Carta del Director

La Educación Sexual Integral, entre acuerdos y el totalitarismo

El debate sobre el aborto no se ha agotado. Como dije en una carta anterior, rechazada la ley que pretendía legitimarlo, comenzó “el día después” y quienes defendemos la vida desde la concepción deberíamos estar atentos a los temas que se instalan en los medios donde algunos sectores pretenden utilizarlos como “caballo de Troya” a fin de introducir concepciones cuyo objetivo final no solo es legalizar el aborto sino intentar imponer el concepto de “género” como una invocación a la supuesta “libertad” que el hombre tendría, incluso para violar la naturaleza.

Uno de los más sensibles es el de la educación sexual. Digo que es sensible porque al plantearlo como un contenido obligatorio en los programas de estudio, muchas veces se busca descalificar a toda persona o sector que pretenda introducir matices o limitaciones a las propuestas realizadas por los sectores que se autocalifican como “progresistas”.

Considero que en general existe acuerdo sobre la necesidad de impartir educación sexual. El mundo ha cambiado y aún cuando seamos férreos defensores de nuestros valores, esa defensa debe estar encuadrada en el respeto por el pluralismo y la diversidad actual. Como dijo San Pablo “pues aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo” (2 Corintios 10).

Para los cristianos no cabe duda que el principal fundamento de una sólida educación sexual  es el amor, porque el acto sexual es la manifestación carnal del amor entre el hombre y la mujer. Así lo sostiene la Iglesia desde siempre y, con mayor énfasis luego de la encíclica “Humanae Vitae” de Paulo VI. El Estado no debe excluir este aspecto en sus políticas como una opción válida en la orientación de la enseñanza dirigida a las autoridades de colegios y a los docentes que deban impartir las materias con contenidos de educación sexual.

A la vez, no podemos ignorar que en una sociedad pluralista pueden existir concepciones diversas con una orientación materialista que ponen el enfoque más en el instinto y el apetito sexual considerándola  una realidad divorciada del amor. Considero (y creo que lo que diré no contradice mis valores) que la educación sexual debe incluir conocimientos sobre métodos anticonceptivos no abortivos como una opción posible para evitar aquello que se quiere evitar: el embarazo no querido. Especialmente respecto de aquellos jóvenes que, a mi juicio erróneamente, no ven al amor como la base y el límite de su conducta sexual.

Con la excusa de la Educación Sexual Integral (ESI), se pretende legitimar una idea que, a mi juicio, es peligrosa y puede llevar a concepciones totalitarias. Me refiero a la intervención del Estado en la educación imponiendo criterios discutibles como obligatorios aun en establecimientos privados. En materia de educación, el fin del Estado es promoverla estableciendo contenidos mínimos pero no es lícito que pretenda educar de acuerdo a las ideas o creencias de quienes ejercen el poder.

En definitiva, respecto de una materia tan intima como la educación sexual, el principio que debe respetarse a rajatabla es el de la libertad de los padres para elegir los valores que consideran adecuados para sus hijos. A su vez, en los establecimientos públicos, respetar también la libertad de los docentes y directivos y elaborar estándares que permitan impartir conocimientos sobre métodos anticonceptivos no abortivos. Debería educarse a los adolescentes en la sexualidad y sus consecuencias, para que elijan libremente su camino y sepan afrontar la responsabilidad de este nuevo mundo que se despierta en sus cuerpos y en sus almas.

Sobre el autor

Director Portal Empresa

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Director de Portal Empresa, la revista digital de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

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