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El algoritmo del amor

Escrito por Teresa Téramo
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Emma Braslavsky, Maria Schrader y la pregunta por lo humano.

¿Qué ocurriría si alguien pudiera diseñar a la pareja perfecta para nosotros? No una persona compatible, sino un ser construido a partir de nuestros gustos, hábitos, deseos y necesidades. Alguien incapaz de decepcionarnos. Alguien programado para hacernos felices.

Esa es la premisa de Ich bin dein Mensch (Soy tu ser humano, en ingles: I’m Your Man), la obra de la escritora alemana Emma Braslavsky que inspiró la película homónima dirigida en 2021 por Maria Schrader —la misma directora de Poco ortodoxa, miniserie inspirada libremente en la autobiografía de Deborah Feldman.

La historia invita a una reflexión sobre el amor, la soledad y aquello que todavía nos distingue de las máquinas. La protagonista es Alma —Maren Eggert—, una científica que acepta participar en un experimento a fin de  obtener financiación para sus investigaciones. Durante tres semanas deberá convivir con Tom —gran actuación de Dan Stevens—, un humanoide diseñado mediante inteligencia artificial para convertirse en su compañero ideal. Tom conoce sus preferencias, anticipa sus deseos y aprende de cada reacción.

 

La pareja perfecta

La adaptación cinematográfica de Maria Schrader conserva el núcleo filosófico de la novela, pero desplaza el acento de la comedia romántica al drama existencial: Alma no es una psicóloga experta en amores, sino una investigadora de lenguas muertas que busca descubrir textos poéticos en la escritura cuneiforme de antiguas piedras. Mientras Tom representa el futuro tecnológico, Alma nos recuerda el pasado y el valor de la palabra artística. Con gran delicadeza, Schrader realiza una película que evita tanto el entusiasmo ingenuo por la tecnología como el miedo apocalíptico a la inteligencia artificial. El resultado: una historia melancólica y luminosa sobre el deseo humano de ser amado y aceptado por los otros.

La película obtuvo una favorable recepción internacional. Maren Eggert ganó el Oso de Plata a la mejor interpretación principal en la Berlinale y la obra obtuvo varios de los principales premios del cine alemán, incluidos mejor película, mejor dirección y mejor guion.

Detrás de esos reconocimientos permanece la pregunta que Emma Braslavsky formuló primero desde la literatura: si una inteligencia artificial llegara a conocernos mejor que nosotros mismos, ¿sería suficiente para reemplazar un vínculo humano? A esta cuestión, pueden añadirse otras: ¿qué buscamos realmente cuando esperamos amor? ¿Deseamos ser comprendidos o deseamos ser sorprendidos? ¿Amamos de verdad o es por egoísmo que buscamos el amor? ¿Queremos un compañero perfecto o alguien cuya libertad incluya la posibilidad de contradecirnos?

 

Del Golem a Tom: la pregunta sobre las criaturas artificiales

Mucho antes de los algoritmos y de la inteligencia artificial, la imaginación humana ya estaba poblada por criaturas artificiales. El Golem de las leyendas judías de Europa Central, la mujer-máquina —Maschinenmensch— de Metrópolis, la criatura de Frankenstein, los autómatas de la literatura fantástica o los robots de la ciencia ficción forman parte de una misma tradición narrativa. Todas estas historias vuelven una y otra vez sobre una misma inquietud: ¿qué sucede cuando el ser humano intenta crear algo semejante a sí mismo?

Tom, el compañero artificial imaginado por Emma Braslavsky, pertenece a esa genealogía. No está hecho de barro como el Golem ni de restos humanos como Frankenstein. Está hecho de datos, algoritmos y aprendizaje automático. Sin embargo, la pregunta que encarna es antigua.

No deja de ser sugestivo, además, que la protagonista se llame Alma. Frente a una criatura diseñada para responder a patrones, cálculos y probabilidades, aparece una mujer cuyo nombre remite precisamente a aquello que las tradiciones filosóficas y religiosas han considerado irreductible: el alma humana. La tensión entre Alma y Tom parece condensar uno de los grandes interrogantes de nuestro tiempo: hasta dónde puede llegar la técnica y qué aspectos de la experiencia humana permanecen fuera de todo cálculo.

La novela puede leerse entonces como una actualización contemporánea de un viejo mito. No el mito de la máquina que se rebela contra sus creadores, sino el del ser humano que intenta reproducir el misterio de la vida mediante sus propias capacidades. Una aspiración que atraviesa culturas, religiones y relatos desde hace siglos.

 

Babel en tiempo de algoritmos

La reciente reflexión de León XIV en Magnifica Humanitas resulta iluminadora. El Papa advierte que la tecnología puede convertirse en una nueva expresión de la antigua tentación de Babel: la ilusión de que el progreso técnico basta para resolver las preguntas fundamentales de la existencia humana. El problema de Babel no era la torre, sino la pretensión de autosuficiencia. No era la técnica, sino la creencia de que el ser humano podía bastarse enteramente a sí mismo.

Desde perspectivas muy distintas, la encíclica y la historia de ficción parecen dialogar entre sí. Ambas advierten que la verdadera pregunta no es cuánto se parecerán las máquinas a nosotros, sino cuánto estamos dispuestos a conservar de aquello que nos hace humanos. La libertad, la fragilidad, la capacidad de amar sin garantías ni cálculos previos constituyen rasgos difíciles de traducir en algoritmos.

Tom, el humanoide es atento, inteligente, sensible e incapaz de decepcionar. Sin embargo, cuanto más perfecto parece, más visible se vuelve una paradoja: lo que nos hace perfectamente humanos no es la eficiencia ni la optimización, sino precisamente nuestras imperfecciones. Donde el algoritmo calcula probabilidades con exactitud, el amor continúa siendo una aventura incierta. Tom puede acompañar, pero no compartir plenamente la experiencia humana de la libertad. Puede simular el amor, pero la novela nos obliga a preguntarnos si amar es algo más que responder adecuadamente a las expectativas y estímulos del otro.

Los seres humanos nos equivocamos, dudamos, cambiamos de opinión, tenemos miedos y nos aferramos a recuerdos que ningún algoritmo puede calcular del todo. En esa zona de incertidumbre habita buena parte de nuestra humanidad. Si acaso podemos reproducir el cuerpo, la inteligencia o el comportamiento humano, ¿podemos también reproducir aquello que llamamos persona?

 

Hoja por Hoja traduce Ich bin dein Mensch

La editorial argentina Hoja por Hoja está trabajando en la traducción al español de la novela de Emma Braslavsky. El mérito de esta escritora alemana —ganadora del premio literario 2025 en su país— no reside únicamente en la premisa. El logro consiste en transformar una cuestión tecnológica en una historia humana. Ich bin dein Mensch vuelve una y otra vez sobre las emociones, los vínculos, la fragilidad y el deseo de ser amados. Con mucho humor, ironía y una notable sensibilidad filosófica, la autora evita las respuestas fáciles y construye una novela que permanece abierta a la reflexión mucho después de terminada la lectura. Despliega una meditación literaria sobre la libertad, la soledad, la identidad y los límites de la técnica.

Sobre el autor

Teresa Téramo

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad de La Laguna (España) y Profesora en Letras por la UCA, donde es la Coordinadora Académica de la Maestría en Comunicación Audiovisual.

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