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Un año nuevo del gobierno: ¿Cómo estamos nosotros y la sociedad?

Consejo Editorial
Escrito por Consejo Editorial

Editorial de Verano de Portal Empresa.

“Y volvió a decir ¿a qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina hasta que todo quedó fermentado” (Lucas 13,20)

Ha transcurrido un año desde que CAMBIEMOS triunfó en las elecciones para ocupar el Poder Ejecutivo Nacional y de algunas provincias. El resultado electoral sorprendió a muchos porque ganó en el orden nacional y en los tres distritos más poblados: la Provincia, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Provincia de Córdoba. Por otra parte, el sistema institucional impidió que pudiera contar con mayoría en las cámaras legislativas lo cual implicó una notable dependencia respecto de las fuerzas de la oposición y la convicción de la necesidad de gestar una cultura de diálogo y negociación.

En estos días los medios publican muchas notas en las cuales se hace el balance de la trayectoria del Gobierno en este breve tiempo, la cuarta parte del período presidencial, que puede considerarse ínfimo si se orienta a instaurar sólidas políticas de estado necesarias para sacar al país de la decadencia. Se ponderan algunas medidas y se critican otras en un ejercicio que, a nuestro juicio, es parcial y limitado. Parcial porque no mira la historia institucional y política de nuestro país en las últimas cuatro décadas; nuestras “desmesuras” y malas prácticas que nos vienen desde el fondo de nuestra historia. Limitado porque, respondiendo a la visión “cortoplacista”, solo mira y juzga el último año sin analizar la proyección futura de muchas de las medidas tomadas. También porque no repara en la grave crisis socioeconómica, quizás terminal, que se ha evitado. Por eso pensamos que, sin perjuicio de juzgar con objetividad la acción de gobierno, ponderar sus aciertos y criticar sus errores, la mirada debe dirigirse a nuestra sociedad y a nosotros mismos porque nuestra cultura, costumbres y hábitos marcan el accionar de los dirigentes políticos y los agentes económicos.

Tenemos una sociedad que añora los tiempos de una Argentina respetada por el mundo como lugar de arribo de inmigrantes que supieron integrarse y forjar su destino. Pero, al mismo tiempo, años de decadencia y populismo nos han trasmitido el malsano hábito de procurar vivir más allá de nuestros medios y buscar solo el bienestar individual causa de un corporativismo que substituye el bien común por el interés sectorial. La lucha por prebendas, subsidios, protección y pujas distributivas donde nadie cede nada y se elude la sana competencia (económica y política) hace que los argumentos que esconden tales propósitos se expongan -recurriendo a “medias verdades”- como único camino para proteger al pueblo o a los más necesitados.

La realidad, por su lado, muestra un patético 32% de nuestra población sumida en la pobreza y la exclusión y también sólo un 32% de la población en edad de trabajar ocupada en la economía formal privada y productiva. La pobreza es un dato escondido durante doce años y ahora, muchos pretenden esgrimirlo como el resultado de medidas tomadas principalmente en el corto período de este Gobierno cuyo propósito es remediar graves desequilibrios macro y microeconómicos heredados. Es más grave aún que muchos de quienes hoy se erigen en acérrimos críticos ocuparon puestos de responsabilidad en los gobiernos anteriores que ocultaron los problemas o no acertaron en darles solución.

Frente a las medidas de gobierno, algunas acertadas otras criticables, es notable ver la reacción de la sociedad incluyendo muchos dirigentes. La crisis energética fue un importante test. Puede coincidirse o no con la forma en que actuó el Gobierno y debe criticarse con firmeza su apartamiento del espíritu de la ley al obviar inicialmente las audiencias públicas que finalmente se realizaron sin mayores consecuencias. Pero nadie, en su sano juicio, puede negar la grave situación en que estamos por años de demagogia y populismo energético denunciado sistemáticamente por un prestigioso grupo plural de ex Secretarios de Energía. Nadie puede negar que durante doce años irresponsablemente nos “regalaron” energía que el país dejó de producir. Por eso es notable percibir que las reacciones más virulentas contra los aumentos surgieron de representantes de la clase media, beneficiada por años de subsidios equivocados y desmesurados. Ciertamente deben instrumentarse medidas graduales tendientes a evitar un impacto letal para las Pymes, pero ello no descalifica el intento de sincerar la situación para emprender un camino –seguramente largo y duro- hacia el autoabastecimiento que perdimos por la instauración de políticas populistas.

