La selección argentina de fútbol está por disputar la final del mundial. Es la segunda consecutiva luego de varios triunfos y éxitos. Sin embargo, era considerada como la que menos posibilidades tenía de coronarse ante las diferentes potencias del deporte. Este pronóstico se apoyaba en todos los indicadores numéricos referidos a la eficiencia individual de los integrantes de los diversos equipos. Lo “único” que se le rescata al equipo argentino, por sobre las demás potencias, es su pasión y su espíritu de equipo.
En el mundo del fútbol y en las entrevistas a diversos jugadores al abordar la dirección del equipo por Lionel Scaloni, todos destacan que la táctica y la estrategia están subordinadas al clima del grupo. Su dirección es personal a través de un vínculo especial e individual con cada uno de sus jugadores. Su estrategia está subordinada (incluyendo la incorporación de jugadores con mejores “KPI”) a la cohesión del equipo.
Esta forma de liderazgo, que ha logrado lo que nadie en la historia nacional de este deporte, comparte los principios sobre los que Enrique Shaw asentaba su gestión. Sus propósitos de dirección, escritos en sus notas personales, muestran el mismo camino en la empresa.
“Por cada veinte minutos de oír, cinco minutos de hablar. Y entonces conversar, no discutir”, anotaba. También se proponía: “En la fábrica, voy a escuchar, no a pontificar”; “no ir al grano”; “ser simpático aun con quienes no esté de acuerdo”.
La expresión “no ir al
grano” puede parecer extraña en una cultura empresarial que valora la velocidad, la síntesis y la capacidad de ir directamente al punto. Sin embargo, Enrique propone que, antes que el problema, está la persona. Quien va demasiado rápido al asunto puede terminar pasando por encima de aquel que tiene
delante. Y eso, a la larga y además de la consideración ética, traerá peores resultados.
No toda conversación es una reunión operativa. A veces, antes de formular una solución, hay que comprender un temor, una frustración, una necesidad o una expectativa que todavía no pudo ser expresada. El dirigente que sólo escucha datos termina gobernando una realidad empobrecida.
Aristóteles llamaba phronesis a la prudencia práctica. El prudente no aplica una receta idéntica a todos los casos. Mira las circunstancias, conoce a las personas y descubre qué medio resulta adecuado para alcanzar el bien buscado. El fin es común, pero el modo de convocar a cada uno no necesariamente lo es.
Por eso, adaptar el mensaje al equipo puede parecer un camino más largo, menos directo, pero implica reconocer que las personas no reciben, procesan ni responden del mismo modo. La prudencia conserva el fin, pero adecua los medios a la realidad concreta de aquel que tiene delante.
Las lecturas de este domingo nos traen el mismo mensaje. El libro de la sabiduría nos recuerda que “el justo debe ser humano” mientras que la parábola del trigo y la cizaña advierte contra el juicio precipitado. Al querer arrancar inmediatamente la cizaña podemos terminar dañando también el trigo que todavía está creciendo.
Ese fue, también, el liderazgo de Cristo. No eligió a los grandes jugadores de las grandes ligas de la época. Convocó a cada cual desde su oficio. Y a cada uno a hacer lo mismo que hacía pero para el Reino.
Tal vez allí se encuentre la raíz más profunda de esta forma de liderazgo. La estrategia puede diseñarse en una pizarra y los resultados pueden medirse en indicadores. Pero ambos sólo se vuelven realidad a través de personas que necesitan ser conocidas, escuchadas y convocadas.
Enrique lo resumía en una oración: “Señor, dame un corazón que escuche”. Porque antes de dirigir hay que comprender, y antes de comprender hay que escuchar. El buen líder no renuncia a la estrategia sino que aprende a hacer pasar la estrategia por el corazón de cada persona de su equipo.
