Agenda para el crecimiento

¿La riqueza, nos es dada o podemos crearla?

Escrito por Enrique del Carril

Interesante que los cristianos económicamente proactivos hagan su aporte. Pero creo que desde ese mismo lugar más que crear riqueza (algo ya existente y solo atributo divino), lo que deberíamos hacer es crear condiciones de comunidad que básicamente es encuentro, igualdad y organización. (Comentario de Guillermo al artículo de Javier García Labougle “¿Crear riqueza en argentina? Un llamado para los argentinos de bien”. Publicado en el Portal Empresa.

Este comentario es muy interesante porque permite debatir sobre un tema con muchas aristas. Hay en él un concepto de riqueza que me ánimo a calificar como estático pues basa la riqueza en los recursos materiales dándoles primacía sobre el trabajo, donde se expresa la creatividad humana.

Para esta concepción la riqueza estaría constituida por los bienes de la naturaleza que Dios distribuyo en el mundo creado. La historia del hombre nos dice que esta forma de ver las cosas reinó por mucho tiempo. De hecho, fue la idea que rigió desde la antigüedad hasta las postrimerías del siglo XVIII. En esas épocas la fuente principal de la riqueza era la posesión de la tierra obtenida, en general, por la conquista. También lo era el comercio constituido por el intercambio de frutos de la tierra. 

Avanzados los tiempos se agregó la industria, pero, en sus orígenes, esa actividad era marginal en la contabilidad de la riqueza. Los artesanos eran hombres libres, pero los ricos eran los propietarios de la tierra quienes, además, tenían el poder político. En alguna medida, también eran ricos los mercaderes y banqueros, pero sus negocios estaban expuestos a las limitaciones y, a veces, las expoliaciones a que los sometían los dueños de la tierra.

Esta situación cambió con la revolución industrial iniciada a fines del siglo XVIII y profundizada en la primera mitad del XIX. La riqueza dejó de identificarse solo con la posesión inmobiliaria. El hombre inventó herramientas que le permitieron multiplicar la producción y se crearon vehículos jurídicos y económicos para lograr aumentar la riqueza aprovechando mejor los recursos.

Esta nueva realidad impuso formas diferentes de desarrollar actividades productivas. Apareció el trabajo especializado y la empresa como organización de los medios de producción.

La necesaria acumulación de capital requirió fomentar el ahorro, o sea la privación del consumo inmediato para permitir la inversión. En este contexto se desarrolló la actividad financiera. También cambiaron las concepciones morales sobre el préstamo a interés que durante la Edad Media se consideraba usura para quien lo realizaba. La revolución industrial le dio sentido al interés porque quien se privaba del consumo inmediato y permitía disponer fondos para la inversión, merecía una compensación. 

Ciertamente aparecieron nuevos problemas, el pauperismo, la explotación, novedosas formas de oligarquía, el colonialismo, el ataque al medio ambiente etc. Estos graves problemas produjeron una “mala prensa” al industrialismo También dieron origen a ideologías revolucionarias que proponían como solución, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción con la utópica ilusión de que ello haría nacer un hombre nuevo dedicado por entero a la comunidad y alejado del egoísmo y la ambición.

Pero la realidad es que desde la revolución industrial el concepto de riqueza está ligado a la acumulación del capital y la organización del trabajo en una nueva forma de producción: la empresa. 

Influido por las diversas ideologías imperantes, el hombre ideó distintos sistemas: para algunos la acumulación del capital debía estar exclusivamente en manos del Estado y, por ello propiciaban abolir la propiedad privada. 

Esta ideología demostró su irrealidad en 1989 con la caída del muro de Berlín. En los países que la adoptaron no hubo creación de riqueza y tampoco un “hombre nuevo”. Sus dogmas solo pudieron imponerse mediante el autoritarismo y la fuerza.

Otro camino propiciado se basa en respetar las leyes del mercado, garantizar la propiedad privada y la libre iniciativa. Ciertamente en aquellos países que lo adoptaron el hombre, con su trabajo, ha creado riqueza. Algunos de ellos no tienen recursos naturales o son escasos. Es en éstos donde se ve la primacía del trabajo sobre el capital. No obstante, este sistema, al estar basado en la libertad del hombre produce efectos no deseados porque permite el egoísmo, la avaricia y la corrupción.

Estos males son de índole moral. A mí juicio no descalifican el sistema, sino que nos impone corregirlo con la conversión del hombre. El mundo es imperfecto y, por lo tanto, pretender crear el paraíso en la tierra puede llevar a males peores pues eliminar la libertad del hombre es ir contra su naturaleza. La Iglesia, al elaborar su Doctrina Social establece los principios básicos para esa conversión. Habla a los hombres más que propiciar sistemas concretos.  

Pero el libre mercado solo es posible cuando el Estado cumple su rol de reprimir los abusos mediante un sistema que impida la impunidad y defina claramente las reglas de juego. En síntesis, donde ofrezca la seguridad jurídica que permita invertir con cierta previsión.

En los últimos años, con la revolución tecnológica, se abrieron nuevas fronteras. Si el hombre tiene libertad y seguridad, aportará sus ideas y su imaginación como instrumentos eficientes para crear riqueza. La acumulación de capital, si bien necesario, paso a tener un papel secundario frente a la creatividad.

En síntesis, a mi juicio el libre mercado y la competencia parece ser el mecanismo indispensable para la creación de riqueza. Hoy el trabajo, en todas sus formas -especialmente la creatividad y la vocación de emprender- es más importante que los recursos naturales. Pero se requiere, también, de un Estado que controle los abusos, evite la formación de monopolios y tome medidas para otorgar igualdad de oportunidades y protección a los más débiles. En este sentido, un debate serio sobre los fines del Estado es una asignatura pendiente que puede integrar este foro.

Sobre el autor

Enrique del Carril

Abogado. Director de la revista EMPRESA. Fue presidente del Colegio de Abogados de la CABA entre el 2006 y el 2010. Socio fundador del Foro de Estudios sobre Administración de Justicia (FORES).

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