Las últimas palabras que compartí con ustedes en este espacio se centraron en una de las dos imágenes bíblicas que el Papa León XIV utiliza en la encíclica “Magnifica humanitas” para ayudarnos a reflexionar sobre este tiempo de inteligencia artificial. Me detuve, entonces, en la primera de esas imágenes, la que se refiere a la historia de la Torre de Babel. Con ella se nos hace una advertencia: si nos permitimos actitudes que nos deshumanizan y nos hacen injustos, los muchos esfuerzos que hacemos como sociedad solo podrán culminar en situaciones de confusión, individualismo e indiferencia, y nunca alcanzaremos el bienestar que deseamos. Babel es una imagen que denuncia las tentaciones a las que estamos expuestos y en cuya caída podríamos destruir las maravillosas posibilidades que hoy se nos brindan.
En esta ocasión quiero detenerme en la otra imagen que usa León XIV en su encíclica. Es la de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en tiempo de Nehemías, tal como la refiere los primeros 6 capítulos de ese libro. Si la imagen de Babel era un llamado a considerar el peligro de equivocar el camino, esta segunda imagen quiere animarnos a asumir las decisiones correctas para dar a nuestro tiempo la forma que nos haga madurar hacia un mundo donde primen la dignidad de cada persona humana, la justicia y la fraternidad. Más allá de la referencia central a la inteligencia artificial, creo que la invitación que se nos hace puede servirnos para reordenar nuestras prioridades y el sentido profundo de todo lo que hacemos, aplicándolo en particular a nuestra vida empresaria.
La situación en la que nos introduce la historia de Nehemías se produjo en el año 445 antes de Cristo. Para comprenderla necesitamos algunos datos históricos. Ya en el 586 antes de Cristo, 140 años antes, Jerusalén había sido arrasada por Nabucodonosor y su ejército babilónico. Unos 50 años más tarde de ese hecho, cuando ese imperio fue sometido por los persas, Ciro permitió a los judíos el regreso del destierro. Y casi 20 años después de esto, Zorobabel pudo reconstruir el templo. Pero de esto ya habían pasado 70 años y las murallas nunca habían sido reconstruidas. La ciudad permanecía como una aldea abierta y esto no era algo menor.
En esa época, la muralla de las ciudades no era una mera decoración. No tener murallas implicaba ser vulnerables tanto en lo militar como en lo económico. Por esto, aunque Jerusalén fuera espaciosa, la ciudad estaba poco poblada. Las bandas enemigas podían entrar cuando querían, robar las cosechas, incendiar, matar. Sin murallas no había un lugar seguro y la gente tenía que huir, no se instalaba allí porque era peligroso. Por otra parte, la carencia de muralla, producía un enorme perjuicio legal. Solo una ciudad amurallada podía tener autonomía judicial, mercado, archivo. El privarla de todo esto, se había impedido toda autonomía y el que volviera a ser una capital importante. El motivo de los persas era evitar cualquier rebelión posible. Pero para el pueblo de Israel era un motivo de gran vergüenza y deshonor.
Podemos preguntarnos cuáles son las murallas a reconstruir en nuestro presente. Creo que son las que han de permitirnos custodiar la dignidad del ser humano, las que hacen al respeto y la búsqueda del bienestar y el desarrollo de todas y cada una de las personas. Vale la pena detenernos en nuestro propio espacio laboral y pensar en cuales son las defensas que construimos o debiéramos construir para hacer posible que no haya marginación, que a nadie se desvalorice, que nadie sea maltratado. ¿Qué podemos hacer para evitar que motivaciones extrañas a nuestra fe o secundarias nos roben lo más valioso del sentido cristiano primero de nuestra noble vocación empresaria?
Pero todavía había algo más profundamente doloroso para el pueblo de Israel. Hay que considerar para comprenderlo, el contexto y el pensamiento religioso de esta época. Todo pueblo tenía la necesidad urgente de sostener la propia identidad y sobrevivir a los ataques de sus enemigos. Esto los llevaba a no querer mezclarse con quienes fueran diferentes. Llevado al plano religioso de esa concepción, para que Jerusalén fuera santa, tenía que estar separada de todo lo que pudiera contaminarla, permanecer en la pureza y alejar todo lo impuro. Y esto era imposible sin muralla. El Templo no terminaba de ser santo en un lugar donde no todos cuidaban la pureza ni respetaban el sábado.
Más allá de que hoy entendemos que la diversidad del otro puede ser una riqueza para mí, también podemos comprender que dar todo por válido y aceptable nos puede alejar de los caminos que Dios nos propone. El respeto y la valoración de lo diferente no debe confundirse con una pérdida de nuestra fe y nuestros valores, que nos hace caer en la confusión y desvalorización de las certezas que Jesús nos regala. La necesidad de la muralla en sentido religioso nos deja la invitación a afirmarnos en las certezas que nos regala nuestra fe y aprender a diferenciarnos de quienes no las viven ni quieren vivir. Asumir, sin soberbia, que tenemos algo bueno, algo mejor, no por nosotros mismos sino como un don que nos fue regalado. Y que debemos custodiarlo sin permitir que un contexto adverso nos haga desistir en nuestra fidelidad.
El relato de lo sucedido comienza cuando Nehemías, un exiliado judío que ocupa un puesto importante en la corte de Artajerjes, rey de Persia, se entera por su hermano y otros compatriotas que los judíos soportan penurias y humillaciones, que las murallas de Jerusalén están en ruinas y sus puertas han sido incendiadas. Allí se iniciará su acción transformadora. León XIV nos propone mirar su historia como un ejemplo de los pasos que estamos llamados a dar y que son la propuesta que el Señor nos hace. En esta ocasión solo me detendré en cómo se inicia.
La primera reacción de Nehemías ante la noticia es el llanto y un duelo de varios días que realiza ayunando y orando. Es sensible al dolor de los hermanos, sale de su comodidad y se deja tocar por sus padecimientos. De alguna manera, los asume como propios. ¡Qué fuerte es la invitación que se nos hace a cada uno de nosotros para que consideremos qué nos pasa ante el dolor de personas, familias, sectores enteros de nuestra sociedad que están mal y sufren! ¿Nos conmueve? ¿Nos importa? ¿Se puede justificar que mientras yo estoy relativamente bien otros sean los que tengan que pagar el costo social de un ajuste necesario, pero por momentos inequitativo en su distribución? Motivado en ese dolor Nehemías realiza un ayuno, que expresa su querer asumir el pecado cometido contra Dios y contra los hermanos, a modo personal y social. Luego, la oración se hace pedido por ellos. Un pedido que terminará involucrando toda su vida y llevándolo a tomar el riesgo de hacer, a partir de su tristeza, una valiente petición al rey: la de ausentarse de su servicio en la corte y dedicarse a dar una solución a lo que sucede.
Aquí me detengo, aunque la propuesta de esta imagen guarda aún mucho para regalarnos. Pido al Señor que nos permita reconocer las murallas que debemos construir en nuestro tiempo. No son murallas que nos encierren en nuestra soberbia y logros, sino las que nos aseguran poder ser fieles a nuestra identidad, vivir en Alianza con Dios, buscar el bien de nuestros hermanos, y hacer de nuestro espacio de trabajo un ámbito consagrado al Señor y sus caminos.
Que Dios los bendiga y les conceda reconstruir todo lo bueno que les haga falta.
