A Debate

¿Qué porvenir nos espera? (II)

Antonio Margariti
Escrito por Antonio Margariti

(Parte II. Viene de la Parte I)

El país de la post-pandemia

Si después que pase la pandemia, los gobiernos que se sucedan deciden mantener los mismos criterios de este caótico cuadro, inexorablemente producirán la continuidad de la decadencia moral, social y económica del país. Siempre se puede estar peor.  

Si examinamos bien el cuadro e imaginamos su incidencia en la vida cotidiana de los pequeños o medianos empresarios, profesionales, monotributistas o cuentapropistas, comprenderemos porqué esas incoherentes y heterogéneas reglas aplastan cualquier iniciativa y mina los intentos de una acción superadora. El conjunto es como una sucesión interminable de trabas y obstáculos legales, administrativos e ideológicos para que fracase toda actividad privada. 

Por eso, la salida de la pandemia con este orden económico dirigido por el Estado, plagado de regulaciones e impuestos, sólo puede beneficiar a pequeños grupúsculos amigos del poder, a oligarquías corporativas y a los más impúdicos personajes.  La gente sensata, la que cumple con la Ley, la que respeta a su prójimo y la que trabaja honradamente, sobrevivirá angustiada en un entorno caótico que le amenazará con sanciones y le condenará al atraso y la desolación.    

El país de la post-pandemia sólo será distinto, más justo, más libre y desarrollado si ahora mismo, en la intra-pandemia el presidente y su núcleo de asesores deciden rechazar la opción venezolana del Estado prepotente que vigila y controla todos nuestros actos   y comienza a estudia la opción alemana consistente en liberar la poderosa energía acumulada en la iniciativa privada. 

Porque la tutela bolivariana transformaría al país creando una dependencia que sólo produce siervos, no hombres libres.  La autoenajenación, derivada de empoderar al Estado e impedir el libre ejercicio de la responsabilidad individual es el freno perverso que paraliza la voluntad y provoca la pérdida de rendimiento económico en el pueblo.  

El Presidente no tiene mejor alternativa que optar por la revisión de todas las leyes que distorsionan el proceso económico, refrescando una estructura jurídica-económica que asegure un largo período de estabilidad respetando estos principios constituyentes

1° Prioridad absoluta de una moneda estable. 

2° Precios libres y mercados abiertos.

3° Política económica duradera.

4° Respeto a la propiedad privada.

5° Libertad para contratar y elegir.

6° Rebaja de la presión impositiva individual.

Y la observancia de estos principios reguladores:  

1° Vigilar el poder de monopolios públicos/privados

2° No manipular la política de ingresos.

3° Corregir los efectos externos adversos.

4° Prevenir la escasez de abastecimientos.

El esquema que debiera estar preparando nuestro actual gobierno puede condensarse en este gráfico donde la función del Estado se   focaliza en establecer un orden económico y social coherente y armónico con todos los demás órdenes de la vida, dejando a la libre iniciativa de las personas y sociedades privadas el proceso económico.

La interdependencia de los órdenes se logra armonizando principios jurídicos con criterios económicos:

A) competencia abierta por eficiencia.

B) minimizar impuestos y costos de transacciones. 

C) respeto a la propiedad y al proyecto de vida del prójimo.

Aquí se reflejan claramente las relaciones de interdependencia de los órdenes en que viven las personas. Cuando mayor sea la fuerza con la que se imponga la intervención estatal típica del socialismo totalitario, tanto más se va a configurar una arbitraria y forzada sociedad servil. El orden social tiene una forma de pirámide en la que siempre existe una clase dirigente, otra alta, una clase media y una clase baja. La posibilidad de conseguir una sociedad absolutamente igualitaria y sin clases sociales es una quimera, nunca ha existido ni tiene posibilidad de existir. 

Ahora bien, la pirámide social puede constituirse desde abajo o desde la cúspide. Desde abajo, la sociedad se estructura espontáneamente y sus pilares son las familias, las sociedades comerciales, las asociaciones civiles y las entidades cooperativas. En cambio, desde arriba, esas figuras son impuestas y dirigidas políticamente por el Gobierno y el resultado es una mascarada de la realidad, porque el pueblo es inevitablemente reemplazado por la masa o el populacho. 

Qué porvenir nos espera

Cuanto más se oriente el orden económico hacia una economía centralizada y dirigida por las órdenes del Estado y más representen los funcionarios el poder de decisión, tanto más perderá el orden social su carácter libre y creador. 

Tenemos el claro ejemplo del socialismo bolivariano que sólo ha conseguido uno de los mayores desastres económicos y humanos que tengamos memoria: la emigración de millones de personas y la esclavitud de quienes no pudieron dejar su Patria.

El proceso histórico de la post-pandemia concederá al Estado un papel esencial, porque puede hacer el mal o el bien, ser sepulturero o promotor del renacimiento.

Desde hace mucho tiempo, 1946 a la fecha, la política económica argentina sólo ha producido la expansión del tamaño del Estado a través de múltiples, inútiles y contradictorias funciones que representan una carga financiera insostenible, mientras que las actividades esenciales para la vida humana han caído en manos de grupos cortesanos cuyo poder económico comparten complacientemente con las autoridades gobernantes. 

En el frágil contexto de este mastodóntico edificio se gestionarán actividades esenciales como si fueran burocráticas oficinas públicas, con absoluta falta de ideas acerca de cómo se administra una empresa eficiente y competitiva. Cuando el Estado se hace cargo de un número significativo de empresas, de inmediato aparece la perversa doctrina de que no está sujeto a ninguna ley moral y cuanto más crezcan su poder y ámbito, tanto más peligrosa será esta falaz   doctrina de que el Estado puede hacer lo que quiera y prescindir -sin efectos-  de la moral. 

En la medida que el Estado cree que él es la medida de todas las cosas y al mismo tiempo anuncia su carácter amoral, se encontrará menos autorizado que nunca para asumir la dirección moral del pueblo. Si el Estado declarara estar por encima de las ataduras éticas, convertirá su ámbito de actuación en la guarida de toda la maldad que encierra la miseria humana y atraerá como un imán la perfidia permanente de personajes inescrupulosos.

Será el fin de la civilización y el comienzo de la barbarie. ¡Es ahora, con nosotros y el actual gobierno, que se definirá el porvenir que nos espera!

Sobre el autor

Antonio Margariti

Antonio Margariti

Economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente” (Fundación Libertad de Rosario).

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