Scaloni insiste en que se trata sólo de un partido de fútbol, quizá para quitarles presión a los jugadores. O quizá también porque, para los más jóvenes, enfrentarse a los ingleses no tiene el mismo significado que tenía para las generaciones anteriores.
Messi es el más veterano de los jugadores de la Selección: nació en 1987, quince años después de que los ingleses arriaran la celeste y blanca de aquel mástil en Puerto Argentino. Ni él, ni mucho menos sus compañeros más jóvenes, conocieron las bravuconadas de Galtieri, los “vamos ganando” de los comunicados oficiales, ni la humillación de la rendición final en junio de 1982. Aunque coreen “a los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, para darse ánimos futboleros, para ellos esa guerra es un relato brumoso que se pierde en la noche de los tiempos. Mal que nos pese.
Hay quien dice que, para toda una generación, aquel gol con la mano del Diego fue —aunque módica— una forma de venganza. Y que el segundo, el del barrilete cósmico, fue la confirmación de que Dios quería compensarnos de algún modo por la injusticia de la derrota en Malvinas. Quién sabe. Lo que es seguro es que Julián Álvarez, Enzo Fernández o Giuliano Simeone no sienten nada parecido. Cuando empezaron a caminar, ya existía internet, las Torres Gemelas habían caído y los argentinos estábamos sumergidos en otro trauma: el del corralito. De las Malvinas ya ni se hablaba.
La semifinal contra Inglaterra, esta vez, nos encuentra en otra etapa. Quizá el partido funcione como pretexto útil para repensar estos tiempos:
- Los ingleses ya no son lo que eran. Van quedando lejos en el tiempo las heridas del pasado: hay que rondar los sesenta años para que “Sheffield”, “ARA General Belgrano” o “Alexander Haig” signifiquen algo para nosotros. Milei —impune— dijo, en plena campaña, que admiraba a Margaret Thatcher, y ganó con el 56% de los votos: a los jóvenes, la Dama de Hierro no les dice nada.
- El arte derriba barreras. Es difícil odiar a los ingleses y al mismo tiempo escuchar con devoción a Los Beatles o a los Rolling Stones. Hay que esmerarse para sentir antipatía por el país en el que nacieron Amy Winehouse, Phil Collins, Dua Lipa o Adele. Muy a nuestro pesar, Downton Abbey, The Crown y Peaky Blinders nos colonizaron. Soft power.
- La tecnología nos acerca. Hace 50 años, era casi imposible para un extranjero sentir afecto por un jugador del Manchester United o del Chelsea: los diarios locales no hablaban de ellos y la revista El Gráfico los ignoraba. Hoy conocemos al detalle sus vidas y la de sus familias: por mucho que nos preocupe el instinto goleador de Harry Kane —que será muy inglés pero juega en el Bayern Munich—, no logramos odiarlo.
Lady Di, Tom Holland, Kate Middleton, Mr. Bean, Benedict Cumberbatch, Anthony Hopkins… La lista es interminable. Al tiempo que decenas de nombres se volvieron familiares para nosotros, la rivalidad con Inglaterra fue perdiendo intensidad. Hoy, a los que tienen 40 años o menos, les da lo mismo contra quién juguemos la semifinal… siempre que ganemos. Malditos piratas, nos están ganando la batalla cultural.
