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Escrito por Juan Luis Iramain
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Un estudio global sobre salud mental destaca que la Argentina está entre los países con vínculos familiares más sólidos: una ventaja a la que no le sacamos todavía todo su potencial.

Las malas lenguas dicen que un argentino aislado es una maravilla de la naturaleza, pero que cuando se junta con otros compatriotas, asoma el desastre. Ególatras, narcisistas, soberbios, vanidosos: genios en cualquier actividad individual e incapaces de entendernos unos con otros. Pero los hechos dicen otra cosa. Los mayores logros de este país fueron gestas colectivas: el proceso independentista, el dictado de la Constitución Nacional en 1953, la prosperidad y apertura al mundo de 1870 a 1930 y la vuelta a la democracia en 1983, sólo por mencionar algunos. Y sí, también las tres Copas del Mundo.

 

El tema viene a cuento porque nuestra fama de individualistas se contradice con lo que constatamos cada día: que la bebida nacional es el mate, que pasa de mano en mano y de boca en boca desafiando los consejos de los epidemiólogos. O que el asado —casi siempre de a muchos y organizado en un par de horas— es el pretexto más frecuente de reunión. O lo que sabemos ahora: que el informe Global Mind Health 2025 que elabora Sapiens Labs, dice que la Argentina está segunda, junto con Finlandia, en el ranking de solidez de sus vínculos familiares, muy por encima del promedio global. Sólo la República Dominicana nos gana.

 

Los resultados de este informe, producto de una encuesta a más de 200.000 personas en 80 países, permiten inferir algunos aspectos que no siempre son obvios para la política ni para el mundo empresarial:

  • Salud mental. La relación estadística entre solidez de los vínculos familiares y salud mental está más que probada. Los individuos con redes personales más fuertes son menos propensos a la depresión, los trastornos de ansiedad y las adicciones. El resultado: más calidad de vida, menos consumo de psicofármacos, más productividad en el trabajo. Todo a favor.
  • Vida real. Gregarios como somos, necesitamos de los demás. Donde hay vínculos familiares y de amistad sólidos, esa necesidad se canaliza de manera natural. Donde eso falta, el sustituto perfecto son las redes sociales, que están siempre ahí para ofrecernos su placebo de entretenimiento y aprobación. Más pantallas, más ansiedad.
  • Contraste. La familia no genera solo bienestar psicológico: también nos desafía. Los vínculos débiles no toleran el disenso; se rompen. Los sólidos son capaces de atravesar discusiones, desacuerdos, distanciamientos temporales, reconciliaciones. Expansiones y contracciones que generan músculo, flexibilidad, tolerancia. Crecimiento.
  • Solidaridad intergeneracional. Los vínculos familiares de impronta latina son, además, extendidos: primos, tíos, abuelos. Los mayores ayudan a criar a los recién nacidos, y los jóvenes protegen y asisten a los que, por edad o enfermedad, ya no pueden valerse por sí mismos. Aún con sus imperfecciones, este sistema tiene beneficios previsionales, económicos, logísticos, sanitarios y psicológicos obvios.

Vaca Muerta y su inmensa reserva de gas, la Cordillera de los Andes y su potencial minero, la Pampa casi infinita y su riqueza agropecuaria, el Litoral cruzado por enormes masas de agua dulce. Todo eso es cierto, pero el futuro de verdad está en la gente, que parece ser la mayor bendición que recibió esta tierra. Por eso, desde hace más de 200 años… “los libres del mundo responden, al gran pueblo argentino, salud”.

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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