Valores

¿Es la familia de “perrhijos” un nuevo modelo de hombre trabajador?

Escrito por Carlos Barrio
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Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”

Lord Byron

Estoy de vacaciones en la Costa Atlántica y observo con sorpresa la gran cantidad de perros que lleva la gente a la playa y cómo la mayor presencia publicitaria se nota en algunas marcas de productos vinculados a las mascotas, organizando concursos y ofreciendo distintos tipos de servicios.

Pareciera que las mascotas, y especialmente los perros, se están convirtiendo cada vez más (especialmente entre las generaciones más jóvenes) en sustitutos de los hijos, denominándose a este fenómeno como “perrhijos”.

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha ocurrido este cambio tan significativo? 

¿Por qué se está reemplazando a los hijos por perros? ¿Qué ha cambiado en la mentalidad para preferir una mascota a un hijo? 

Los perros tienen la particularidad de dar y recibir afecto. Es más, el afecto que brindan es incondicional, de forma tal que aun cuando seamos indiferentes o maltratemos a un perro, él igual responde siempre con cariño, moviendo la cola en señal de alegría frente a su amo.

Leía que “en los últimos años, una escena cotidiana se volvió cada vez más común en ciudades de todo el mundo: personas jóvenes que celebran el cumpleaños de su perro con torta, globos y fotos en redes sociales; que priorizan la salud emocional de sus mascotas con etólogos y paseadores; o que los consideran parte de la familia al punto de referirse a ellos como sus hijos. Lejos de ser una excentricidad aislada, esta práctica forma parte de una transformación más amplia: cada vez más personas deciden postergar —o directamente descartar— la maternidad o paternidad tradicional y vuelcan su afecto, cuidados y recursos en animales.”

Continúa diciendo este interesante artículo que “El fenómeno de los ‘perrihijos’ o los vínculos inter-especie, donde personas eligen criar o cuidar animales como perros o gatos con un nivel de implicación emocional, simbólica y económica equiparable a la parentalidad, puede pensarse como un emergente vincular y social que dice mucho sobre los lazos, los modos de ser y hacer familia y las transformaciones del deseo en la actualidad.[…] esta tendencia responde a “una combinación de diversos factores, pero por sobre todo a cambios culturales que incitan a un cuestionamiento de la familia tradicional”. En este nuevo esquema, se observa “una transformación en la manera en que se entiende la relacionalidad, en cuyo caso, el cuidado no viene de la mano de los vínculos humanos nativos o biológicos, sino de los elegidos”.

¿Somos conscientes de los efectos que acarreará la disminución poblacional, de continuar esta tendencia de “perrhijos”

Según las últimas estadísticas actualizadas al año 2025, en las grandes ciudades y entre las generaciones más jóvenes (millennials y Gen Z), la proporción de mascotas ya supera en gran medida a la de los niños.

En España, por ejemplo, la proporción general es de 1,6.  a 1 (hay 10 millones de perros frente a 6,4 millones de niños menores de 14 años); en CABA, Argentina, la proporción general es de 2 a 1. Se registran casi el doble de perros y gatos (aprox. 860.000) que niños (aprox. 460.000).

¿Qué razones y valores nos han llevado a decidirnos por adoptar mascotas en lugar de hijos? ¿Qué dificultades buscamos evitar en nuestras vidas al elegir mascotas en lugar de hijos? ¿Se esconden quizás temores detrás de esta corriente? 

Este nuevo modelo, ¿refleja una sociedad narcisista, que se centra más en el propio interés, goce individual y autosatisfacción, que huye de la complicación y desafío que implica concebir un hijo? ¿Estamos quizás construyendo un mundo cerrado en sí mismo, en el que sólo caben los intereses individuales, habiéndose evaporado el valor de la familia y su trascendencia?

Una familia tan reducida, ¿no implica quizás una dificultad para comunicarse y establecer una comunidad? Esta realidad, ¿no puede estar llevándonos a una implosión social y familiar? 

¿Tendrá esto que ver con la ausencia de Dios en el mundo y la pérdida del sentido vocacional para vivir en comunidad, buscando un destino compartido?

¿Qué responsabilidad tienen las generaciones anteriores y la mía propia para que se haya llegado a este nuevo modelo social?

¿Estamos yendo hacia un mundo que descree del orden natural, que encasilla exclusivamente las relaciones humanas como “construcciones socio-culturales” y por lo tanto todo es “construible” según las propias creencias y convicciones, poniendo así en duda la existencia de un orden natural?

Si la realidad y las instituciones son en definitiva una construcción socio-cultural, ¿por qué no sostener que los “perrhijos” forman parte de esta nueva construcción familiar, distinta a la tradicional?

