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Ética de país: una ventaja comparativa (Parte 1/2)

La corrupción genera una mirada “masiva” del resto del mundo sobre todos los argentinos, impidiendo la diferenciación y el crecimiento. Para un crecimiento económico tenemos dos grandes desafíos: exportar y diferenciarnos.

Todo negocio se basa en la confianza mutua de comprador y vendedor. La confianza, la ética en los negocios, para un país de América Latina, es un atributo diferenciador, y si ese atributo se mantiene en el tiempo y sufre un proceso de estandarización social, se torna una “ventaja comparativa”.

Una ventaja comparativa es parte de la Estrategia de País, es un atributo diferenciador del país. Porter considera que la competitividad de un país depende de su capacidad de innovar y mejorar. El desarrollo económico de un país es necesario, pero no suficiente para su actuación en mercados internacionales: la Ética de un país es un atributo, del cual ningún país puede prescindir.

El “default ético” ocurrido en Argentina debe llamar a la participación más activa. ¿Entonces, cuál es nuestro rol frente a esta situación?

En nuestro ambiente dirigencial deberíamos comenzar por establecer los valores con los cuales nos desarrollaremos, creando la confianza necesaria para poder instaurar el ambiente de crecimiento, conocimiento, trabajo, relaciones, desarrollo humano y financiero necesarios para llegar a ese objetivo que nos hemos fijado.

A nivel país el proyecto es abarcativo y subyace en él la búsqueda de logros basados en el bien común. Por ello, y como célula de gestación del cambio ético en Argentina, analizamos la ética y lógica dirigencial que subyacen ante toda puesta en marcha de todo proyecto o nuevo ciclo.

Ética y lógica dirigencial

El fin de toda política dirigencial es la satisfacción de deseos y necesidades humanas a través de la puesta en marcha de una economía de desarrollo. Es virtuoso que el país alcance el desarrollo eficaz de dicha economía, promocionando los valores de libertad, igualdad y solidaridad. Poner en marcha un proyecto país exige reunir el capital político necesario. El dirigente, como todo hombre, es él y sus circunstancias, y debe tener enorme fortaleza de carácter para enfrentar cada situación adversa o favorable. Es en este sentido en el que la ética del dirigente tiene por valores irrenunciables la calidad en la gestión, el mutuo respeto en las relaciones, explotando al máximo las propias capacidades de modo que el conjunto pueda beneficiarse de ellas.

Los valores de libertad, igualdad y solidaridad, componen el caudal de la ética cívica en las sociedades con democracia liberal, sin olvidar que la Ética Nacional es la suma algebraica de las éticas individuales (ponderada, al poder de decisión de cada ciudadano y a la causa-efecto de dicha decisión).

Todo proyecto surge desde la racionalidad y es animado por un conjunto de actitudes y comportamientos morales sin los cuales ningún desarrollo colectivo como un país es posible.

Aplicar la lógica dirigencial es una condición necesaria pero no suficiente, para un país tener ventajas comparativas económicas, lo es de la misma forma, necesaria pero no suficiente.

Todo dirigente moral debería examinar si sus opciones económicas se integran en su escala de valores, o si por el contrario se guían por el excluyente criterio de la maximización económica.

Aquí se impone una pregunta: ¿con qué espíritu haremos el análisis? ¿Evitar el mal? ¿O perseguir el bien?

En la ética contemporánea encontramos dos líneas de pensamiento que tienen diferencias significativas. La primera con foco de atención en lo que se hace. La decisión es examinada fundamentalmente en relación con la ley, tanto positiva como moral, si es contraria o no a la misma. La segunda línea de pensamiento está centrada en la virtud.

El foco de atención es lo que se es como persona, y las personas somos nuestro País. Si el hombre no desea hacer el bien, y sólo está preocupado por evitar el mal, es probable que su enfoque moral termine confundiéndose con el derecho positivo: lo que no está prohibido está permitido.

Según Aristóteles, el bien del hombre sólo consistirá en la “obra” que es propia de él. Desde Kant, uno de los deberes del hombre es la felicidad ajena, y por lo tanto la felicidad de todos. Tanto la “obra propia” como la “felicidad de todos” son el bien de un país.

Aristóteles señala el “justo medio” ante las distintas dicotomías que le surgen al hombre en dichas circunstancias, para las decisiones éticas se impone la prudencia.

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Sobre el autor

Eduardo P. Reilly Grant

Eduardo P. Reilly Grant

Licenciado en Comercialización (U. Morón).Estudios de posgrados en Negocios (UCA, MBS, IAE). Fue docente en la Universidad de Morón y UTN.

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