Cultura

Con relojes que atrasan: del mito del matriarcado al mito del andrógino (Parte 2/3)

Roberto Estévez
Escrito por Roberto Estévez

Lea ‘Del mito del matriarcado al mito del andrógino (Parte 1/3)

 

Meterse en las sabanas

En 1870, la Asociación de Periodistas Puritanos de Córdoba (APPC) señalaba a Sarmiento, dos años después que llegara a la Presidencia de la República, por haber convivido sucesivamente con dos mujeres de las que nacieron sus dos hijos. Y que luego de casarse con una de ellas mantuvo relaciones extramatrimoniales con la hija y secretaria de Dalmacio Vélez Sarfield, autor del código civil argentino.

Sarmiento responde llamándolos “puritanos católicos” y diciendo: “¿Qué pasa con mis obras literarias, por qué no fijarse en mis obras de gobierno: el banco Nacional, la Escuela naval y la Academia de Ciencias de Córdoba? Contra los carroñeros y los idiotas no se puede ser complaciente. La historia no lo será. Ella los juzgará, porque mis desdenes amorosos son como arena entre manos. Lo que perdura es Facundo, Recuerdos de Provincia, mis críticas a Rosas. Seguramente se meten en mis sábanas porque es la forma más eficaz de destruir la honra de un hombre. Son conspiradores, mercenarios de la pluma, que venden sus textos al buen postor[1].

Meterse en las sábanas de otros, “es la forma más eficaz de destruir la honra de un hombre”, mujer o varón,  porque hay un sustrato cultural que así lo habilita. Ese sustrato cultural destruyó la vida de Oscar Wilde y perdura cada vez que se recuerda más a John F. Kennedy por la infidelidad matrimonial y no por haber salvado al mundo en dos oportunidades del holocausto nuclear, la primera en la crisis de Berlín de 1961, y la segunda en la crisis de los misiles cubanos de 1962[2].

Betina Clara Riva[3] ha demostrado que en los delitos contra las personas, en el apartado de la honestidad, que reunía los delitos de violación, estupro y abusos, se mantiene una explícita continuidad en la idea de subordinación de los intereses sociales que pudieran entrar en conflicto con la protección de los intereses familiares.

La autora plantea la posibilidad de una continuidad del concepto romano de la “injuria”, la cual, en una de sus acepciones expresa que los delitos cometidos contra una mujer o un menor son, en verdad, contra el hombre (en tanto pater familiae) que los tuviere a su cargo, explicando entonces por qué este sería el único habilitado para reclamar compensación. Al mismo tiempo, se considera que pudiera existir un mayor daño social para la víctima, en el conocimiento del hecho antes que en el silencio de lo acontecido.

En este sentido, es claro que la no denuncia, con la consecuente no condena del agresor, significaba una “palabra no dicha” en la víctima, que como un agujero negro podría llegar a absorber su existencia, e incluso transmitirse a los herederos, dentro de la cerrazón del hogar matriarcal.

Peor era todavía la situación si la víctima era un varón, como lo demuestra inexistencia de algunos tipos penales respecto del varón, la ausencia total de denuncias respecto de víctimas adultos y la casi inexistencia respecto de víctimas menores durante la totalidad del período estudiado por Ribas.

El Matriarcado, puritano victoriano, ha configurado un ideal de sociedad, la marina y los ferrocarriles lo extienden  a los lugares más recónditos del mundo. Al pueblo con los manuales de señoritas y a las élites con la educación británica.

En el mismo movimiento expansivo, la Modernidad cientificista extiende un pensamiento machista de varones como Charles Darwin, y la regresión legal a Roma que había empezado por la función pública, continua avanzando sobre la esfera privada. Así la mujer se vuelve el ornato y alhajamiento de la casa, queda del su rol público, privada de la potestad sobre los hijos y la disposición sobre sus bienes, de la que había gozado desde la caída de Roma.