¿Ha tenido influencia en la caída de los índices de natalidad la nueva estructura familiar que incluye a los “perrhijos”?

En Argentina hubo una marcada caída de la natalidad. Señala Jorge Liotti en el diario La Nación que nuestro país “…sufre una drástica caída en la tasa de natalidad, que se ha producido de un modo tan abrupto que no reconoce comparación a nivel global. Como si se tratara de un tsunami demográficoa partir de 2014 la cantidad de nacimientos se redujo en el orden del 40% a nivel nacional, aunque en la ciudad de Buenos Aires, que en muchos aspectos anticipa tendencias que después se amplifican, llegó a casi 50%, ya que los nacimientos pasaron de 1,8 hijos por pareja en 2015, a 1,1 diez años después. Es como si de pronto se hubiese impuesto una ley secreta que limita los embarazos a un hijo por pareja, al estilo chino. Para tener de referencia, la tasa de recambio natural de una población para mantenerse estable es de 2,1 hijos por grupo familiar.”

Me pregunto ¿hacia dónde nos conduce esta corriente social globalizada, que al mismo tiempo y de manera paradójica, se estremece de temor frente a las corrientes inmigratorias que invaden occidente, motivo por el cual ha decidido restringir severamente sus fronteras, desentendiéndose de los inmigrantes?

Asimismo, constato que las relaciones humanas son cada vez más “líquidas”, (al decir de Sigmund Bauman), efímeras, débiles y pasajeras. Y como consecuencia de esta ausencia de vínculos estables, se ha perdido el sentido y credibilidad en los compromisos duraderos. ¿Quizás sea consecuencia de la dificultad que tenemos en ir hasta lo más hondo de nuestro ser, nuestro inconsciente, lugar al que se accede muchas veces confrontándonos dolorosamente con nuestro propio ego y autosuficiencia?

¿Cómo se expresa esta nueva mentalidad en el mundo del trabajo?

¿Tendrá razón el filósofo coreano Byung-Chul Han, al afirmar que existe “un régimen del miedo, que hace que las personas se aíslen, al convertirlas en ‘empresarias de sí mismas’. La competencia indiscriminada y la presión para rendir cada vez más debilitan a la comunidad. El aislamiento narcisista genera soledad y miedo. También nuestra conducta está cada vez más marcada por el miedo: miedo a fracasar, miedo a no estar a la altura de lo que uno espera de sí mismo, miedo a no poder mantener el ritmo o miedo a quedarse descolgado.”

¿Existe quizás una cierta aversión a comprometernos en proyectos de riesgo a futuro o con cierto grado de incertidumbre, a aceptar un período de espera para alcanzar un resultado, a trabajar en equipo postergando el propio logro personal por un bien común superior?

¿Por qué nos resulta tan difícil alcanzar una integración de la vida laboral y personal? ¿Llevamos adelante un trabajo en el que sentimos que nuestra actividad está unida a la obra que realizamos?

¿No estamos yendo quizás hacia un sentido exageradamente individualista e inorgánico del trabajo (y probablemente de la vida), si el principal y quizás único fin que perseguimos, sea alcanzar cada uno un buen ingreso económico y el logro del mayor placer posible? 

¿Hemos perdido el sentido del trabajo en el que entregamos nuestro corazón a la tarea, para llevar adelante una actividad creadora que nos entusiasme?

¿Se despierta en nosotros el deseo de forjar y crear, o estamos siempre midiendo y calculando nuestra entrega, en función de una remuneración conveniente? 

¿No debiera ser consecuencia de un trabajo orgánico y creador, la gestación de frutos que le den sentido a nuestra vida? 

Tal vez hayamos colaborado de alguna manera para estar transitando un mundo que ha perdido la capacidad de vivir con asombro, entrega y alegría, en el que no encontramos la convicción suficiente para embarcarnos en proyectos que nos llamen a soñar y nos interpelen y desafíen.

Y quizás en el fondo hayamos perdido la visión de la esperanza, como “… un arcoíris desplegándose sobre el manantial de la vida que se precipita en vertiginosa cascada; un arcoíris cien veces engullido por el espumaje y otras tantas veces rehecho de nuevo, y que con tierna audacia despunta sobre el torrente, ahí donde su rugido es más salvaje y peligroso.”

Sobre el autor

Carlos Barrio

Abogado (UBA) con una extensa carrera en el sector legal de multinacionales. Coach Profesional (Certificación internacional en el Instituto de Estudios Integrales). Posee posgrados en Harvard y UBA.

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