La Resolución General 1115/2026 no impone un reporte de sostenibilidad obligatorio, pero hace algo más profundo: incorpora estos temas a la Memoria anual y abre una nueva etapa en la forma en que las empresas argentinas rinden cuentas ante el mercado.
Hay cambios normativos que pasan desapercibidos y otros que, sin hacer demasiado ruido, alteran la lógica de todo un sistema. La reciente Resolución General 1115/2026 de la Comisión Nacional de Valores (CNV) pertenece, sin duda, a este segundo grupo.
A primera vista, la norma podría leerse como una actualización más del régimen informativo periódico de las empresas que cotizan en bolsa. Pero su alcance es más amplio. No solo reorganiza plazos, documentos y contenidos: también ordena la lógica con la que las emisoras reportan información relevante al mercado. En un escenario donde muchas exigencias se habían ido acumulando de manera fragmentada, la resolución busca mayor claridad, homogeneidad y comparabilidad.
Ese reordenamiento no es menor. La resolución mantiene la presentación anual de la Memoria, los estados financieros y la reseña informativa, junto con las actas e informes de auditoría y fiscalización, pero establece con mayor precisión los plazos de presentación. Además, refuerza la dimensión de la gobernanza al exigir, como anexo separado de la Memoria, el reporte del Código de Gobierno Societario bajo la modalidad “aplica o explica”. En otras palabras, no solo importa qué resultados muestran las empresas, sino también cómo se gobiernan, cómo toman decisiones, cómo supervisan sus riesgos y qué mecanismos sostienen su transparencia.
Un cambio que va más allá de lo operativo
Sobre esa base aparece uno de los cambios más significativos: la sostenibilidad entra de manera explícita en la Memoria anual. La resolución exige que las empresas informen su política ambiental y de sostenibilidad, incluyendo indicadores clave de desempeño (KPIs), si cuentan con ellos. Y si no los tienen, deben explicar por qué.
Ese punto es especialmente relevante. La CNV no está imponiendo, al menos por ahora, un reporte de sostenibilidad separado ni un esquema contable distinto. Lo que hace es algo más sutil, pero también más profundo: incorpora estas cuestiones al lenguaje formal con el que las empresas se presentan ante el mercado. Es decir, la desplaza desde el terreno voluntario o reputacional hacia el núcleo de la información institucional.
La diferencia no es menor. La Memoria anual no es un documento cualquiera. Es el espacio donde el Directorio ofrece su visión sobre el negocio, el desempeño, los riesgos y las perspectivas de la organización. Cuando la sostenibilidad entra allí, deja de ser un anexo decorativo y pasa a formar parte del relato central de la empresa. En ese movimiento hay un cambio de fondo: se amplía la idea de qué información resulta relevante para entender cómo una organización genera valor y cómo sostienen ese valor en el tiempo.
La exigencia comenzará a aplicarse respecto del primer ejercicio económico completo posterior a la entrada en vigencia de la resolución —o posterior a la incorporación al régimen, en el caso de nuevas emisoras—, lo que otorga a las compañías un margen de adaptación, pero también fija un horizonte claro de cumplimiento. Al mismo tiempo, la regulación prevé ciertas exclusiones para emisoras PyME CNV, emisiones bajo regímenes especiales y algunos instrumentos específicos. Esa combinación entre exigencia y gradualidad muestra que la CNV intenta ampliar la información relevante sin desconocer la diversidad del universo emisor.
De la periferia voluntaria al núcleo de la información institucional
En Argentina, este paso tiene un peso particular porque la sostenibilidad corporativa se desarrolló durante años de manera desigual y en un terreno ambiguo. Algunas empresas avanzaron por convicción, por presión de inversores o por pertenecer a sectores más expuestos a esta agenda; otras no lo hicieron. El resultado fue una trayectoria heterogénea, con avances significativos en algunos casos y rezagos notorios en otros.
Esto no es solo una impresión. En una investigación que realizamos en la Pontificia Universidad Católica Argentina y que fue publicada en Escritos Contables y de Administración[1], sobre la evolución de los reportes de sostenibilidad en empresas cotizantes argentinas entre 2004 y 2021, observamos una divulgación limitada y fragmentada, muy dependiente de compromisos voluntarios institucionalizados y con diferencias significativas entre sectores. Algunos rubros —como el financiero o el energético— avanzaron más rápidamente; otros quedaron bastante más rezagados. Por eso, esta resolución no aparece en el vacío: llega en un contexto en el que la sostenibilidad ya había ganado terreno, pero todavía no terminaba de integrarse de manera estable al lenguaje institucional obligatorio del mercado.
