A Debate

Terrenos públicos (parte I)

Antonio Margariti
Escrito por Antonio Margariti

Ocupación anárquica y destrucción del orden natural

Parte I. 

Los loteos privados y el rol de los viejos martilleros

Las ciudades argentinas tuvieron históricamente un buen diseño urbano. Las manzanas divididas en clásicas cuadrículas, el área central -de gran calidad- destinada a edificios públicos de exquisita arquitectura, las plazas y parques diseñados por paisajistas de renombre mundial, las zonas comerciales atractivas, los bulevares y áreas residenciales con viviendas de categoría y los barrios suburbanos bien organizados.   

Casi todas las ciudades estaban rodeadas por cinturones verdes de quintas y huertas.  Pero todo esto se terminó. Fue en 1977 cuando mentes bien intencionadas pero ignorantes del orden natural sancionaron la ley 8912 denominada “Ley de ordenamiento territorial y uso del suelo”. A partir de ella y en todo el país, los pobres ya no pudieron comprar lotes de tierra por $ 20 mensuales. Tuvieron que refugiarse en las “villas Miseria”. 

Según refiere el economista Alejandro Bunge (Una nueva Argentina, Editorial Kraft, Buenos Aires, 1946 e Hyspamérica Ediciones, Madrid,1984) el actual conurbano porteño era un inmenso y valioso cinturón verde ocupado por inmigrantes europeos, pequeños hortelanos que cultivaban la tierra y vendían su producción agrícola de calidad trasladándola a la ciudad capital. 

Hasta tal punto fue así, que la circunstancia histórica del 17 de octubre de 1945 para liberar al coronel Perón de su precaria internación en el Hospital Militar, fue organizada por Cipriano Reyes con obreros y trabajadores del cordón industrial La Plata-Ensenada–Avellaneda. Porque todo lo que hoy conocemos como el Conurbano bonaerense y sus distintos cordones eran huertas sin población urbana, sólo ocupadas por pequeños quinteros que no adhirieron a la epopeya populista.  

Alejandro Bunge había advertido al peronismo triunfante que la política de traslados masivos de “cabecitas negras” desde el interior profundo al Conurbano iba a terminar en un caos. Por lo cual instaba a no construir Barrios Obreros, ni grandes Hospitales regionales, Hogares Escuelas de la Fundación Eva Perón o Centros Asistenciales alrededor de Buenos Aires sino hacerlo en los lugares donde esa gente nativa estaba viviendo. 

Sin embargo, por razones electorales que tendían a compensar los votos contreras de Capital Federal con los votos peronistas, los funcionarios del nuevo gobierno laborista (devenido en peronista y luego en justicialista) armaron extravagantes distritos electorales que comprendían Recoleta y Palermo juntados con distritos populares del gran Buenos Aires. Esta viveza política, ha sido minuciosamente estudiada por el ex director del diario La Vanguardia, Hugo Gambini (1934-2019) en documentados libros de investigación política como: “El 17 de octubre de 1945” (1969), “Historia del peronismo: El poder total” (1943-1951), “La Obsecuencia” (1952-1955), “La violencia” (1956-1983); “Frondizi, el estadista acorralado” y “Las prácticas oscuras de Perón” (2017).

Pero evidentemente el desmedido apetito electoral de contar con triunfos en todas las jurisdicciones, fue mayor que la idea de desarrollar y equipar el territorio, allí donde ya vivían los humildes. Con esa migración masiva de “cabecitas negras” se armaron curiosas circunscripciones electorales que tomaban toda la Recoleta, seguían por un estrecho cordón hacia el Gran Buenos Aires y englobaban poblaciones de trabajadores adoctrinados con la doctrina laborista o peronista.  

Así fue como se terminaron los remates bien organizados y los pobres ya no pudieron obtener los títulos de propiedad. Comenzó una grieta social y territorial: por un lado, las “villas de emergencia” o chabolas edificadas sin ningún plan urbano y por, el otro lado, los” countries”, que se convirtieron posteriormente en “barrios cerrados” y “urbanizaciones de lujo” donde el lote de un terreno costaba entre US$ 20 mil y US$100 mil. Inaccesible para los pobres y la clase media. 

A partir de la migración de “cabecitas negras” los gobiernos militares y civiles, de derecha y de izquierda, peronistas, socialistas o radicales, no supieron ver el problema. Todas las medidas económicas, financieras, impositivas y laborales tendieron a empobrecer el interior del país y priorizar la concentración humana y de riqueza en la Capital Federal. Ezequiel Martínez Estrada lo describió muy bien en el libro “La cabeza de Goliath”, 

Ahora estamos pagando las consecuencias con la inesperada “invasión de los bárbaros” que ocupan violentamente pedazos de tierra para revenderla a precio vil a familias necesitadas de construir sus casillas. Lo importante no es regalarles la vivienda, sino que sean propietarios de un lote de terreno adquirido con sus recursos y que, de a poco, con esfuerzo y ayuda fiscal puedan ir construyendo y mejorando sus casas en un entorno urbanizado. 

