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La hora de la Verdad

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Escrito por Consejo Editorial

“Dadas ciertas condiciones económicas y de estabilidad política absolutamente imprescindibles, la decisión de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar valor al propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud de querer ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual muestra las cualidades humanas de quien decide” (San Juan Pablo II, Centesimun Annus N° 36).

Anima e ilumina la lectura de esta gran encíclica que tiene tanta actualidad y permite orientar nuestras reflexiones como empresarios a la realidad política y económica actual, ayudados también por la lectura de destacados pensadores que nos esclarecen respecto al papel de la inversión y el ambiente institucional.

John Maynard Keynes (1) ilustró y ponderó el rol de las expectativas en el desenvolvimiento económico de una sociedad, explicitando que entre el momento en que se decide una inversión y el que se alcanzan los resultados media un tiempo donde el inversor solamente afronta costos a la espera de ver a su debido tiempo los resultados. Las previsiones del futuro resultan determinantes y así lo explica en detalle en su capítulo cinco de la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, titulado precisamente La Expectativa como elemento determinante de la Producción y la Ocupación. En los países de mayor crecimiento esta lección es muy tenida en cuenta y las autoridades económicas se esfuerzan por brindar proyecciones lo mas realistas posibles sobre las principales variables económicas (crecimiento, inflación, estabilidad financiera). La mayor precisión y transparencia posible para facilitar así las decisiones de inversión del sector privado, pivote del desarrollo. Naturalmente la dirigencia política y las instituciones mas relevantes deben acompañar   ajustando sus decisiones y conductas a la Constitución de sus respectivos países.

Lamentablemente en algunos países y en el nuestro en particular, sufrimos la violación permanente y sistemática de las normas y el avasallamiento de las instituciones como una ambición de ejercer el poder sin límites y resolver sus funcionarios sus propios intereses.  Una reciente encuesta a líderes y formadores de opinión muestra los niveles de pesimismo mas altos de los últimos diez años. Sólo un 22% espera una mejora en 2021 y la baja calidad institucional y la clase dirigente son mencionados como los principales problemas del país. Es sólo un ejemplo que permite corroborar la sensación cotidiana de los ciudadanos de a pie, de los que no están ni tienen llegada al poder.

Parece haber llegado el momento de preguntarse cuál es el límite o la defensa que los ciudadanos pueden ejercer para frenar este atropello que implica menor crecimiento y ocupación, y por lo tanto mayor pobreza, indigencia y emigración. No es fácil encontrar una respuesta, porque los vicios apuntados sobre la clase dirigente ya se han hecho una cultura, y no se trata entonces de esperar simplemente un cambio de personas que dirigen, sino un cambio de actitud en las personas llamadas a hacerlo. Se hacen oportunas hoy más que nunca las palabras de Eduardo Mallea (2) “La peor, la más nociva, la más condenable de todas las personas actuantes en la superficie de la Argentina es la persona que ha substituido un vivir por un representar. No se trata de un tipo universalmente común, sino de una especie muy nuestra de virtuoso social del fraude”.

Ahora bien, frente a esta realidad la pregunta relevante es cual es el camino para evitar estos males. Y quizás nos pueda orientar otro gran pensador, Jaques Maritain (3), que distinguió con claridad el concepto de sociedad y comunidad.  “En la comunidad, la presión social deriva de la coerción que impone normas de conducta al hombre y que entra en juego de un modo determinístico.  En la sociedad la presión social deriva de la ley o de las regulaciones racionales, o bien una idea de propósito común: ello exige conciencia personal y libertad, las cuales deben obedecer a la ley libremente”

Y agrega el autor, la nación es una comunidad y no una sociedad. La nación es una de las comunidades más importantes, y quizás la más compleja y completa que ha sido engendrada por la vida civilizada.

Puestas las cosas así, cabe preguntarse por el destino de nuestra sociedad como nación. ¿De qué manera la sociedad civil puede poner límites a los abusos de poder y desgobierno en el marco de un sistema democrático y republicano? La ausencia de una respuesta clara y contundente no exime de la necesidad y conveniencia de formular este interrogante. Quizás amerite un debate profundo de la sociedad civil en busca de consensos que manifiesten aquellos valores insoslayables que nos permiten aún hoy, más allá de las diferencias económicas y sociales cada vez mayores, identificarnos como una nación.

Claramente la libertad y el respeto por la diversidad humana son valores constituyentes, así como la aceptación de la Trascendencia como destino universal de todos los seres humanos. Tales valores quedaron plasmados en la Constitución que en la segunda mitad del siglo XIX nos permitió emerger como una nueva nación y brindar un destino a todas aquellas personas de buena voluntad que quisieran hacerlo en nuestro territorio.

Parecería que estamos en una nueva etapa fundacional donde debemos clarificar y reconocer si esos valores continúan definiéndonos como nación y estimular un debate que nos permita expresar nuestros sueños, pero también nuestros deseos y principios por lo cual estamos dispuestos a realizar todos los esfuerzos necesarios y exigir de nuestra clase dirigente una conducta acorde con ellos y el respeto y fortalecimiento de las instituciones que han sido sistemáticamente erosionadas.

Por eso es duro aceptar, como sucedió últimamente que a un llamado a la conciliación que efectúa la máxima autoridad del país, pocas horas después la comunidad toma conocimiento de que respaldándose en el poder que le da la función se otorgan favores para amigos del poder despreciándose la necesidad de los integrantes de la comunidad que no tienen dichos privilegios.

Como hombres de Fe y empresarios cristianos tenemos el deber, sin dejar de hacerlo por cualquier excusa de bregar por un orden social que nos permita optar por la inversión como una forma de amor al prójimo conforme a lo expresado por San Juan Pablo II en el pasaje citado al iniciar esta editorial. Fundamentalmente, debemos compartir la gran riqueza de la Palabra de Dios, que nos anima diciendo “La verdad os hará libres” (4) De eso se trata entonces, de no ceder en la búsqueda de la verdad y el ejercicio de nuestra libertad.

Notas:

  • Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero. John Maynard Keynes. Fondo de Cultura Económica
  • Historia de una Pasión Argentina. Eduardo Mallea. Ediciones Corregidor
  • El Hombre y el Estado. Jacques Maritain. Club de Lectores
  • Juan 8, 31-42

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