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De rodillas ante su nombre

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Escrito por Consejo Editorial

“Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor”.” (Fil 2,9-11).

De rodillas

La hermosa síntesis con que culmina el himno que cantaban las primeras comunidades cristianas y que San Pablo transcribe en su carta a la naciente Iglesia de Filipos, nos remite rápidamente en este tiempo a la actitud reverente con que pastores, reyes magos y ángeles se encuentran en Belén ante el pesebre. La presencia divina del Niño, así como la mención del nombre del Cristo, son una invitación a ponernos juntos de rodillas ante el Señor.

Estar “de rodillas” ante otro que no sea el Señor siempre será una renuncia a la propia dignidad. Pretender que los demás estén de rodillas ante nosotros, siempre será un acto de profunda soberbia, tanto ante los iguales como ante el mismo Dios, Padre de todos. “No hay ricos ni pobres juntito al pesebre, todos son hermanos del Dios de Belén” dice una canción.

¿Será que alguna vez podremos como sociedad dejar de intentar que los demás se postren ante nuestras ideas e ideologías? ¿Es posible que nos decidamos a arrodillarnos juntos ante Dios y ante los mejores valores que nos proponen nuestras conciencias? ¿Podremos unirnos al acudir al mismo llamado a la justicia, a la verdad, a la búsqueda del bien común? No debemos perder la esperanza ni dejar de construir las condiciones para que esto sea posible.

El ámbito de las empresas también está llamado a ponerse en su conjunto de rodillas ante el Señor y sus enseñanzas. En este tiempo difícil, la pobreza extendida y la falta de trabajo,  demandan que se inclinen con urgencia los beneficios desmesurados, los egoísmos mezquinos y las indiferencias ciegas. Las leyes del mercado no pueden ser ignoradas, pero nunca deben justificar la falta de fraternidad y necesitarán ser guiadas en todo momento por principios verdaderamente humanos.

Ante Su Nombre

El Nombre que está sobre todo nombre, Jesús, tiene su origen último en el arameo, proviene de “Jeshua”, “Joshua”, “Jehoshua”.  Era un nombre ya presente en el pueblo de Israel en tiempos del Antiguo Testamento. Josué, sucesor de Moisés o Jesús, hijo de Sirá (el autor del Eclesiastés) dan testimonio de ello. Su significado es “Salvador”. Pero desde una particular condición: debe ser puesto en relación a Dios. Dios es salvación, Dios salva. Nuestra adoración nace allí.

Ese Nombre ante el que corresponde inclinarse, se nos revela en los Evangelios en su origen divino: es un Ángel, un mensajero del mismo Dios, quien lo proclama ante la humanidad. San Lucas, relata que es el ángel Gabriel enviado por Dios a María quien le anunció: “Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31). San Mateo refiere que el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados” (Mt 1,21)

En tiempos tan complejos como los que nos tocan vivir, saber que quien salva es Dios y que Él mismo devela la intención de su encarnación en el nombre que asume, nos anima y alienta. Si la salvación exclusivamente dependiese de nosotros mismos o de quienes nos rodean, pocas esperanzas tendríamos. Arrodillar nuestra vida, nuestros criterios, nuestras decisiones ante su Nombre, nos hacen ir más allá de nuestros límites y posibilidades tan estrechos.

¿Quién no ha sentido la tentación de abandonar su empeño en sostener, en desarrollar, en construir? ¿Quién no se ha frustrado, enojado, entristecido y hasta deprimido ante la incertidumbre, la injusticia, la incomprensión, la falta de salida? La Buena Noticia es que hay salvación, o mejor dicho, que hay Salvador. No vendrá a pagar nuestras deudas o asumir el costo de los sueldos, pero se hará consuelo y ánimo, fortaleza y claridad, para que en sus pasos y en Su Nombre, se abran los caminos y podamos hacerlo.

Nuestro nombre

En su reciente carta, “Patris Corde”, referida a San José, el Papa Francisco nos recordaba que “en los pueblos antiguos poner un nombre a una persona o a una cosa significaba adquirir la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20)”. El Santo Padre resalta en este gesto de José un acto de valentía, al asumir la paternidad legal de Jesús. Esa pertenencia no implica una apropiación de dominio, sino una entrega que María y José, con responsabilidad y compromiso, asumen como custodios de la vida frágil de Aquel que viene a dar Vida.

Reconocer el Nombre de Jesús implica aceptar su identidad y su misión. Al hacerlo nos vemos implicados en nuestra propia identidad y misión, que se hacen servicio y extensión de la Suya en nuestra propia vida, en cada uno de sus ámbitos. Se nos revela así que estamos llamados a ser otros cristos, a encarnar a Jesús en cada uno de nuestros pensamientos y acciones. En nuestra familia, entre nuestros amigos, en nuestras actividades laborales, en nuestra sociedad.

Poner nuestra vida de rodillas ante el Nombre de Jesús nos llevará a reconocer nuestro propio nombre, ese nombre que está inscripto en el Cielo, aquel que describe lo más genuino, lo más verdadero y pleno de cada uno de nosotros, lo innegociable. Ese nombre nos dirá que somos esposos, que somos hijos, padres, abuelos, que somos amigos. Y también, que somos aquellos cuyas decisiones llevan adelante pequeñas, medianas y grandes empresas y muy distintos emprendimientos, generando riqueza, dando trabajo, sosteniendo familias, con honestidad y coherencia con lo que creemos.

Nuestro nombre dirá entonces que somos aquellos que sin importar la adversidad y las cruces que debamos cargar en este tramo del camino seguiremos confiando en que hay un Dios Salvador dispuesto a rescatarnos y liberarnos en cada instante de nuestras vidas y ante cualquier situación que lo amerite. Y en esa certeza, sin temores ni dudas, intentaremos  cumplir con todo nuestro corazón la misión de hacer el bien a los hermanos que el Señor nos ha confiado en cada una de nuestras decisiones y de ayudar a mejorar nuestra sociedad en todos los modos que estén a nuestro alcance.

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