Agenda para el crecimiento

La experiencia de un empresario

Escrito por Portal Empresa

Parte 2. De la Serie “Trabajar para crear trabajo”*

Portal Empresa. ¿Nos interesa tu experiencia personal como empresario?

LB: En la Argentina de nuestra infancia y juventud, la realidad empresaria mostraba el esfuerzo de muchos inmigrantes que, sobre la base de su trabajo construyeron sus empresas y crearon una cultura que ahora se ha perdido, salvo en aquellos casos que el ejemplo familiar primó sobre el facilismo. Mi experiencia familiar fue así. Mi padre, contador público, fue funcionario del Estado hasta que fue declarado cesante por sus diferencias políticas con el poder de turno. Siempre nos decía que eso fue una bendición porque lo impulsó a crear nuestra empresa familiar en el rubro alimentario que creció con el trabajo de todos y sin ayuda del Estado.

Considero que el problema que vivimos quienes iniciamos verdaderas empresas en la Argentina es la falta de un ambiente propicio para la inversión. En esto cabe citar a San Juan Pablo II quien en “Centesimus Annus” (CA) claramente afirma que el sistema de libre mercado o “economía libre” es necesario para proponer a los países que “buscan la vía del verdadero progreso económico y civil” (N° 42). Pero este modelo, según San Juan Pablo, requiere una atmósfera mínimamente favorable a fin de poder considerar la decisión de invertir, o sea “de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar valor al propio trabajo” como una actitud de querer ayudar y ponerse en manos de la Providencia, lo cual muestra las cualidades humanas de quien decide” (CA N° 36).

Nosotros chocamos con una realidad en el mercado de los frigoríficos que trabó toda posibilidad de desarrollo. Curiosamente, en algún momento, nuestra planta de Uruguay fue la manera de mantener el negocio dada las diferencias existentes en el trato a la empresa en ese país. Cuando la familia decidió vender la empresa, nuestra decisión fue quedarnos en Argentina con otros emprendimientos y también mantener la inversión de capital en el Uruguay. Lamentablemente debo decir que la diferencia en el trato al empresario es grande. En Uruguay el empresario es más respetado como generador de productos y empleo. Esta actitud no depende del color político de los gobiernos. En la Argentina impera la cultura del “empresario enemigo” que deriva en privilegiar solo a los que pactan condiciones específicas, casi siempre poco transparentes, que facilitan la corrupción y desalientan a inversores genuinos.

Portal Empresa: ¿Podrías hacernos una síntesis de los obstáculos que sufriste y que hoy existen para la inversión y creación de trabajo en nuestro país?

LB: Una de los principales disuasivos a la inversión es la política impositiva. La cantidad y peso de los impuestos en la Argentina es 50% más que en un país normal. El problema es que el destino de lo recaudado no se refleja en la calidad de los servicios que da el Estado ni en las inversiones en infraestructura indispensable para apoyar la actividad privada. La burocracia estatal se refleja en más de 160 impuestos a los que se sumaron unos 15 más en el último año.

Otras dificultades que saltan a la vista se dan en el comercio exterior. Una empresa necesita, en mayor o menor medida, importar maquinaria, repuestos e insumos. A su vez, es deseable que los productos o servicios que produce puedan ser colocados en otros países mediante la exportación. No es viable un país cerrado al comercio exterior.

Lamentablemente, tanto la importación de insumos necesarios para producir como la exportación de productos y servicios argentinos se ve trabado por diferentes medidas monetarias, arancelarias e impositivas. El cepo cambiario: quita competitividad exportadora y las mal llamadas retenciones afectan gravemente la competitividad con otros países que exportan lo mismo que nosotros.

En materia de empleo, también las políticas son desacertadas. Predican la protección al trabajador, pero lo único que logran es disuadir a las empresas respecto de la creación de trabajo productivo y en blanco. La prohibición de despidos y la imposición de doble indemnización están en esa nefasta línea. Solo han logrado destruir puestos de trabajo y aumentar la informalidad. A ello se agrega la intervención de Sindicatos organizados por principios vigentes hace setenta años ya superados en todo el mundo. Los dirigentes sindicales, salvo honrosas excepciones, no se dan cuenta que fomentan políticas que a largo plazo perjudican a sus representados. Las negociaciones por sector en lugar de por empresa, muestran el poder de la dirigencia sindical y terminan influyendo en la actividad política desnaturalizando su sentido.  En este contexto se inserta también la competencia de “los planes” con el empleo en blanco que también resta afiliados a los sindicatos. La enorme informalidad laboral potenciada por los subsidios masivos, reduce los fondos de ANSES, PAMI, afectando el ingreso de jubilados y la calidad de los servicios públicos. A eso se suman desvíos de recursos al Estado para atender requerimientos de fondos para otras finalidades, incluyendo políticas, que distorsionan aún más la economía y también desalientan al inversor local o extranjero.

Un ejemplo de la cultura “anti trabajo” que impera en la Argentina es la sanción de Ley de teletrabajo que fue apoyada incluso por un sector de la oposición, lo cual demuestra que esta cultura cala hondo en la sociedad argentina. Frente a los avances tecnológicos que la pandemia mostró y aceleró, la reacción de los sindicatos y políticos populistas fue restringir la libertad de las personas y agregar costos improductivos a las empresas en lugar de aprovechar las nuevas tecnologías para estimular más el empleo y permitir al empleado disponer libremente de su tiempo con responsabilidad.

Otro factor que tiene una incidencia negativa fundamental para la creación de empleo es la inseguridad derivada de nuestra debilidad institucional. Especialmente me refiero a la Justicia. Un país sin un Poder Judicial eficiente e independiente solo genera desconfianza y precariedad en los negocios. Los continuos ataques a la independencia judicial y los politizados sistemas de designación y remoción de jueces no hacen más que conspirar contra el clima de negocios.

El empresario necesita reglas de juego estables y claras las cuales surgen de los criterios de aplicación de la legislación y fundamentalmente de nuestra Constitución. Una Justicia ineficiente, sospechada de ser influenciada por el Gobierno u otros factores de poder, conspira contra la inversión. La necesidad de una verdadera reforma judicial se inscribe en la tarea para restaurar la estabilidad política que predica San Juan Pablo II como base necesaria de una economía libre que respete la propiedad privada y la generación de empleo digno.

Finalmente, lo más importante es la educación. Hemos perdido un sistema de educación pública basado en la igualdad de oportunidades y la excelencia, organizada en el siglo XIX, que tantos frutos dio a la Argentina. Prueba de ello fueron los científicos e intelectuales formados en nuestros colegios y universidades públicas, admirados en todo el mundo. Hoy contemplamos perplejos como los gremios docentes, de dudosa representatividad y carentes de ideas innovadoras, son los que deciden si se abren o no las escuelas y, lo que es más peligroso, contemplamos como se intenta orientar los contenidos hacia una “educación políticamente militante” en lugar de orientar el esfuerzo a fomentar el espíritu crítico y la capacidad de innovación que permite las nuevas tecnologías. Esta posibilidad se dificulta aún más con la protección arancelaria y el cierre de las importaciones que nos impide acceder a avances cada vez más continuos.

*Esta entrevista pertenece a la serie de entrevistas a Luis Miguel Bameule.

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