Incluso a nivel eclesiástico a partir del siglo XVI, lo que sucedía en la sociedad civil va siendo adaptado y adoptado por la Iglesia latina, frente a la consolidación de una ideología clerical transversal a diversas confesiones cristianas, que admira las costumbres puritanas.

La operación ideológica de declarar el propio tiempo como comienzo absoluto[4], como edad de las luces y de la iluminación final del género humano por la ciencia[5], nos dejaría el Matriarcado victoriano como llave maestra para interpretar la historia entera de todas las distintas civilizaciones humanas.

Lo que fue dominante en la Inglaterra victoriana tiñe muchas miradas sobre toda la historia de nuestra civilización euroamericana, del Islam[6] , que se desprendió de ella[7] en el proceso, así como los desarrollos autónomos de las otras civilizacione triunfantes, como India y China.

 

Hipocresía de película

Ya Marx, Nietzsche y Freud eran testigos de la insuficiencia de la Modernidad, y la Belle Epoque su fiesta de despedida.

Durante toda la primera mitad del siglo XX se va exteriorizando la reacción contra el mito victoriano de El Matriarcado. Federico García Lorca estrena en 1934, Yerma, donde la casada marchita está encerrada entre el mandato social de la maternidad como única misión femenina, un matrimonio sin amor con un hombre que no logra ni quiere darle hijos, y su imposibilidad de encontrar alguna alternativa. Nada le sirve y la amargura se apodera de su alma.

Luego del shock de la guerra civil europea conocida como primera guerra mundial, crece en el cine una valiosa reacción contra la idealización del progreso, el cientificismo, el imperialismo y el capitalismo. Títulos de 1940, como “El gran dictador” de Charles Chaplin, o “El aprendiz de mago” de Walt Disney son suficientemente representativos de esta reacción.

Posteriormente a la segunda guerra mundial el encuentro con la desnudez y la ambigüedad de lo humano es mucho más intenso y la reacción frente al puritanismo victoriano fue creciendo hasta dominar la industria cinematográfica euroamericana de los sesenta y setenta.

Desde la renovación del marxismo, que ya estaba manifestando su insuficiencia explicativa, se gesta la idea del intelectual, que escapa a la conciencia de clase, las funciones ideológicas de los medios de comunicación, del arte, del consumo, de las diversas formas y vías de la alienación, que sin embargo, a la moda del tiempo va construyendo una masa cultural y una cultura de masas fuertemente machista, hasta el reciente grito de “#MeToo”, basta ver cine de época para comprenderlo.

Esta miopía, de las industrias culturales en general y, de la cinematográfica en particular agregó un determinismo psicológico que redujo la idea de la libertad a la expresión de un inconsciente individual o colectivo; donde todas las personas, mujeres y varones somos víctimas del instinto fundamental erótico o como un simple mecanismo de respuesta a estímulos, carente de libertad[8]. Esta mirada negadora de la responsabilidad, sirvió entre nosotros como una justificación que reforzaba el machismo latinoamericano y cultivaba la aceptación del modelo del depredador sexual como modelo masculino.

El amor comienza a expresarse a la manera romántica, aunque en la versión kitsch hollywoodiense, con su deseo de aparentar ser, controlado y planeado por las necesidades del mercado, servido a un pueblo pasivo que lo acepta; y el sexo termina por ser entendido al estilo de la saga de American Pie,  joven televisivo, tuppersex[9] o pornografía.

Con la excusa de la supuesta liberación de tabúes, la industria cinematográfica justificó los encuadres sexistas de la mujer, la selección de la realidad femenina que quiere  mostrar en la industria de superficie, y los contenidos fuertemente degradante de la mujer, individualmente y “en manada”, de la industria cinematográfica underground.

Entre tanto, muchos sectores intelectuales autodenominados progresistas, al ritmo de la industria y los comentaristas en la prensa, toleraron abusos e incluso los alabaron. En este sentido es paradigmático el estreno de “El último tango en París”, comparado con el arte del “estreno de La consagración de la primavera de Igor Stravinski en 1913”, y la afirmación que “Bertolucci y Brando han alterado la faz de este arte[10], en referencia a la violación real de María Schneider en la película[11].

