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Sacrificios posmodernos

Sebastián Mocorrea

Foto: Johan Reinhard en nationalgeographic.es

La visión de “La Doncella”, la momia de una niña increíblemente preservada en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, resulta a la vez conmovedora y escalofriante. Detrás de la vitrina se pueden apreciar perfectamente esos rasgos infantiles, pacíficos. Parece sólo adormecida, curiosamente en posición fetal. No es, como afirma el antropólogo Andrew Wilson, una momia disecada ni unos huesos, es una persona, una niña.

Como los otros dos niños que la acompañan en la exposición, la Doncella fue sacrificada en el antiguo ritual inca de la Capaccocha. Esta ceremonia, convocada por el Inca, consistía en hacer ofrendas de gratitud al sol. Generalmente en el mes de las cosechas, pero podía llevarse a cabo por motivos especiales, como la enfermedad del gobernante o ante catástrofes naturales. Desde las provincias del Imperio se enviaban a Cuzco los niños y adolescentes elegidos para ser ofrendados; debían ser sanos, sin defectos físicos ya que, se cuenta, debían transmitir su energía al Inca. El día de la ceremonia, el niño o la niña, ataviados ritualmente, aletargados por la chicha de maíz, eran colocados vivos en la fosa junto a los demás objetos ceremoniales. La muerte decretada ocurriría allí, en el seno oscuro de la montaña.

Visitando Cuzco no hace mucho, un guía, orgulloso de su acervo cultural, me decía que, en realidad, no podía considerarse que aquello fuera un sacrificio ya que las familias entregaban a los niños voluntariamente. Aquellos incas pensaban que los ofrendados no morían, sino que simplemente se reunían con los antepasados y velaban por ellos. La cultura inca tiene una profunda conexión con la naturaleza y la divinidad, no tiene relación con los cruentos, masivos sacrificios de prisioneros y pueblos dominados que llevaban adelante, por ejemplo, los aztecas. Y, sin embargo, los niños elegidos de entre su propio pueblo, eran sacrificados. ¿Cómo podía ser que dispusieran algo tan inhumano y cruel como matar niños y adolescentes? ¿Cómo podían las pequeñas comunidades andinas entregar al hijo de su amigo, de su vecino? ¿Cómo podían los padres ofrecer a sus hijos para el sacrificio? ¿Cómo podía el Estado sancionar algo así? No hay laxitud de conciencia o relativismo moral que pueda contener tremenda aberración. La parte más escalofriante está, sin embargo, en pensar que todo era llevado a cabo por hombres y mujeres comunes, seguramente de buena fe y razonables, guiados por los más sublimes motivos. ¿Cómo se llega a semejante práctica?

Quizás, dentro de quinientos años, la visión de una sociedad que sanciona y por lo tanto facilita con recursos públicos la eliminación de personas por nacer, suscite la misma perplejidad, resulte igualmente escalofriante. Nadie duda de que aquello que sucede en el vientre materno, esa multiplicación acelerada de cédulas con un ADN propio y singular, no se trata de un cáncer que crece y hay que remover, ni de un tejido graso acumulado que hay que lipoaspirar. No hay nada más vital, más sano e inocente que ese feto. El aborto sacrifica una vida única e irrepetible. No sabemos qué clase de vida hubiera tenido La Doncella si no la hubieran enterrado viva. No sabemos cuántos años habría vivido ni en qué condiciones, si habría sido feliz o desdichada. Nunca sabremos tampoco de los éxitos o de los fracasos de aquellos que han sido abortados. La eliminación del feto es algo malo. No es un mal menor. Es sólo un mal. Lo era antes de la ley y lo será después, sólo que ahora promovido y bendecido desde el Estado. Antes era simplemente matar, ahora es sacrificar.

Si los incas sacrificaban a unos pocos niños para congraciarse con el sol y lograr el favor de la divinidad, ahora nuestra sociedad sacrificará en forma sistemática a cientos de miles para evitar el escándalo, preservar el ingreso familiar o, simplemente, liberarse de otra tragedia. En definitiva, la carga que, en todo sentido, conlleva la maternidad. Si se aletargaba a la víctima con la chicha, ahora se adormecerá a la madre con anestésicos. Las joyas, las vestimentas ceremoniales y los ritos festivos serán reemplazados por el camisolín y por ese nuevo altar sacrificial, el quirófano. El sacerdote incaico con su manto colorido se ve sustituido por un médico con un ambo blanco. Finalmente, lo que sucedía en el silencio del seno de la montaña, sucederá ahora en el silencio del seno materno. Antes era un acto sagrado y comunitario, ahora es negocio entre partes.

Tal vez, dentro de medio milenio, quienes nos observen se pregunten ¿Cómo podía ser que dispusieran algo tan inhumano y cruel como eliminar fetos? ¿Cómo podían los padres ofrecer a su herencia para el sacrificio? ¿Cómo podía el Estado sancionar algo así?

Dejando de lado a aquellos que se movieron por ideología, especulación política o afán de autojustificación, no hay razón para suponer que buena parte de los que hoy celebran la sanción de la ley del aborto no sea personas bien intencionadas, gente de buena fe, razonable y guiada por las mejores motivaciones. Como aquellos incas de hace quinientos años.

 

Sobre el autor

Sebastián Mocorrea

Sebastián Mocorrea

Socio de ACDE. Abogado y licenciado en Ciencias Políticas.

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1 comentario

  • muy bueno!!! Nadie duda, ni los verdes que hay vida, sin embargo se ha decidido sacrificar la ante el dios del confort, de la comodidad, del egoísmo, de la irresponsabilidad