Valores

El don como fundamento de la vida social (II)

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La lógica del don

En la primera entrada de esta serie vimos qué era un don, cómo funciona la lógica del don y en qué sentido se opone a la lógica mercantil. Como colofón, llegamos a la conclusión de que la lógica del don hace mejorar a quienes la siguen a través de un proceso de generosidad creciente. Hoy veremos cómo la lógica del don puede funcionar como fundamento de la vida social y el desarrollo histórico de la noción del dinero.

El valor comunitario del don

En el contexto de la lógica del don, las cosas, las palabras o los servicios que circulan no sólo implican a los sujetos “activos” sino que de algún modo hacen presente a toda la comunidad, el marco común compartido por todos. Por ejemplo, la lengua constituye una dimensión fundamental de lo común, manifestación de la comunidad como una unidad. Darle la palabra al otro es la primera manifestación del don. Así, acercarse, escucharlo y comprenderlo es el primer don que podemos hacer los humanos.

Otro ejemplo de este tipo de bienes son los bienes comunales, bienes indivisibles, inembargables e inalienables, de acceso y disfrute universal a todos los vecinos del lugar. Durante mucho tiempo, los comunales han sido buena parte de la tierra en la que reside la comunidad y de la que se obtienen recursos estratégicos fundamentales para vivir: bosques, pastos, ríos, caminos…

Así, la tierra en común, la tierra heredada de los antepasados y destinada a ser compartida con las generaciones venideras, une en una empresa en común a vivos y muertos. El derecho de uso de esos bienes y el respeto a las normas de uso define quienes pertenecen a la comunidad.

De todos los bienes comunes, el más misterioso, inasible y difícil de definir es el dinero. Si hay un bien que exprese al mismo tiempo el poder de disposición de cada miembro -su libertad personal- y la comunidad como una realidad indivisible en la que se inserta esa libertad, es el dinero.

En las sociedades antiguas y hasta la modernidad, marcadas en Occidente por la religión católica, el dinero ha sido entendido como un don: el don que expresa del modo más total e indecible la vida natural de una comunidad. Es esa comprensión del dinero la que explica el sentido expiatorio de la limosna, o la ‘venta’ de indulgencias. Si la moneda es vida, vida de la comunidad, ¡qué mayor motivo de ‘expiación’ que la entrega generosa de la propia ‘vida’ como reconocimiento del señorío de Dios sobre la propia vida!

Su ámbito de circulación (quienes la aceptan y usan) expresa la vida de la propia comunidad y, al mismo tiempo, define los límites de la propia comunidad. Es en ese marco que los intercambios de dones concretos adquieren sentido y expresan su valor.

Esa comprensión de la moneda explica el rechazo de la usura en el mundo antiguo y medieval. Afirmar que la moneda se debe dar gratuitamente es afirmar que el dinero es un don, el don sobre el que se configura la comunidad, y, que las relaciones que dan unidad y cohesión a la comunidad deben ser relaciones de don, lo que nosotros llamaríamos relaciones de amistad. Así, durante muchos siglos, nunca se pensó que el dinero fuera una mercancía más y que su uso debía ser regulado por contratos mercantiles. Lo que estaba en juego era la vida misma de la comunidad. Jamás se pensó que los contratos mercantiles bastaran para fundar una comunidad unida.

Por eso, al describir las normas que regulan el uso del dinero, el Deuteronomio distingue a los hermanos de los extraños. A los hermanos -los miembros de la misma comunidad- no es lícito cobrarles usura. En cambio, a los extraños, los que no forman parte de la misma comunidad, es lícito cobrarles usura. La moneda se refiere de modo natural a la comunidad. Por eso, el dinero no significa lo mismo dentro que fuera de la comunidad. Dentro de la comunidad es don y funda relaciones donales; fuera tiene un precio, se comporta como si fuera una mercancía, funda relaciones mercantiles. Hyde dirá: “Esta doble ley, que es tanto una prohibición como un permiso, pretende organizar la doble situación de ser una fraternidad y de moverse entre desconocidos. Los hebreos realizan intercambio de dones entre sí, pero también tenían contacto con pueblos que no formaban parte del ciclo de esos dones.”

Por eso, de acuerdo a la lógica del don, el dinero -el don de la vida de la comunidad- debe darse gratuitamente para que cumpla su función natural: mantener unida a la comunidad. Al transmitirlo es natural que se transmita su ‘fecundidad’ propia. Es sobre la base de esos intercambios donales que se alimenta la cohesión social y espiritual de la comunidad y la transformación de las personas. Fuera de la comunidad, las relaciones ya no son donales y por eso, el dinero en ese ámbito se comporta con una lógica totalmente distinta. En ese caso se desligan los intercambios monetarios de los vínculos personales y se puede cobrar usura. Que el beneficio del uso del dinero se quede dentro de la comunidad y a costa de los extraños.

 

Don y amistad: el don une haciendo únicos.

En la lógica del don no se puede aplicar la racionalidad medios-fines. El don no es un medio para obtener un fin ulterior, sino que es un fin en sí mismo. Y, ¿cuál es el sentido del don? ¿y la razón de su poder? El don transforma a las personas uniéndolas con una conexión única.

No siempre estamos capacitados para recibir o dar un don. Hay veces que nos supera y necesitamos un tiempo para ello. Hyde describe como en Alcohólicos Anónimos las personas van pasando por un proceso de 12 etapas. En la etapa final, el reto es atraer a otro alcohólico para su curarse. El poder de devolver el don recibido, cosa para la que no se está preparado al comienzo, muestra el propio crecimiento interior personal. Así, la misma reciprocidad muestra el poder transformador y expansivo del don.

El don une a las personas. En el siglo XVII, el español Sebastian de Covarrubias, al hablar de las Tres Gracias -el dar, tomar y devolver propios de la lógica del don- dice: “La una haze la gracia y da el don, la otra le recibe y la tercera buelve la paga del beneficio recibido’; son ‘jóvenes donzellas porque la memoria del beneficio recibido por ningún tiempo se ha de envejecer’; ‘están desnudas porque lo que se da ha de ser sin cobertura’, no esperándose íntimamente ‘recompensa’; se cogen de las manos para representar que este intercambio ‘entre amigos’ debe ser ‘con perpetuydad y con una travazón indisoluble.

Covarrubias, en español vintage, describe el proceso de formación de una relación de amistad fundado en la lógica del don-reciprocidad. “Hacer gracia” es el comienzo de todo: dar de un modo gratuito y totalmente libre, sin obligación ninguna, en lo que constituye un acto de sobreabundancia. Es un acto que trasciende el tiempo para dar lugar a una unión »entre amigos” ‘con perpetuidad y con trabazón indisoluble’, que aspira a entregar el tiempo disponible en el futuro al servicio de la relación de amistad. O lo que es lo mismo, el don une de un modo que hace únicos.  Genera una comunidad que es original, irrepetible. Cuando se sitúa en el centro de la vida de las personas las relaciones de don, se observa que no es posible entender qué es una persona sin comunidad, del mismo modo que no se entiende la comunidad sin noción de persona.  En la próxima entrada ahondaremos aún más en las implicaciones del don y de la lógica del don para el desarrollo de la vida humana en todas sus dimensiones.

 

Este artículo fue publicado originariamente en el blog colectivo IEH Ideas.

Sobre el autor

Antonio Moreno Almárcegui

Doctor en Historia de la Economía (Univ. de Navarra). Trabaja en un proyecto sobre el origen histórico del sistema de parentesco en Occidente e investiga sobre la lógica del don.

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