Luego de los escándalos en Hollywood referidos a la conducta personal de Harvey Weinstein, Roman Polanski, Woody Allen, y otros líderes de su industria cinematográfica, es bueno reflexionar, hasta qué punto sus conductas individuales influyen conformando la mirada Actual sobre la sexualidad humana, muy particularmente de la cosificación de la mujer.

Harvey Weinstein ha sido la segunda persona más mencionada en los discursos de aceptación de los Premios Óscar —entre los años 1993 y 2016— después de Steven Spielberg (con 43 menciones), compartiendo la misma cantidad de menciones y agradecimientos (34) que Dios.

La masa cultural de la industria audiovisual impulsó una psicología popular donde “No” era inhibición, represión, prejuicio, mojigatería… Cameron Díaz recordó cuando luego de audicionar para la película Loco por Mary (popular comedia de 1998, que luego protagonizará), ante Peter Farrelly y su hermano, opinó ante la prensa: “Cuando un director te muestra su pene la primera vez que lo conoces, tienes que reconocer su genio creativo[12]

María Schneider tenía 19 años y Marlon Brando caminaba a los cincuenta, pero en su  justificación de romper “tabúes psicológicos” la industria avanzó también indiscriminadamente en la relación entre adultos y menores de edad, en un arco que va desde los antecedentes under de  Amor, estranho amor (1982) de Xuxa, con pedofilia e incesto incluido, hasta películas como Manhattan (1979), nominada a dos Premios Óscar, donde un escritor de chistes, protagonizado por Woody Allen, mantiene una relación con una joven menor de edad, protagonizada por Mariel Hemingway, que era de hecho menor de edad. La película, reproducía la relación que él director había iniciado tres años antes con una joven de 16 años (la luego modelo Babi Christina Engeldhardt).

La industria cultural registró el valor comercial de la Revolución sexual de los sesenta y la Revolución de mayo del 68[13], acogiendo la minoridad de edad como una barrera a la que también le correspondía la consigna de prohibido prohibir.

La valiosa reacción Actual contra ese machismo, movilizada a través del mito de “El patriarcado”, no ve con facilidad la relación de las conductas que condena con la visión psicologista anterior, la responsabilidad de los intelectuales progresistas y su extensión global a sectores populares a través de la masa cultural y sus temáticas. Con lo cual, actúa como una suerte de autoamnistía, no en las actrices y actores víctimas de los depredadores, pero sí en directores, productoras, y en quienes tuvieron la mirada comercial del arte en general.

Frente a una ciudadanía trabajada por más de un siglo de psicologismo pseudocientífico y falocéntrico, donde el no, no era no; sino que poner límite era la exteriorización de la propia represión, se producen reacciones que proponen nuevos estereotipos de la sexualidad desde la idea de gender[14], ideología parcial con ánimo de explicar, deconstruir y construir la totalidad social.

 

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Del mito del matriarcado al mito del andrógino (Parte 3/3)

 

Referencias

[1] Sos periodista, Atención, Sarmiento tuvo sus dos hijos con amantes, 26 de noviembre de 2008, http://www.sosperiodista.com.ar/Cordoba/Atencion,-Sarmiento-tuvo-sus-dos-hijos-con-amantes

[2] Como contrapartida, nadie recuerda que el primer ataque del bill Clinton a Irak sucedió la noche antes del Impeachment, que por causa de estar el país en guerra nunca llegó a concretarse.

