y decidieron partir y caminar hacia Belén. Confiaron.

Su actitud es un llamado muy actual que me interpela a vivir en la confianza en medio del desconcierto que me plantea la vida, lo nuevo que intuyo está naciendo, invitándome a renovarme, a no quedarme “aburguesado” en mi mundo seguro y previsible.

Es un llamado a salir de mis redes sociales y virtuales que suelo transitar, a escuchar las voces en las que Dios se va manifestando en medio de mi vida, a volver a mi interior, en donde se encuentra lo más profundo y verdadero de mi ser, en el que la IA no da respuestas ni certezas.

Hoy necesito volver a preguntarme:

¿Dónde estoy buscando a Dios?

¿Cómo es mi apertura para descubrirlo más allá de las creencias y parámetros que tengo establecidos e incorporados?

¿Cómo se manifiesta la novedad naciente en el mundo del trabajo del que participo?

Es probable que los sabios de Oriente quedaran sorprendidos y quizás desconcertados al descubrir que la estrella los conducía hasta una pequeña aldea de Judea, a un lugar insignificante y deshumanizado, como era un pesebre y más aún, al corroborar que nadie había acogido a ese niño-Dios ni a sus padres. Y que los únicos que habían interpretado el sentido de la estrella habían sido unos humildes pastores, que estaban en el campo con sus ovejas (a la intemperie).

Pero la apertura espiritual, emocional y existencial de los sabios de Oriente fue tal, que fueron capaces de reconocerlo, adorarlo y presentarle sus ofrendas en esa situación de vacío de lujos y reconocimientos humanos.

Me pregunto si hoy ¿reconocería a Dios si viviera circunstancias similares a las que enfrentaron estos sabios de Oriente?

¿Qué debería hacer para descubrirlo en el mundo actual, que pareciera que lo ha expulsado a años-luz de distancia?

¿Qué ofrendas le presentaría si lo descubriera en similares circunstancias de despojo y abandono humano? ¿Cuáles serían esas circunstancias en el mundo que vivo?

¿Soy capaz de reconocer la epifanía de Dios en la bienaventuranza del pobre, el sufriente, abandonado, emigrante que no encuentra acogida ni trabajo, o tiene que enfrentarse a un conflicto bélico que no comprende ni acepta?

¿Lo descubro en la matrix tecnológica actual encerrada en sí misma, que pareciera buscar sólo respuestas en la IA como nueva salvadora?

¿Descubro la bienaventuranza de su epifanía en el drogadicto caído, que no puede salir de su adicción y ha perdido el sentido de su vida?  ¿Lo descubro al salir de mi egocentrismo y narcicismo?

¿Cuáles son los Herodes que me acechan y pretenden aniquilar la epifanía? ¿Son los traficantes de armas, dictadores que quieren perpetuarse en el poder, dealers de la droga, empresarios que sólo buscan el lucro y se olvidan del hombre? ¿Es mi dureza para hacerme cercano al dolor de quienes sufren cerca de mío?

¿Encuentro la bienaventuranza de los olvidados en cárceles frías, abandonados de afecto, que sufren una violencia que va carcomiendo su dignidad?

¿Lo reconozco en la bienaventuranza de los solos-sufrientes de los hospitales, que viven tristes y sin esperanza?

¿Puedo encontrarlo en mi trabajo, en quienes no se sienten reconocidos, valorados o no reciben un salario digno?

¿Qué ofrendas le llevaría a este niño Dios indefenso, dolorido y lleno de desprecios?

¿Qué debería cambiar en mí mismo para escuchar mejor hoy su voz?

¿Qué debiera hacer en mi lugar de trabajo para que haya una epifanía de Dios?

Los tres regalos que los sabios de Oriente le hicieron a Jesús me interpelan.

¿Reconozco la primacía de Dios (oro) frente a la tentación de los ídolos modernos que buscan suplantarlo por las riquezas desmedidas, el materialismo, la codicia, la búsqueda desenfrenada de lujo y poder?

¿Tengo una vida espiritual de oración (incienso) que contrarreste mi afán de deseos posesivos, mi vanidad, mi falta de humildad para reconocer que no puedo resolver las dificultades de la vida sólo por mí mismo?

¿Descubro la presencia de Dios en la humanidad y desvalimiento de quienes me rodean (mirra)? ¿Qué remedio le acerco hoy al doliente?

Quizás nuestro desafío sea volver a descubrir a Dios como los sabios de Oriente, en un niño recién nacido e indefenso en un pesebre, en la oscuridad de la noche de Belén y que nos atraiga por la maravilla y gozo de la luz irradie.

Sobre el autor

Carlos Barrio

Abogado (UBA) con una extensa carrera en el sector legal de multinacionales. Coach Profesional (Certificación internacional en el Instituto de Estudios Integrales). Posee posgrados en Harvard y UBA.

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