Una señal que dialoga con el mundo
Tampoco es un hecho aislado, dialoga con una tendencia internacional más amplia. Durante mucho tiempo, el desempeño empresario fue leído casi exclusivamente en términos financieros. Hoy esa mirada resulta insuficiente. Inversores, reguladores y sociedad preguntan no solo cuánto gana una empresa, sino también cómo genera esa rentabilidad, qué riesgos pueden comprometerla y qué impactos produce en su entorno. De allí el crecimiento de marcos y estándares que buscan integrar estrategia, riesgos, desempleo y sostenibilidad en una misma lógica de información corporativa. Desde los lineamientos del GRI hasta los recientes desarrollos del ISSB (IFRS S1 y S2), el mensaje es claro: la información corporativa ya no puede fragmentarse.
En Argentina, el proceso ha sido más gradual, pero la dirección parece similar. En ese sentido, la resolución de la CNV dialoga con otras transformaciones recientes del campo profesional, como la aprobación de la RT 60 por parte de la FACPCE. Aunque se mueven en planos distintos y con alcances diferentes, ambas expresan una convicción convergente: la información corporativa relevante ya no puede quedar limitada a una visión exclusivamente financiera.
El desafío: evitar el cumplimiento vacío
Ahora bien, ninguna norma garantiza por sí sola un cambio profundo. Y allí aparece uno de los desafíos más importantes. El riesgo no es solamente que algunas empresas no cumplan, sino que cumplan sin transformar nada. Que la sostenibilidad se convierta en un párrafo estándar dentro de la Memoria anual, redactado para satisfacer una exigencia formal, pero sin impacto real en la en la estrategia, en la gestión ni en la toma de decisiones.
Por eso, el desafío de fondo es cultural. Una empresa puede informar porque la norma lo pide o puede aprovechar esa exigencia para revisar qué mide, qué prioriza y cómo rinde cuentas. Allí es donde el gobierno corporativo vuelve a ser central. La calidad de la información no depende solo de una obligación regulatoria, sino de la seriedad con la que la organización asume su responsabilidad frente al mercado y frente a la sociedad.
Hacia una mirada más humana e integral de la empresa
Pero este cambio también puede leerse como parte de una trayectoria más larga. En nuestro país, distintos contadores, docentes e investigadores han sostenido durante décadas la necesidad de una contabilidad más amplia, capaz de ir más allá del dato estrictamente financiero para dar cuenta también de los impactos sociales, ambientales e institucionales de la actividad empresarial. En esa tradición se inscriben, entre otros, los aportes de profesores eméritos de la Universidad de Buenos Aires como Carlos Luis García Casella y Luisa Fronti de García, cuyas contribuciones ayudaron a pensar la contabilidad no solo como una técnica de registro patrimonial, sino también como una ciencia social capaz de generar y comunicar información orientada a comprender de manera más integral la realidad económica, social y ambiental de las organizaciones, así como de su responsabilidad frente a la sociedad.
En ese sentido, la resolución de la CNV no aparece como un hecho aislado, sino como un paso más dentro de un camino que muchos académicos y profesionales contables vienen impulsando desde hace tiempo: el de una rendición de cuentas más completa, más significativa y más conectada con los desafíos contemporáneos.
En este punto, la resolución también invita a recuperar una idea muy presente en el legado de Enrique Shaw: que la empresa no se define únicamente por sus resultados económicos, sino también por la responsabilidad con la que actúa frente a las personas y la sociedad. Desde esa mirada, la transparencia deja de ser una exigencia fría para convertirse en una expresión concreta de responsabilidad empresarial.
Un proceso que recién empieza
La RG 1115/2026 no cierra un proceso: lo abre. No impone todavía un modelo único ni resuelve por sí sola todos los problemas de calidad de la información, pero sí marca una dirección. Y esa dirección es clara: la sostenibilidad comienza a integrarse al lenguaje central con el que las empresas argentinas se explican ante el mercado.
Tal vez ahí resida su novedad más importante. No solo en la letra de la norma, sino en el cambio cultural que pone en marcha. Porque cuando un tema entra en la Memoria anual, entra también en el espacio donde una empresa define qué considera relevante decir de sí misma. Y cuando eso ocurre, ya no estamos ante un gesto accesorio, sino ante una nueva forma de entender qué significa rendir cuentas. Como todo cambio profundo, llevará tiempo. Pero el primer paso ya está dado.
[1]Panario Centeno, M. M., & Macció, J. M. (2024). Reportes de sostenibilidad: evolución y tendencia en el mercado de capitales argentino. Escritos Contables Y De Administración, 15(2), 103–134. https://doi.org/10.52292/j.eca.2024.4620- https://revistas.uns.edu.ar/eca/article/view/4620
