Aporto algunas reflexiones que no se centran propiamente en el contenido, en aquello que sostienen tales y cuales ideologías. Lejos estoy de ubicarme en posición de debatir acerca de la ideología en sí, su historia, desarrollo o su sentido. Me remito, más bien, al plano de la actitud, del modo; incluso a mi propia dificultad y limitación en relación a esto.
En ese plano, y si pudiera hablarse de algo así como la “personalidad ideológica”, diría que una característica destacada es su falta de predisposición y de ánimo para abrirse, con serenidad, a otras posibles interpretaciones de los acontecimientos; para dar lugar a los matices de la realidad, sin quedar atrapada en la lógica de los extremos.
También señalaría, como algo característico, que busca anular toda voz o mirada disonante con su propia versión, lanzando juicios implacables y hasta denigratorios.
A mi entender, sobresale su intimidadora actitud de posicionarse como superior a cualquier otra manera de comprender los sucesos, y presumir de su potencial transformador sobre lo que, considera, ha de ser liberado. En este sentido, aparece, generalmente, el hábito de adjudicarse –con perfil de lucha y protesta– la representación de otros, para defenderlos, aunque muchos de esos otros no se sientan representados, ya sea en el contenido, ya sea en la modalidad confrontativa asumida.
Diría que otras notas predominantes son la queja, el reclamo y la resistencia ruidosa; todas ellas muy nutridas –y nutritivas– de relatos cargados de una constante crítica para marcar lo malo que hace “el opuesto”.
Si pienso en personas que están clavadas en una ideología, encuentro muchos de estos rasgos comunes mencionados. Depende el grado de identificación con esta, la intensidad de tales rasgos.
Sin desconocer que esto suceda con adhesiones de otras índoles, me parece muy notorio que cuando una persona está plantada en una ideología, eso impregna su modo de mirar, de hacer, de comunicarse en el más amplio sentido. Pareciera que hay que meterlo todo (o queda todo metido) en un molde, incluso a costa de reducir, recortar, cualquier otra mirada u horizonte que también le atrajera a esa persona, pero que no cuadrase totalmente con tal o cual ideología.
Esa persona deja traslucir un mecanismo de ver afuera de sí todo lo que hay que corregir, con muy escaso margen para la autocrítica. No es raro que caiga en faltas de respeto hacia quien piense o actúe distinto, sumando ocasionalmente toques de ironía y sarcasmo. La hostilidad puede llevarse un alto porcentaje de su energía vital. El crecer en una cierta “habilidad del opositor” se da, muchas veces, a costa del debilitamiento de las posibilidades de encontrar lo bueno que pueda haber dentro del conjunto de lo que combate.
Es también propio del modo ideológico reducir la realidad a extremos opuestos enfrentados, de imposible acercamiento. Esa es su gran clave de lectura e intervención.
Suele ser bastante evidente que todo aquello que no encaja en su visión o esquemas pasa a ser tildado de perverso u otros calificativos del estilo. Si bien, por supuesto, hay decisiones, orientaciones o sucesos que podrían situarse en el extremo de lo perverso, no dejaría de señalar esta tendencia a englobar y anular los matices, el radicalizarse sin dejar espacio para descubrir aspectos positivos que podrían perderse tras esa reducción.
Efectivamente, hay formas de pensar y actuar que están y se mantendrán en polos opuestos. Creo, sin embargo, que esto no debería impedir la búsqueda de superar dualismos forzados o esas interminables dialécticas que paralizan las construcciones dialógicas.
En lo personal, intento traspasar el rechazo inicial que el rasgo de hostilidad del modo ideológico me provoca, para acceder a un conocimiento mayor del otro y sus fundamentos. Me encuentro aquí con mis propias dificultades y límites, especialmente al intentar dialogar con personas muy marcadas por ese rasgo. Puedo reconocer que esas dificultades no tienen que ver con los diversos modos de pensar, de sentir, o las distintas creencias y opiniones. Lo que me cuesta es la densidad que se interpone cuando una posición empieza a tomar notas de ideologización. Pareciera que le estuvieran exigiendo a uno ver como ven, o hasta vivir como viven. No es que sea así explicitado, pero de esa manera lo siento; como si fuera quedando en un imposible lanzarse a una búsqueda conjunta desde la expresión serena de lo que cada uno trae: razones, motivos o propuestas. Al filo de la división de todo en extremos enfrentados, voy experimentando que se debilita, hasta rendirse, la posibilidad del intercambio basado en el mutuo respeto.
Asocio el modo ideológico con conceptos como desproporción, desequilibrio, caricatura o el sufijo –itis, que significa inflamación.
La analogía con las caricaturas la señalo, sobre todo, en el sentido de su exaltación de ciertos rasgos y la desaparición o reducción de otros. En la caricatura sobresale el exceso, la distorsión de las proporciones reales y no la armonía. Hay una exageración que prima sobre los posibles matices.
Finalmente, me surge poner de relieve lo dañino que resulta combinar pensamientos, expresiones –o actos en general– con los excesos y el fanatismo. No parece algo tan difícil de constatar que, a más alto grado de estos, devienen peores consecuencias. Nadie tiene el monopolio de dicha combinación y para todos es positivo tratar de despojarse de ella, en orden a la propia salud y una sana convivencia.
* Este artículo está basado en el capítulo 5 del libro Dejar que la realidad nos enseñe. Viviana Endelman Zapata, 2026.