[3]  El problema de la instancia privada y la acción pública en los delitos sexuales (Buenos Aires, 1863 y 1921), Derecho y Ciencias Sociales. Octubre 2014. Nº11 .Pgs.4-23 ISNN 1852-2971, Instituto de Cultura Jurídica y Maestría en Sociología Jurídica, FCJ y S. UNLP

[4] El periodo de la Revolución Francesa que va de septiembre de 1792 a septiembre de 1793 fue denominado “Año Uno de la Revolución”. Con el mismo espíritu se ha promovido la expresión Antes del Presente (abreviado a menudo con las siglas AP y, en ocasiones, BP, Before Present, que señala el año 1950, anterior a las pruebas nucleares atmosféricas, como un nuevo comienzo.

[5]Esta creencia de que la verdad existencial es una doctrina que debe ser aceptada universalmente, por tanto, ha llegado a ser la marca de una “época”, que se extiende aproximadamente desde 1750 a 1950. Es la época de la dogmatomaquia moderna, frecuentemente llamada la época del “hombre moderno” —con los visos de una nueva época apocalíptica, de la época en la cual el hombre ha llegado a su mayoría de edad, de la edad perfecta y por lo tanto la última del hombre” Eric Voegelin, Equivalences of Experience and Symbolization in History [1966], en Published Essays, 1966-1985, edición e introducción de Ellis Sandoz, vol. XII, The Collected Works of Eric Voegelin (Louisiana State University Press, 1990), citado por SANDOZ, E: “Selections from the Writings in Political Philosophy of Eric Voegelin”, traducida del inglés por el Centro de Estudios Públicos, Revista Estudios Públicos, 52 (primavera 1993), págs 421 y 422.

[6] “Barbarie, Brunéi comienza a aplicar la pena de muerte por lapidación contra gays y adúlteros”, Clarin, 3 de abril de 2019

[7]Con relojes que atrasan: Civilizaciones en nosotros”, reproducido en https://empresa.org.ar/2018/civilizaciones-en-nosotros/ y en

Haz clic para acceder a 421act310718-b.pdf

[8] CELAM, Documento de Puebla, 1979, n. 310. Restringida hasta ahora a ciertos sectores de la sociedad latinoamericana, cobra cada vez más importancia la idea de que la persona humana se reduce en última instancia a su psiquismo. En la visión psicologista del hombre, según su expresión más radical, se nos presenta la persona como víctima del instinto fundamental erótico o como un simple mecanismo de respuesta a estímulos, carente de libertad. Cerrada a Dios y a los hombres, ya que la religión, como la cultura y la propia historia serían apenas sublimaciones del instinto sensual, la negación de la propia responsabilidad conduce no pocas veces al pansexualismo y justifica el machismo latinoamericano.

[9] Mariló García, Siete cosas que aprendí en un “tuppersex”, El País, 16 de diciembre de 2015.

[10] Kael, Pauline. “Tango“. The New Yorker, 28 de octubre de 1972, pg. 130

[11] Con relojes que atrasan: epílogo ideológico a cuarenta años de Puebla, Publicado en versión reducida en la Revista CRITERIO Nro 2456, marzo de 2019. Publicado aquí en versión completa. A este respecto es dado observar que en el cine italiano de posguerra, la búsqueda del “realismo” en muchas oportunidades rompió límites morales, como cuando la presión de Vittorio De Sica sobre el niño Enzo Staiola, para conseguir filmar un llanto verdadero en “Ladrones de bicicletas”.

[12] El tardío pedido de disculpas del director de Loco por Mary a Cameron Díaz: “Es cierto, era un idiota”, La Nación, 11 de enero de 2019.

[13] Benedicto XVI, ya papa emérito en su artículo “La Iglesia y los abusos sexuales”,  New York Post, 10.04.2019.

[14] FRANCISCO, Amoris laetitia (La alegría del amor) sobre el amor en la familia, 08.04.2016,  Nro. 56. Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo». Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar».

Sobre el autor

Roberto Estévez

Roberto Estévez

Profesor titular ordinario de filosofía política (UCA). Licenciado en Ciencias Políticas, Abogado, Master en Dirección de Empresas y Doctor en Ciencia Política. Autor de diversos libros.

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