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Hamnet: el origen de Hamlet

Escrito por Teresa Téramo
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To be or not to be. Pocas preguntas han atravesado los siglos con tanta persistencia como la que Shakespeare puso en boca del príncipe Hamlet. Pero antes de convertirse en teatro, esa pregunta fue vida, pérdida y silencio. Hamnet, la nueva adaptación de Chloé Zhao — seudónimo de la realizadora china Zhao Ting—, inspirada en la novela de Maggie O’Farrell, imagina precisamente ese instante anterior al arte: el momento en que el dolor todavía no encuentra palabras y el mundo parece suspenderse entre la existencia y la ausencia, entre ser y no ser.

El film se abre con una contemplación de la naturaleza que parece suspender el tiempo: árboles que se elevan hacia la luz, ramas agitadas por el viento, una mirada ascendente que invita a levantar los ojos antes de enfrentarnos al drama humano. Esa belleza inicial —serena, casi espiritual— vuelve más abrupta la irrupción del dolor. Durante los primeros cuarenta minutos, el espectador atraviesa una zona desconcertante marcada por gritos, enfermedad y ausencia, una narración fragmentaria que parece resistirse a ofrecer sentido. No es fácil entrar en la película. Tampoco pretende serlo.

Hamnet en realidad comienza donde casi siempre el cine evita detenerse: en el impacto del duelo. La historia —centrada en la muerte del hijo de William Shakespeare y Agnes Hathaway, su esposa ocho años mayor— no se propone reconstruir una biografía convencional, sino explorar algo más íntimo y difícil: cómo una pérdida personal puede transformarse en materia artística. El film avanza lentamente hasta revelar su verdadera apuesta narrativa. Y cuando lo hace, todo encuentra su lugar.

A partir de ese momento, la película deja de ser únicamente el relato de una tragedia familiar para convertirse en una reflexión sobre el origen del arte. La vida alimenta la creación. El dolor encuentra forma. La ausencia se vuelve palabra. Así, la gestación de Hamlet aparece no como un acto intelectual aislado, sino como una respuesta humana al sufrimiento, un homenaje de un padre a su hijo muerto.

Lo que Shakespeare no pudo decir como padre, lo dijo como dramaturgo. La película logra entonces algo poco frecuente: transmitir la emoción misma que el teatro produce en quienes lo contemplan. Asistimos al pasaje misterioso por el cual la experiencia privada se vuelve universal. El escenario transforma el duelo individual en memoria compartida. Y el espectador comprende que el arte no elimina el dolor, pero lo vuelve habitable.

En ese tránsito, Hamnet encuentra su fuerza más conmovedora. Ya no observamos solamente una historia del pasado: vemos el nacimiento de una obra destinada a sobrevivir a quienes la crearon. A llorar uniendo nuestras lágrimas a las de millares de personas que a lo largo de los siglos experimentaron perdidas, de madres que sostuvieron a sus hijos moribundos, de padres que estuvieron lejos en momentos irrecuperables.

Quizá por eso la película termina resonando más allá de su propio relato. Porque recuerda que toda gran obra nace de una pregunta imposible de responder plenamente, la misma que atraviesa siglos y espectadores: To be or not to be. Y con la muerte el misterio de la vida. Ningún mortal pidió nacer y aquí estamos. Existimos y dejaremos de existir. El film nos recuerda la última frase de Los años de Annie Ernaux —premio Nobel de Literatura 2022–: la importancia de “salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más”.

Y cuando el arte —como el de Shakespeare— logra nombrar aquello que parecía innombrable, solo queda aceptar y esperar, como en Hamlet, como en la vida, porque después…

The rest is silence.

Sobre el autor

Teresa Téramo

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad de La Laguna (España) y Profesora en Letras por la UCA, donde es la Coordinadora Académica de la Maestría en Comunicación Audiovisual.

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