Ignorancia del orden espontáneo

Los gobernantes argentinos tienen una ignorancia genética profundamente grabada en sus ADN:  no saben distinguir entre el orden espontáneo y el orden forzoso o fabricado. El orden espontáneo surge cuando las leyes amparan la vigencia de estas cuatro condiciones para la convivencia social. 

1º Cumplir con la palabra empeñada.

2° Asegurar la posibilidad de ahorro familiar

3º Respetar la posesión pacífica de los bienes

4º Transmitir bienes por consenso sin fraude.

Bajo este orden espontáneo surgieron los barrios, las ciudades y las empresas privadas que dan trabajo a la gente. Cuando a partir de 1945 el Estado quiso alterar ese orden espontáneo imponiendo una organización prepotente, obligatoria, dispuesta por la fuerza de la ley, en algunos casos tecnológicamente avanzada, pero sin libertad de elección, entonces emergió el caos y el desorden que hoy sufrimos. 

Y lo mismo puede pasar próximamente cuando se sancionen y apliquen las leyes intervencionistas con las entidades de medicina prepaga, los medios de comunicación audiovisual, la educación privada, el sistema de tarjetas de crédito y la propiedad privada de la tierra rural.  

Todo tiempo pasado fue mejor

Hasta mediados de los ‘70, las personas humildes vivían en  barrios del suburbio, en casas de una planta, hechas con mampostería de ladrillos, unidos con  mortero de cal y arena, mosaicos calcáreos en patios y cocina, pisos de pinotea con cámara de aire  en los dormitorios,  techos de chapas de zinc o de ladrillos  cargados sobre la famosa bovedilla catalana.

Estaban construidas en lotes de 10 varas de ancho (8,356 m), por un largo de 30 a 50 metros, donde se armaba el gallinero y preparaba la huerta. Casi siempre había una higuera y un limonero.  Eran casas modestas pero seguras y confortables. Se iban construyendo de a poco, agregando nuevas piezas a medida que la familia crecía. Los arquitectos las llamaban “casas chorizos”. Alberto Vaccarezza las inmortalizó en el sainete del Conventillo de la Paloma.  

Si sus ocupantes tenían la suerte de ser amigos de algunos hábiles albañiles, embellecían las fachadas con pilastras, zócalos, listeles, frontis triangulares o semicirculares encima de las ventanas, arquitrabes, frisos y cornisas que les otorgaban un aspecto sumamente atractivo. Sin saberlo repetían el “art nouveau” de la patria de sus padres y abuelos.

Esos viejos albañiles italianos eran los famosos “frentistas” que construyeron nuestros más emblemáticos edificios. En Rosario hicieron las residencias del “Paseo del siglo”, que hoy se conservan como ejemplo de arquitectura modernista hecha con material de frente denominado “piedra París”. Tales fachadas parecen eternas, no presentan ninguna rajadura ni englobamiento. Están intactas después de más de 100 años. Lamentablemente están cayendo bajo la piqueta de las demoliciones sin ton ni son. 

Barrios pobres, pero no villas miserias

Hace 74 años, había barrios pobres, muy pobres, pero no existían las villas miserias, que se multiplican hoy en día, y donde vive una multitud cada vez mayor de ciudadanos en condiciones tan inhumanas que ni los animales se les asemejan. 

¿Por qué ha sucedido todo esto?  ¿Por qué esa invasión de parques por miles de familias que se asemejan a los bárbaros medievales ocupando y destruyendo las áreas urbanizadas?  ¿Qué han hecho los sucesivos gobernantes democráticos o de facto para que las familias tengan que vivir en covachas inmundas, indignas de seres humanos?

Cómo funcionaba el orden natural

A pesar de que la constitución nacional lo consigna pomposamente, en materia de erradicación de villas miseria los gobiernos peronistas y no peronistas no han hecho absolutamente nada. Sólo las han incrementado y hoy llegan a 4.200. Utilizan electoralmente a sus habitantes como ganado doméstico que se arrea en los actos políticos. 

Ahora, hasta han llegado a ser territorio enemigo porque son “plazas estratégicas ocupadas por bandas de narcotraficantes”.    

Los ideólogos zurdos, cuando llegan al poder actúan como las siete plagas de Egipto, obrando con una perniciosidad sólo comparable con los escandalosos actos de corrupción que cometen a diario. 

Destruyen el proceso natural por el que los pobres tenían acceso a la propiedad privada e impiden que, en el mejoramiento de la vivienda propia, volcasen los pocos pesitos que podrían ahorrar. 

De paso cuando esto ocurría el valor adquisitivo del peso se mantenía constante. No había aparecido la demagogia distributista de la inflación secular.

 

Continúa en la Parte II

Sobre el autor

Antonio Margariti

Antonio Margariti

Economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente” (Fundación Libertad de Rosario).

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