Otra muestra preocupante es la imposición de un sistema feudal sobre la necesaria reforma electoral. La sociedad debe tomar conciencia y no olvidar que vivimos épocas de verdadero fraude electoral sustentado por el sistema arcaico de la boleta sábana de papel, individual de cada partido y otras prácticas nefastas. La situación tiene similitudes como aquella vivida en las postrimerías del siglo XIX con el voto cantado en los patios de las parroquias contra la que reaccionó, en su momento, el partido radical. Hoy unos cuantos señores feudales de provincia han frustrado la reforma electoral con el único argumento que a ellos no les sirve para retener el poder en sus territorios. La sociedad en su conjunto y especialmente los habitantes de esas provincias sojuzgadas deberían reaccionar contra este abuso que frena el acceso a una verdadera democracia. El gobierno debe buscar mecanismos institucionales para mostrar a esos señores feudales que el pueblo no los acompaña. Con corrupción y feudalismo tampoco van a llegar inversiones ni empresarios genuinos.

La misma actitud irresponsable y oportunista se ve en el tratamiento de la reforma al impuesto a las ganancias, existente como impuesto a los ingresos en todo el mundo. Ciertamente debe juzgarse críticamente la actitud de la coalición gobernante que, sin conocer suficientemente la realidad tapada por el gobierno anterior, realizó promesas electorales incumplibles. No obstante, frente a la realidad del alto déficit fiscal y la situación crítica de nuestra economía, es demencial desfinanciar al Estado; la reforma debe ser realista, equitativa, razonablemente estudiada, con metas graduales en un contexto de reforma impositiva integral debatida y consensuada, inserta en políticas de estado que brinden al inversor la necesaria previsibilidad. En lugar de ello contemplamos azorados como políticos que hace un par de semanas votaron la ley de presupuesto –madre de leyes- que contempla ingresos provenientes de este impuesto, hoy con la reforma propuesta se contradicen restándole al Estado los fondos necesarios para cumplir con las inversiones y gastos que surgen de la misma ley votada por ellos.

Pretenden, además, imponer gabelas que castigan el ahorro y la inversión que se busca atraer, y para las que ellos mismos propusieron su derogación.

El gobierno se enrola en una política económica gradualista que, si bien puede ser una necesaria muestra de prudencia conveniente para asegurar la gobernabilidad, en sus excesos se estaría deslizando lentamente hacia el populismo agravado por la urgencia electoral. Por su parte el reclamo de ortodoxia a ultranza muchas veces olvida la realidad actual donde el 32% de pobreza exige imaginación y un sano asistencialismo unido a políticas de inclusión de lenta gestación que impactaran recién en el mediano o largo plazo. Su costo, probablemente, justifica el endeudamiento para cubrirlas. También deja de lado la realidad de un gobierno con minoría en el Congreso que le requiere una continua negociación para obtener consensos necesarios.

Juzguemos con firmeza y con una vara alta pero con equidad y realismo. No dejemos de escudriñar y buscar cambiar nuestro comportamiento y el de nuestra sociedad. Frente a la excesiva resistencia cultural, individual y sectorial, estamos llamados a comprometernos con nuestro ejemplo de líderes empresariales y sociales comenzando por nosotros mismos, nuestras propias empresas y como agentes de cambio social. Debemos ser “levadura en la masa”. Es una deuda con nuestros hijos y con el Señor que nos ha dado tanto.

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