A Debate

Leyes para un orden económico justo, eficiente y estable (Parte I)

Antonio Margariti
Escrito por Antonio Margariti

«Existe ciertamente una verdadera ley: “la recta razón”, 

conforme a la naturaleza, extendida a todos, inmutable, eterna, 

que llama a cumplir con la propia obligación y aparta el mal que prohíbe.  

Esta ley no puede ser contradicha, ni derogada en parte, ni del todo»

(Marco Tulio Cicerón, “De República, 3, 22, 33”)

Cuadro de situación

Como consecuencia del prolongado desorden económico y de una desmesurada cuarentena, Argentina está en una encrucijada de caminos. Uno nos conducirá a renacer con toda fuerza y energía. El otro nos llevará al más desolado ocaso de nuestra historia.  

Así como estamos, no podemos seguir ni un minuto más. No sólo padecemos de falta de soluciones, sino de sentido común, de indiferencia frente a la realidad y de honradez. 

Si quienes nos gobiernan deciden mantener el presente despilfarro de los pocos recursos que tenemos, caeremos en un precipicio del que no podremos salir jamás. Lo único que se les ocurre es proponer medidas para redistribuir la renta generada por los que trabajan. Y, claro, las cuentas no salen, porque el problema no es de cuánto dinero dan a los pobres, sino de la enormidad con que la casta gobernante se queda para sí misma.  

Necesitamos de alguien que exponga ideas lógicas y con sentido de realidad: ¿dónde estamos y por qué?, ¿qué necesita la sociedad?, ¿qué obstáculos nos paralizan?, ¿cómo superamos las barreras mentales? y algo muy importante ¿cómo superar un Estado de derecho que sanciona y se subordina al cumplimiento de leyes injustas y expoliadoras?

Los argentinos nos enfrentamos hoy con escasez de medios, pérdida de confianza y una mentalidad ideológica que nos convierte en país inviable. La supervivencia se logra con virtudes que carecemos: 1° la austeridad en la gestión del Estado y 2° la limitación de las apetencias políticas. Por eso, el derroche de dinero arrebatado al pueblo para incurrir en gastos públicos, excesivos e innecesarios, es hoy un acto criminal por parte del Gobierno. Sin embargo, no todo es culpa es de los políticos. Muchos ciudadanos, con poca inteligencia, pero pletóricos de avivadas y proclives a los cantos de sirena, esperan el pan y circo de los políticos. Hasta tal punto que, si no se los ofrecen, eligen otros candidatos en su lugar. Por eso tenemos tantos políticos dispuestos a ofrecer limosnas y prebendas. No hay dudas que, para alcanzar el poder, no se avergüenzan por prometer la falacia de vivir por encima de las posibilidades.

Es mucho más lindo y recoge más votos ofrecer una vida en Jauja que rechazar la demagogia especialmente si ocultan el inexorable coste de las dádivas, que no es otro que el empobrecimiento generalizado.

Cuando los ciudadanos no piensan críticamente y aceptan las promesas de vivir a costa de los demás, terminan soportando el costo de sus propias ilusiones. Pero, como dice un conocido psiquiatra, el pueblo es emocional y los políticos no responden con promesas racionales sino emocionales. Esta es la razón de que la insensatez de los políticos sea el resultado del desvarío de electores emocionales. 

Pero la realidad es muy dura y tozuda. Por lo tanto, no se puede cambiar con mentiras idílicas ni promesas bucólicas. De una vez por todas, los argentinos debemos entender que es imposible de toda imposibilidad prometer más a algunos sin quitárselo a otros.  

La ley de la escasez: selección y limitación

Cuando los comercios  bajan las cortinas porque no pueden financiarse;  cuando las industrias cierran porque están saqueadas con impuestos y abrochadas por regulaciones; cuando nadie se anima a abrir una nueva empresa ni contratar personal;  cuando ninguno  se propone producir porque termina fundiéndose; cuando no se  ahorra en pesos porque se evapora  el valor del dinero;  entonces  es humanamente imposible que el Gobierno  pretenda aumentar el consumo actual sin condenarnos a carecer de todo mañana. Todos, pueblo y políticos, estamos inmersos en la inexorable ley de la escasez:  escasez de bienes, escasez de tiempo, escasez de energía y…. escasez de honestidad. 

La escasez es uno de los hechos más duros e inexorables en la vida terrenal de los seres humanos.  Es una condición natural que sólo se resuelve con la razón: 1° seleccionando las necesidades a cubrir según su jerarquía, urgencia e importancia y 2° limitando el grado de satisfacción de acuerdo con los recursos disponibles. 

Si los políticos y el pueblo no aceptan este hecho de la realidad, van a dinamitar las bases de su prosperidad y libertad. Se encaminarán a ciegas hacia la miseria global, gobernados por la barbarie de la tiranía, sin pan, sin comida, sin medicamentos, sin servicios esenciales y… sin libertad ni justicia. 

En otros tiempos la prosperidad y la libertad vigentes en Argentina fueron la envidia del mundo y el imán que atrajo a nuestros antepasados a las tierras del Plata. Nosotros descendemos de esos inmigrantes.  Pero a pesar de los   privilegios que Dios y la naturaleza nos obsequiaron, un día comenzamos a declinar en el tablero mundial. A partir de cierta fecha, adoptamos con entusiasmo todas las ideas equivocadas que andaban circulando por el mundo, creímos que el jolgorio de la repartija y la fiesta de la holganza eran una condición eterna: ¡estábamos condenados al éxito!  

Por eso comenzamos a suplir el esfuerzo individual y los incentivos al trabajo por la dádiva del “Estado-benefactor” que ocuparía el lugar de la Divina Providencia en la tierra.  Dejamos de cuidarnos a nosotros mismos y dejamos de ser responsables de nuestros actos. Reclamamos un “Estado-que-nos-cuide”, dispensador de subsidios, dador de planes y fuente inagotable de ayudas gratuitas como el maná caído del cielo. Intentamos repartir lo que nadie ha producido y consumimos todo el capital acumulado. Terminamos pobres.   

Por suerte o desgracia, fuimos bendecidos con abundantes recursos naturales:  la agricultura, las tierras fértiles, el clima templado, los ríos y acuíferos y los minerales, de donde extraemos los medios para subsistir. Pero, al mismo tiempo, multiplicamos las restricciones, los reglamentos, los protocoles y los controles. 

Una vez sancionados esos instrumentos dañinos, comenzamos a consumir los bienes y servicios que muy pocos producían en el sector privado.  Pronto, las grandes mayorías populares, que cobran todos los meses del gobierno, empezaron a creer que esa legislación, convertida en máquina de impedir, debía acentuarse para garantizar “derechos adquiridos” que les asegurarían abundancia sin trabajo ni méritos. 

El único avance de los últimos cuatro años fue transformar los profusos expedientes en papel oficio de 25 líneas con carátula de cartulina, por intrincados aplicativos de Internet, bajando las apps usando el correo electrónico o conexión a wifi y registrando el nombre del usuario con clave identificadora. Pero todo siguió igual o peor.  

La idea fundacional de los padres de la patria: San Martín, Belgrano, Moreno, Alberdi, Sarmiento, Avellaneda, Mitre, Urquiza, Roca y José Manuel Estrada sobre  la superioridad de una economía libre, auto regulada por la responsabilidad individual  bajo  normas éticas, operando en un marco de impuestos bajos y con  moneda convertible, perdió el apoyo de la gente,  ilusionada con las tentaciones de las ideas keynesianas que nos prometían el oro y el moro del gasto público y el consumo,  sin esfuerzo alguno. 

 

Sigue en la Parte II

Sobre el autor

Antonio Margariti

Antonio Margariti

Economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente” (Fundación Libertad de Rosario).

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